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Jueves, 8 de marzo de 2007 - 17:49 GMT
Mujeres y madonas madrileñas
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Procesión en Madrid
Miles de personas participan cada año en la procesión.

Pasamos unos días en Madrid.

Doña Lucía Romero llegó el jueves temprano y se instaló en la calle Cervantes hasta que dieron las doce de la noche y abrieron las puertas de la iglesia de Jesús de Medinaceli como hacen desde 1682.

Doña Lucía no estaba sola. Con ella había miles y pronto se convirtieron en miles y miles que llenaban la calle Cervantes en una formación que daba vuelta en Duque de Medinaceli.

La fila seguía por la calle de Jesús, giraba y se perdía en otras callecitas, bajaba por Platerías y se volvía a perder hasta salir a Atocha, y tomaba el Paseo del Prado casi hasta el Mesón de La Pilarica.

Casi a las tres y media de la mañana del viernes, doña Lucía caminó los últimos cinco metros, se postró frente a la imagen de madera y le besó el pie izquierdo mientras pedía tres milagros.

Nosotros pasamos lo que le quedaba al jueves caminando por otras calles de Madrid, comimos callos y solomillo y nos olvidamos de la señora.

Al otro día vimos las madonas que reinan con niños y con santos y con ángeles en los muros del Museo del Prado, indiferentes a la historia.

Vimos las pinturas negras que Goya, sordo ya, Beethoven de la plástica, dejó en los muros de su casa por horror o por locura, y estremecidos salimos a comer a la Plaza de Platerías, al otro lado del Paseo.

La plaza y las calles parecían más vacías que nunca y más calladas.

Lo que se ve en una semana

El postre de ese viernes fue el museo Thyssen Bornemisza.

Museo Thyssen Bornemisza
Como en otros museos, no vimos muchas obras de mujeres.
Vimos madonas góticas, renacentistas, barrocas, rococó y neoclásicas, decimonónicas e impresionistas, y nos deslumbraron la mirada las composiciones y descomposiciones del surrealismo y el arte pop.

Como en otros museos, no vimos muchas obras de mujeres. Había cosas de Georgia O'Keeffe, de Olga Rozanova, de Natalia Sergeevna Goncharova, de Nadezhna Udalzova, de Liubov Popova, y de algunas pocas más.

Uno pensaría que el arte es cosa de hombres aunque sepamos que no es así, y aunque no se puede juzgar por lo que se ve en una semana de vacaciones.

Pero el paseo de la noche nos llevó por calles oscuras donde había muchachas que se ofrecían en idiomas extraños a los hombres que pasaban, o que oían sin inmutarse los susurros obscenos de quienes las arrinconaban en las sombras de los zaguanes.

Más allá, en un quiosco de revistas, las portadas ofrecían las caras sonrientes de quienes se incluyen en el plural de la gente bonita, también a tanto por el gusto.

Cosas que se ven y no se ven

El sábado nos sorprendió subiendo al segundo piso del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
El sábado nos sorprendió subiendo al segundo piso del Reina Sofía.
Entramos a la sala seis antes que nadie y sin dudar llegamos ante el Guernica. Nos quedamos sin aliento.

Es verdad que ahí hay un toro y un caballo y un ave y un hombre yace y una mujer lleva un niño en brazos, pero no se puede olvidar que Picasso advirtió a quien viera esta obra que habrá quien vea otras cosas en ella.

Muchos han visto en Guernica el horror de la guerra y el dolor de la muerte y la confusión de la violencia, y muchos han encontrado las cosas que dijo Picasso aunque no supiera qué son o qué eran.

Y en eso estábamos cuando llegó un numeroso grupo de turistas japoneses. Terminamos la visita a las dos y media de la tarde, cuando dejan de cobrar la entrada y se hacen colas y uno se va a dormir la siesta.

Esa noche, de plaza en plaza, vimos un eclipse de luna y terminamos en la taberna de siempre.

Le dijimos a la dueña que el barrio se veía vacío sin la procesión de devotos del jueves y el viernes.

No dijo nada. Entró a la cocina, riñó a un camarero, se lavó las manos, se demoró ordenando vasos y copas, y volvió a donde estábamos.

Todavía en silencio nos preparó café y nos sirvió brandy. Cuando veo estas procesiones me pregunto por qué criticamos a los Talibán, declaró la señora.

Caminábamos hacia hotel cuando nos dimos cuenta de que doña Lucía nunca dijo qué milagros iba a pedirle al Cristo de Medinaceli. Y nos olvidamos de ella hasta ahora.

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