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Jueves, 14 de junio de 2007 - 22:38 GMT
Daniel Ortega antes y ahora
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Daniel Ortega y Mahmoud Ahmadinejad
Ortega dijo que las revoluciones de Irán y de Nicaragua son casi iguales.
Vamos a ver.

Cuando menos lo esperaba uno, el presidente Daniel Ortega se fue a Caracas, a Argel, a Trípoli, a Teherán y a La Habana.

No pasó a Roma, donde tenía previsto reunirse con empresarios italianos y convencerlos de que vale la pena invertir en Nicaragua. No se sabe qué pasó, o uno no ha logrado saber qué pasó. Es lo mismo.

Tampoco pudo ir a Atlanta ni al Foro de la Competitividad de las Américas, ni conocer a los hombres de negocios ni a los representantes de organizaciones no gubernamentales que estaban ahí. Tal vez no le interesaba.

Lo de Estados Unidos es explicable. Después de todo Washington hizo todo lo que pudo para deshacerse del gobierno sandinista y de los sandinistas y del sandinismo en general.

Sería difícil olvidar que el Tribunal Internacional de Justicia estableció que Estados Unidos había violado la ley porque minó los puertos nicaragüenses, y que financió a los contras a escondidas del mundo pero ante la vista de todos.

Y aquí las cosas se enturbian como hace dos décadas.

Irán entonces y ahora

En aquellos años, la estrategia de la Casa Blanca de Ronald Reagan era hacer cualquier cosa para echar a los guerrilleros que a su vez habían echado a Anastasio Somoza y todo lo que Somoza representaba.

Ronald Reagan
La estrategia de Reagan era hacer cualquier cosa para echar a los guerrilleros.
Así que alguien que no fue el presidente Reagan -como asegura la historia oficial- decidió vender armas a Irán, que era enemigo de Estados Unidos como es ahora, y usar el dinero para pagarle a la contra.

Con eso basta.

Si uno vuelve al presente y escucha o lee, notará que el lenguaje de Ortega comienza a sonar como entonces, cuando el comunismo era aún una idea viable y el imperialismo era algo que se podía atacar con armas.

Pero también notará que el presidente de Nicaragua y líder de un movimiento que se niega a morir dijo que las revoluciones de Irán y de Nicaragua son casi iguales.

El comandante ha cambiado

Hablemos claro. El sandinismo era un movimiento socialista y no una rebelión religiosa como la de los ayatolas.

Daniel Ortega junto a Muammar Gaddafi
El mandatario nicaragüense también paró en Trípoli.

Pero el presidente Ortega encuentra que no sólo hay una coincidencia en el tiempo sino en las metas: justicia, libertad, autodeterminación, lucha contra el imperialismo.

No faltará quien le pregunte qué libertad puede tener un pueblo gobernado por religiosos, qué justicia.

Parece que el comandante ha cambiado, pero las circunstancias no.

Antes de las elecciones cedió a la presión de la iglesia católica para prohibir el aborto, aun el aborto terapéutico que estaba permitido desde finales del siglo XIX y había sobrevivido a la dinastía Somoza.

Y cuando estaba a punto de asumir el poder se comprometió a establecer mejores relaciones con Washington.

Ahora tiene otro discurso.

Armas por drogas

Lo que no tiene Nicaragua es lo que tienen sus nuevos aliados.

El presidente de Nicaragua, Danuiel Ortega, en Teherán
Y el comandante ha cambiado. O tal vez no.

Como Irán, Venezuela tiene petróleo. Como Irán, Bolivia tiene gas. Como Irán, Cuba se ha opuesto durante décadas a la política externa de Estados Unidos.

Nicaragua es un país pobre. Muchos recordamos que cuando los sandinistas llegaron a Managua en julio de 1979 hallaron un millón de dólares en las arcas que habían sido de Somoza.

Puede haber democracia, pero hay desempleo y el subempleo es elevado. Es el tercer país más pobre del hemisferio.

En el colmo de la ironía, la CIA señala que Nicaragua es un punto de embarque de cargamentos de cocaína destinados a Estados Unidos, y de trueque de armas por drogas, como bien sabe el subsecretario de Estado de Estados Unidos, John Negroponte.

Lo último que le falta es despertar de nuevo la ira de Washington para que todo vuelva a ser como antes.

Pero las cosas no eran claras hace dos décadas ni son tan claras ahora. Y el comandante ha cambiado. O tal vez no.

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