No le quise preguntar a Raúl Faín Binda para no verme mal.
En el deporte gana quien resiste más y juega mejor en cualquier circunstancia.
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Sé que debí haberle pedido una explicación sobre las razones que pudo haber tenido la Federación Internacional de Fútbol para prohibir que se jueguen partidos internacionales en lugares altos.
Él sabe de estas cosas.
Me imaginé su respuesta. También me imaginé la respuesta de quienes leyeron la noticia en Colombia, en Perú, en Bolivia, en Ecuador y en la ciudad mexicana de Toluca, que está sobre el límite que estableció la FIFA esta semana.
La organización sostiene que se trata de proteger la salud de los jugadores y evitar que se obtengan ventajas competitivas al jugar en alturas a las que no todos están acostumbrados.
La primera reacción fue pensar que la medida responde a las presiones de Argentina y de Brasil, cuyos jugadores al parecer no son tan buenos en las alturas como a nivel del mar y se quedan sin aire y tienen problemas de rendimiento.
Pero así es el deporte. Gana quien resiste más y juega mejor en cualquier circunstancia. Eso cualquiera lo sabe.
El quinto párrafo del comunicado de prensa tiene tres líneas que no dicen mucho más. Nada más.
Ya no se vale jugar a dos mil quinientos cincuentaiún metros aunque se pueda jugar a los dos mil cuatrocientos noventa y nueve.
Ni consulta ni conspiración
La segunda reacción fue pensar que el quinto párrafo dice más de lo que dice.
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Y uno ve venir lo impensable
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La organización puede haber tenido en cuenta la salud de algunos jugadores, puede haber cedido a las presuntas presiones de los ex campeones mundiales, o puede haberse anotado un autogol de los que nadie se escapa.
Lo único claro es que no hubo ni consulta ni discusión de la idea, porque entonces no sería necesario que la FIFA convocara a una reunión con la comisión médica y con los presidentes de las federaciones de los socios para hablar sobre el asunto.
La tercera reacción es pensar que lo que en verdad preocupa al futbol organizado son los costos y el tiempo que implicaría llevar y mantener a los jugadores mientras se aclimatan.
El deporte es cosa de dinero.
La reacción de las almas escépticas y las propensas a las teorías de conspiraciones ven huellas políticas en los pasos del futbol asociado, cuya decisión afecta a naciones con gobiernos afines a.
Lo impensable
Y uno ve venir lo impensable.
Que la selección de Colombia se niegue a jugar en tierra caliente, que el equipo de Bolivia rechace partidos en la costa, y que el cuadro ecuatoriano se abstenga de ir a estadios desde donde no se vean montañas.
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Habría que indagar cuándo se volvió negocio el gusto de correr con un balón en los pies, en busca de la gloria y del grito que explica la gloria y la alegría y el alivio
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Que la FIFA anuncie que la salud de los jugadores corre riesgo en zonas calientes, y que prohiba los partidos a más de treintaitantos grados con tanto por ciento de humedad.
Que se ponga de moda la renta de estadios, que el mercado ofrezca sedes con y sin fanáticos en cualquier lugar, que se venda la piel de los jugadores a tanto el centímetro cuadrado de anuncio.
Que en algunas de las ciudades afectadas se cave el piso de los estadios hasta la altura adecuada, y se construyan más asientos para recuperar el gasto.
Que los partidos heroicos en el lodo, bajo lluvias con alma de diluvio, en hornos polvosos ganados al desierto, en llanos entre nubes, en canchas propias y ajenas, se vuelvan asunto de la memoria y luego del olvido.
Y que llegue el día en que un equipo se querelle ante el hecho tal vez injusto pero ineludible de que el otro equipo es mejor, y gane en la mesa lo que no tuvo que defender en la cancha.
Habría que preguntar
Habría que evaluar si, pese a todo, estas cosas son asuntos de Estado.
Habría que ir pensando en la Copa Latinoamericana del Llano, en la Liga de la Montaña, las divisiones según altura, clima, cociente intelectual o potencial económico de lo que representen los equipos.
Habría que indagar cuándo se volvió negocio el gusto de correr con un balón en los pies, en busca de la gloria y del grito que explica la gloria y la alegría y el alivio.
Habría que preguntar. Y habría que responder. Pero como todos sabemos nadie sabe.
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