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Viernes, 15 de diciembre de 2006 - 17:21 GMT
Tres reflexiones sobre la integración
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Banderas de países europeos
El sueño de Carlomagno -la unidad europea- tardó siglos en concretarse.

El problema de la integración entre naciones es que se trata de un proceso difícil, lleno de rincones oscuros y sentimientos encontrados e intereses en conflicto.

Carlomagno pensó en la integración europea como producto final de su imperio, que iba de un lado del mundo al otro, pero su sueño se tardó siglos en convertirse en la realidad imperfecta que todos conocemos.

Europa está unida aunque sigue dividida. Pese a los esfuerzos, las negociaciones, las ideas y las propuestas de quienes ven en la unión una oportunidad para el futuro común, todavía hay resistencias.

Muchos temen, con razón o sin ella, que asociarse a la unión significa perder soberanía, ceder principios, y otorgar poderes a una autoridad extraterritorial que nadie eligió.

Pero hay tribunales europeos, hay Parlamento, hay órganos cuya autoridad se extiende a los países asociados a la unión, hay un sentido de consistencia que no se encuentra en ninguna otra parte del mundo.

Y la divisa común, el euro, sobrevivió a las profecías catastróficas de algunos y se fortaleció más allá de lo que esperaban algunos y se ha convertido en una alternativa al dólar estadounidense.

El caso es que en Europa persisten temores y dudas, y hay quienes los propagan y hay quienes los experimentan.

El obstáculo es la pobreza

Hombre pobre
El gran obstáculo para América Latina es la pobreza.

Tal vez por eso no sorprende que la segunda cumbre de la Comunidad Sudamericana de Naciones haya terminado sin una propuesta firme de integración.

Algunos esperaban que se anunciara que América del Sur tomaría el camino que adoptó Europa, pero la realidad es que la región todavía está lejos de llegar a un acuerdo que permita pensar en el nacimiento de un ente como el europeo.

Es verdad que América del Sur no enfrenta los problemas culturales que ha encontrado y aún tiene que resolver Europa, como la incorporación de naciones musulmanas a un club mayoritariamente cristiano.

El lenguaje, la cultura, la historia de nuestra América, parecerían facilitar el trabajo de la integración. Después de todo el sueño de Simón Bolívar es el sueño de Carlomagno del otro lado del mundo.

Pero Europa, sobre todo Europa Occidental, logró establecer instituciones confiables y gobiernos más o menos democráticos después de siglos de guerras y tensiones, y resolvió algunos de sus problemas.

Nuestra América todavía tiene asignaturas pendientes, recuerdos crueles aún frescos, y dilemas complicadísimos.

Las instituciones son débiles y la corrupción sigue siendo mucha, aunque las tendencias golpistas de los militares de antaño y de hogaño son cada vez menos fuertes, y son cada vez menos.

El problema principal de la región es la miseria. América Latina es un subcontinente rico con pueblos pobres y élites millonarias.

Todas las demás desgracias de los latinoamericanos, incluidos algunos de sus gobiernos, son producto directo o indirecto de la desigualdad económica. Lo demás es detalle.

Sueños y proyectos

Otros intentos de integración han fracasado.

Comunidad Sudamericana de Naciones
América Latina ha ensayado diversos proyectos de integración.

El de Bolívar se perdió en las rencillas que surgieron cuando cayó el virreinato, y el sueño terminó en 1826 cuando fue claro que las naciones que asistieron a la cumbre de Panamá no tenían intención de unirse a nadie.

Pasó un siglo. La idea de la integración, que en el caso de Bolívar era motivada por la necesidad de hacer frente a un pasado y a un futuro comunes, se movió hacia puertos más concretos, como el del comercio.

En la década de los sesenta nació la Alianza para el Progreso, ALPRO, auspiciada por Estados Unidos con la intención de abrir mercados y garantizar el abasto de materias primas.

La ALPRO no funcionó, pero cambió su nombre. La Asociación Latinoamericana de Libre Comercio, ALALC, heredó los propósitos de su antecesora y corrió la misma suerte.

La ALALC se convirtió en la Asociación Latinoamericana de Integración, ALADI, y todavía vive en Montevideo, no muy lejos de la rambla. Hay quienes sostienen que funciona y hay quienes aseguran que no.

Pero estas organizaciones representan sólo el principio. Hay que reconocer que la integración de América Latina, como la de Europa, tendrá que producirse sobre bases económicas y comerciales.

Por lo pronto, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que fue pionero de los acuerdos comerciales de nuestro tiempo, no parece haber traído muchas ventajas a México, pese a lo que digan las fuentes oficiales.

La iniciativa de crear una zona de libre comercio que vaya de Alaska hasta la Patagonia no ha logrado salir de las oficinas en la que fue concebida.

Lo único concreto es que los países sudamericanos acordaron reunirse de nuevo para volver a conversar sobre el tema.

Y nadie parece saber qué sigue.

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