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Jueves, 22 de febrero de 2007 - 23:44 GMT
Las maras en marzo
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Integrante de un pandilla
Los jóvenes salvadoreños aprendieron sus malas artes de los pandilleros de Los Angeles.
Alguien llamó para decir que había varios hombres armados en el cantón Los Nejapas del caserío Los Peruchos de Quezaltepeque, no muy lejos de Nueva San Salvador.

Pero no eran hombres, sino seis muchachitos y una mujer de cuarentaitantos años que recibieron a tiros a los policías y fueron sometidos tras una breve balacera antes de que amaneciera el martes de esta semana. No hubo muertos ni heridos.

Los empistolados, informa la prensa salvadoreña, serán acusados de homicidio agravado imperfecto; tenencia, portación y conducción ilegal de armas de fuego, y agrupaciones ilícitas. Son miembros de la Mara 18.

El mal va al sur

Las maras son un mal que comenzó hace dos décadas, cuando miles de jóvenes salvadoreños huyeron de la guerra y encontraron refugio documentado o indocumentado en Estados Unidos.

Integrantes de un pandilla
El problema afecta a países como El Salvador, Guatemala, Honduras, Belice y México.
Escaparon de los escuadrones de la muerte, de los ejércitos de los gobiernos militares, de la guerrilla, de la miseria y la desesperanza, pero no lograron evitar que la violencia les marcara la vida.

Y aprendieron las malas artes de los pandilleros angelinos y pronto fueron como ellos, y como ellos entraron y salieron de la cárcel.

Un día todo cambió. A mediados de la década pasada, cuando el mundo estaba ocupado en otros asuntos, Estados Unidos decidió deportar a los pandilleros centroamericanos que cumplían sus sentencias en prisiones sobre todo de Los Angeles.

Los deportados se llevaron con ellos las mañas y los vicios que aprendieron en las calles, y los aires de gran poder que aprendieron en las películas, y se organizaron tan pronto como llegaron a los países de donde habían salido.

No pasó mucho tiempo. Los grupos se multiplicaron en El Salvador, pero también en Guatemala, en Honduras, en Belice y en México, y robaron, asaltaron, violaron, asesinaron, traficaron lo que pudieron, y se hicieron fuertes.

Las pandillas terminaron convertidas en un organismo informal, trasnacional, con varias decenas de miles de asociados cuya existencia preocupa a las autoridades de media docena de países.

El alcalde de Los Angeles Antonio Villaraigosa resumió el problema en una conversación con la BBC en docena y media de palabras. Las maras desaparecerán cuando se abata la pobreza, se eleven los niveles educativos y haya oportunidades de trabajo.

Es más fácil decirlo que hacerlo. No han podido Los Angeles, que está entre las diez economías más grandes del mundo, ni pudieron Washington, Nueva York, Long Island, Newark, Baltimore o Miami.

Menos han podido hacer los países de la región, azotados por guerras civiles y de las otras, por huracanes y tormentas y calamidades varias, y sin mucho que vender para mejorar la vida.

Ya casi es marzo

La solución al problema de los pandilleros graduados en las calles de Los Angeles es compleja y es cara.

Se necesita una estrategia de prevención para que el imperio de las pandillas no se extienda a escuelas y barrios, y un marco legal inteligente que vaya más allá de la represión
Miguel Molina
Por un lado, implica disponer de recursos, escasos sobre todo en las naciones centroamericanas, y resolver el problema de la seguridad pública a corto plazo, que es irresoluble precisamente por la actividad de las maras.

Por otro lado, requiere actitud y habilidad negociadoras, aunque no se hayan visto señales de que los pandilleros estén dispuestos a negociar.

Pero también es claro que se necesita una estrategia de prevención para que el imperio de las pandillas no se extienda a escuelas y barrios, y un marco legal inteligente que vaya más allá de la represión.

Febrero vio una reunión de autoridades de media docena de naciones que no sabían qué hacer con las maras.

Febrero vio también la insólita denuncia de los pandilleros detenidos, que se quejan de represión y malos tratos en las cárceles, y resienten que otros abusen de ellos, cobardes como todo rufián.

Integrante de un pandilla
Muchos llegan al doloroso extremo de borrarse los tatuajes que los identifican con su mara.
Muchos pandilleros, por arrepentimiento o por astucia, llegan al doloroso extremo de borrarse los tatuajes que los identifican con su mara, aunque ignoran que Lo que Dios non da, Salamanca non muestra.

Febrero verá a muchos preguntándose si vale la pena escarmentar tan duramente a jóvenes que sólo conocen la ley del más fuerte y tuvieron pocas oportunidades en la vida.

Muchos dirán que sí, porque ellos no mostraron ningún respeto por los derechos de otros, y muchos dirán que no porque la venganza no resuelve nada.

Otros pensarán que ya casi es marzo, y que pronto será primavera. Y las maras seguirán siendo lo que siempre han sido. Y el problema seguirá sin solución.

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