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Jueves, 7 de junio de 2007 - 22:03 GMT
Ecuador, petróleo, piyemoidis
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Rafael Correa, presidente de Ecuador, de visita en un campo petrolero
La exportación petrolera es la principal fuente de ingresos de Ecuador.
Lo primero que pensaron es que se trata de una medida populista, porque no todos los presidentes anuncian cosas así.

Rafael Correa, presidente de Ecuador, educado en escuelas católicas en lugares tan distantes y distintos como Guayaquil y Lovaina, se puso una camisa azul, un casco, y dijo lo que nadie esperaba.

Los campos de Ishpingo, de Tiputini y de Tambococha, donde yace la cuarta parte del petróleo de esta nación que depende del petróleo, son también reserva de la biósfera y patrimonio de la humanidad desde 1979.

Pero el país, que gasta más en el pago de su deuda externa que en educación, necesita lo que hay en el subsuelo. Así que Correa propuso al mundo evitar los proyectos de exploración y producción de petróleo en esa zona a cambio de apoyo económico.

Por unos cuantos miles de millones de dólares, los jefes de Estado y de gobierno que llevan años discutiendo cómo salvar al planeta podrían impedir la destrucción de la reserva y practicar lo que predican.

Todos tendrían que cooperar

El de Correa es un plan arriesgado pero vale la pena, porque muestra que todos podemos hacer algo.

La idea es que los gobiernos y los organismos internacionales cooperen con lo que deban, y que la gente como usted y como yo compre bonos de cinco dólares para que todo siga como está, que no está bien pero podría estar peor.

Uno se pregunta si vale la pena escuchar a quienes dicen que no tienen por qué pagar para que se conserve virgen un rincón del mundo, porque en el fondo son los mismos que irían a visitarlo y dejarían ahí latas vacías y otra basura
Uno se pregunta si vale la pena tomar en cuenta a quienes califican de populista la medida, porque en el fondo son los mismos que se quejarían si se explotan los yacimientos que hay en la selva entre ríos que se llaman Tiputini y Yasuní, Curaray o Napo.

Uno se pregunta si vale la pena escuchar a quienes dicen que no tienen por qué pagar para que se conserve virgen un rincón del mundo, porque en el fondo son los mismos que irían a visitarlo y dejarían ahí latas vacías y otra basura.

Enrique Iglesias, quien sabe de estas cosas porque fue presidente del Banco Interamericano de Desarrollo y ahora dirige una organización que da seguimiento a las cumbres iberoamericanas, opina que habría que dar una oportunidad a la propuesta de Correa.

Después de todo, la idea del presidente de Ecuador está basada en la filosofía del Acuerdo de Kyoto, que algunas naciones desarrolladas menosprecian o ignoran porque no les conviene aunque sea bueno para todos.

Un año de plazo

Lo que hay que hacer ahora es sentarse y esperar.

La comunidad internacional tiene un año para organizar la entrega del primer subsidio, que constituye un reto sobre todo para empresas que podrían invertir en la naturaleza un poco de lo que ganan contaminándola.

Rafael Correa, presidente de Ecuador, de visita en un campo petrolero
El plan de Correa es arriesgado.
Entre los candidatos más obvios para este proyecto están Repsol y la empresa petrolera paraestatal de China, que controlan alrededor de la quinta parte de la producción petrolera de Ecuador. Pero no son las únicas empresas que tendrían que aportar.

El Banco Mundial, por ejemplo, tiene capacidad para cancelar parte de la deuda ecuatoriana, que creció por muchas razones pero más porque quienes gobernaron al país apostaron a los precios del petróleo y perdieron.

Ecuador perdió más que ellos.

El Club de París podría olvidar parte de los dos mil setecientos y tantos millones de dólares que le deben los ecuatorianos, porque la selva, cualquier selva, bien vale mil veces lo prestado.

Otros se salvarán

Los aucas, que van de un lado a otro del monte como dios los trajo al mundo, los shuar que quedan y nosotros conocemos como jíbaros, y otras tribus que viven y mueren en esa esquina del mundo también se salvarán.

No sé si los babeiris, los guequetadis, los piyemoidis, los huepeiris o los tagaeris, pero hay comunidades que nunca han visto a nadie diferente de ellos desde el principio del tiempo y así pueden seguir, lejos de todo y nada sin saberlo.

Uno ni siquiera sabía que existieran.

Pero uno tampoco sabía que existieran otras tribus anónimas agobiadas por las conmociones de la exploración petrolera, diezmadas por vicios nuevos y costumbres, casi extintas, fragilísimas, a salvo de nosotros.

Nadie ha hablado sobre ellos. Tal vez sea mejor.

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