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Sábado, 3 de febrero de 2007 - 01:39 GMT
Escándalos británicos
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Tony Blair.
Blair arriesga cerrar su mandato sumergido en escándalos.
Hace diez años, cuando los votos todavía eran copiosos y frescos, el partido Laborista anunció que su gobierno sería impecable en todos los sentidos del término. Los británicos le creyeron.

Los británicos habían pasado casi dos décadas bajo los gobiernos conservadores de Margaret Thatcher y de John Major, que ofrecieron al reino y al mundo episodios de corrupción, promiscuidad, descuido y arrogancia.

Y el primer viernes de mayo de 1997 Tony Blair se convirtió en Primer Ministro del Reino Unido, Primer Señor de la Tesorería, Ministro del Servicio Civil de Carrera, y Consejero Privado de la Corona, y se mudó al 10 de Downing Street.

No terminaba noviembre cuando comenzaron los escándalos.

El primero tuvo que ver con el organizador de los campeonatos de Fórmula 1, Bernie Ecclestone, y la publicidad de cigarrillos, que está prohibida en el Reino Unido. Ecclestone había donado un millón de libras al partido Laborista y recibió una dispensa que le permitía anunciar cigarrillos en las competencias de campeonato.

Los laboristas se vieron forzados a devolver el donativo y a imponer la ley.

Hubo otros escándalos. Uno de ellos enfrentó a la BBC con el gobierno sobre la capacidad bélica de Saddam Hussein, y provocó la muerte del doctor David Kelly antes de la invasión a Irak.

Aunque más tarde se hizo evidente que Saddam Hussein no tenía armas de destrucción masiva, y que la BBC había dicho la verdad, las presiones políticas provocaron las renuncias del presidente de la Junta de Gobierno de la BBC Gavyn Davies, y del director general Greg Dyke.

Una raya más al tigre

El escándalo más reciente, sin embargo, es cosa vulgar, de millonarios que habrían donado fondos al partido Laborista para adquirir títulos de nobleza que los llevaran a la Cámara de los Lores.

Cada año, como hace siglos, los partidos recomiendan a la Reina una lista de personas que reciben condecoraciones del reino y del imperio.

Lord Levy.
Lord Levy, arrestado en el escándalo de los honores, es amigo personal de Blair.

Pero hace poco alguien notó que los lores más recientes eran simpatizantes laboristas que habían contribuido con fondos sustanciales a las arcas del partido, y la policía comenzó a investigar.

Hasta la fecha han detenido a una asesora de Blair y a Lord Levy, un amigo del Primer Ministro que juega tenis con él y también es ministro sin cartera para asuntos diplomáticos delicados.

El propio Blair ha sido interrogado dos veces por la policía.

La cosa no ha pasado a mayores, aunque el escándalo parece haber dañado seriamente la credibilidad del gobierno y las simpatías del partido Laborista, que llegó al poder prometiendo que sería más puro que la nieve.

La opinión pública considera que no ha sido así.

Peter Mandelson, amigo y asesor de Blair, se vio obligado a renunciar dos veces cuando se descubrió que había hecho operaciones financieras más bien turbias. Ahora trabaja en la Unión Europea.

El ministro del Interior, David Blunkett, tuvo que dejar el cargo entre acusaciones de que había abusado de su puesto para facilitar la visa de la niñera del hijo que había tenido con su amante. Ahora escribe una columna en un tabloide.

Sigue un etcétera de escándalos que van desde ignorar al millón que protestó por la idea de ir a la guerra en Irak, y decir que no hubo problemas con los soldados que fueron a combatir con equipo que tuvieron que comprar ellos mismos, y más y menos.

Poco antes de los arrestos y los interrogatorios a los asesores de Blair, llamó la atención que la unidad de policía que investiga delitos serios haya suspendido una pesquisa sobre presuntos sobornos que el conglomerado británico BAE habría pagado a príncipes sauditas para obtener contratos.

El poder lastima

Blair se acerca al fin de su carrera política como Primer Ministro. Los fundadores del partido Laborista, los vendedores de flores, los taxistas, el señor de la esquina y sobre todo el líder de la oposición conservadora se preguntan en voz alta cuándo va a renunciar.

Tropas británicas en Irak.
La guerra en Irak es uno de los puntos más polémicos del gobierno Blair.

Hay laboristas cuyo pasado les permite preguntarse cuándo va a dejar Blair un poder que lastima cada día más la imagen del partido, opinión que parecen compartir analistas propios y extraños.

El británico común y corriente, como usted o como yo, parece pensar que Blair es un político más preocupado por lo que pueda decir la historia que por lo que diga la gente. Tal vez sea así.

Lo que preocupa a muchos es que los laboristas llegaron al poder empujados por la esperanza y podrían terminar derrotados por la desconfianza y el resquemor que ellos mismos provocaron.

Pero la cosa pública es ruidosa, y es materia de asombro y desvergüenza y sobre todo es igual en todas partes.

Para otros, el partido de Tony Blair, que trató de ser tan puro como la nieve va en camino de terminar, como la nieve, convertido en un charco de lodo.

Es un escándalo.

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