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Jueves, 15 de febrero de 2007 - 23:20 GMT
Pensar en la belleza
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Elizabeth Taylor
El cine nos hizo creer que Cleopatra era como Elizabeth Taylor.
No he podido dejar de pensar en la belleza.

Sí, ya sé que renunció el primer ministro de la Autoridad Palestina, que comenzó el proceso a una treintena de presuntos responsables de los atentados de España, y que el gobierno de Venezuela podría nacionalizar supermercados.

Pero el asunto de la belleza es de importancia universal. Dos naciones de hace milenios pasaron diez años de guerra cuyas acciones cantó el clásico en una de las obras fundamentales de la literatura de todos los tiempos.

Dice el bardo que fue por Helena de Troya, mujer de muchos y de nadie, hija de Zeus y de Leda, quien en vez de parirla la puso en un huevo porque el padre del Olimpo sedujo transformado en un cisne.

Es verdad que el destino impidió que nosotros viéramos el rostro de esa mujer que podía hacer que zarpara un millar de barcos rumbo a una guerra tan incierta como legendaria. La historia nos convenció de que era bella.

Lo mismo pasó con Cleopatra. Quien lee las historias que cuenta la Historia ha oído hablar de la hija de Ptolomeo XII, a quien la leyenda atribuye una hermosura directamente proporcional al número de sus amores.

Y luego el cine nos hizo creer que Cleopatra era como Elizabeth Taylor, y todos terminamos por pensar que la transmigración había sido cosa natural, hasta un miércoles en que nos sorprendió el perfil de la reina de Egipto en una moneda.

Lo bonito de lo bello

William Shakespeare
Shakespeare reconoce que la belleza está en los ojos profundos de la amada.
Creo que hace varios años todos estaban de acuerdo en que Cleopatra era una mujer común y corriente, pequeña y llenita, aunque el troquel la haya moldeado con mentón puntiagudo, labios finos y nariz prominente.

No me sorprende, y estoy convencido de que no importa. La idea de la belleza es tan vieja como la advertencia de que lo hermoso está en el ojo del que mira.

A Shakespeare le atribuyen la expresión, que no logré encontrar ni en el recuerdo ni en la edición Wordsworth de las obras del bardo.

Algo dice el poeta en Trabajos de Amor Perdidos sobre la belleza, que es asunto de la vista y no de las palabras.

En el segundo de sus sonetos, Shakespeare reconoce que la belleza está en los ojos profundos de la amada, aunque usa un verbo que significa yacer o radicar tanto como mentir.

Y en Venus y Adonis, cuando la diosa trata de seducir al hermoso joven tímido le pide que la mire a los ojos, que retratan su belleza, y le dice que si los ojos se posan en los ojos es natural que los labios se posen en los labios.

Carajo. Uno no piensa en estas cosas todos los días.

No era bonita sino joven

Y ahí está el perfil de Cleopatra, que el destino puso junto a la foto de una modelo de nuestro tiempo, alta, de pómulos prominentes y caderas estrechísimas, maquillada con una expresión distante.

Moneda con el rostro de Cleopatra
La moneda revela el verdadero rostro de la reina egipcia.
Uno las mira bien y piensa en todo lo que tuvo que pasar desde el primer momento en que un ser humano sintió atracción por otro, y sabe que la belleza es un ideal fugaz y cambiante según la luz, la ocasión y el tamaño de la fiesta.

La belleza de Cleopatra está en que no era bonita sino joven y distinta, especial, poderosa, tal vez una mujer simpática que contaba chistes de caldeos y de asirios, quizá sensual, inteligente y culta.

En todo caso, le gustó a Marco Antonio, que era sobrino lejano de Julio César y había masacrado a los armenios y quería quedarse con medio mundo, hasta que las fuerzas de Roma lo obligaron a matarse con su propia espada.

Si la belleza está en el ojo del que mira,
¿la dulzura está en los labios del que besa?

Poema de Miguel Molina
La sangre hace de cualquier romance una tragedia, y más si en la película Cleopatra es Elizabeth Taylor y Marco Antonio es Richard Burton. Pero no debería uno esperar que la belleza de hace medio siglo sea igual que la belleza de hace dos milenios.

El caso es que la idea me agobia. Y sigo sin encontrar una respuesta al verso que escribí hace años.

Si la belleza está en el ojo del que mira,
¿la dulzura está en los labios del que besa?

Tal vez el verso no necesita respuesta. Después de todo, no tarda en estallar la guerra en Guinea, el terror sigue matando civiles en Irak, el clima cambia, la Fuerza Aérea de Estados Unidos expulsó a una sargento que posó para Playboy.

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