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Viernes, 18 de mayo de 2007 - 20:21 GMT
Cosas de silencio y de ruido
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Dos niños escuchando música
Bocinas, publicidad, comerciantes pregonando sus ofertas . El bullicio incesante de pronto cesa.

Nos despertaban las campanas que llamaban a misa de seis con un sonido de metal quebrado y triste.

Después oíamos la algarabía de pájaros en el parque, carros que pasaban con música todavía fresca, señoras que se saludaban de un lado al otro de la calle, y luego otra vez un silencio roto por los besos de lagartijas blancas y un cuarto de hora después por las campanas.

Entonces venía el ruido, una confusión de música cerca y lejos, y anuncios y bocinas de carros y sirenas, y rugidos de motores y gritos de presentadores de televisión, y pregones de quienes vendían cosas y ofrecían servicios.

La cacofonía duraba toda la mañana, el mediodía, la tarde, y gran parte de la noche pasaba envuelta en ecos de canciones y los ruidos grandes de la publicidad.

Nos dimos cuenta de todo cuando el hombre que iba junto a nosotros en el autobús del aeropuerto abrió su portafolios y sacó un documento sobre el silencio.

Llevábamos cinco minutos esperando bajo la lluvia parisina, envueltos por el rumor de los motores del avión cercano y las conversaciones de los vecinos de viaje.

Habíamos pasado tres semanas marcadas por el ruido.

El silencio y su otro

El silencio sólo se aprecia gracias al sonido, porque uno no existe sin el otro.

El cielo desde la ventanilla de un avión
Llevábamos cinco minutos esperando bajo la lluvia parisina, envueltos por el rumor de los motores del avión. Habíamos pasado tres semanas marcadas por el ruido.

La música registra esta relación y la anota en las partituras y la expresa en las melodías, y uno se da cuenta sin que nadie lo diga.

En el lenguaje, la relación del silencio con los sonidos permite el ritmo de las palabras y el flujo de las ideas.

El silencio implica concentración en cosas que no estaban ahí, como el disfrute interior y la comunicación, para las cuales no hay tiempo ni espacio en nuestro siglo.

John Cage entró a la cámara anecoica de Harvard hace medio siglo y escuchó un sonido agudo y un sonido grave.

El músico le preguntó al ingeniero por qué podía oír esos sonidos en un lugar diseñado para que no se oyera nada.

El técnico le explicó al compositor que su sistema nervioso producía el sonido agudo y la circulación de su sangre producía el grave. No se dijo más.

Hace años tuve la suerte y la desgracia de escuchar un disco con la música del universo, que se basaba en un estudio de Johannes Kepler sobre el sonido que producirían los planetas al moverse en el espacio.
Concierto de rock de música japonesa
La música registra la relación de sonido y silencio, pero a veces inhibe la comunicación.

El resultado era un zumbido, un lamento gravísimo, un ulular metálico, un grito, una sinfonía de sonidos que no son de este mundo sino de todos, más allá de casi todo.

Pero no era ruido, como no es silencio la quietud del monte y el fragor del mar no es estridencia.

La venganza del ruido

Hay ruido en todas partes de nuestra América. Las madrugadas de Misantla, umbilicus mundi, son bulliciosas como las de Buenos Aires, las de Santiago y las de la ciudad de México.

Y hay leyes que en cada parte de nuestra América reconocen que la contaminación aural es peligrosa y debe controlarse y reducirse y párrafos de etcéteras pero nadie hace nada, o no hace mucho.

Quienes viven en lugares ruidosos terminan por acostumbrarse al estruendo y no se dan cuenta, y quienes lo notan saben que más temprano que tarde volverán al lugar del que vinieron y no dicen nada o dicen poco.

Niños rezando
Se esfuerzan para escuchar el sonido agudo del sistema nervioso y el grave de la sangre.

El ruido puede causar pérdida del oído, pero también provoca estrés y tiene efectos cardiovasculares, además de que puede dañar al feto, afectar el habla e interferir en el desarrollo de los niños.

Uno piensa en lo que pasa. Una generación se está quedando sorda por el uso de audífonos, y otra se está quedando sorda porque así es la vida, y hay que subirle el volumen a las cosas.

Y como todos sabemos gracias a Abu Ghraib y a Guantánamo, el ruido altera la conducta de los individuos y de los grupos y puede volverlos violentos y malhumorados, o hacerlos presa fácil de la manipulación.

En eso piensa uno esa mañana cuando las campanas convocan a misa de seis y se oye el mitote de los pájaros en parque y el sonido de los besos de las lagartijas en algún lugar, y uno se duerme hasta un cuarto de hora más tarde cuando suena la segunda llamada.

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