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Viernes, 8 de diciembre de 2006 - 16:09 GMT
Las masas no los prefieren rojos
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Votantes venezolanos en Miami.
Este ha sido uno de los años más movidos electoralmente en América Latina.
Se acabaron las elecciones porque se acabó el año, pero el mundo seguirá votando.

Lo que hay que hacer ahora es ver cómo votó, sobre todo en América Latina, porque en Europa y en Estados Unidos hay quienes sostienen que los pueblos de nuestra América están volviendo a la izquierda.

La idea no es nueva. Después de todo los resultados de algunos procesos electorales, incluido el de México, parecen indicar que las masas los prefieren rojos.

Los ejemplos que ponen algunos expertos son, además de México, Nicaragua, Perú, Ecuador, Bolivia, Venezuela, donde los candidatos presidenciales de la izquierda obtuvieron victorias indiscutibles, pero los expertos también se equivocan.

Puede ser que tal vez los nicaragüenses, los mexicanos, los peruanos, los ecuatorianos, los bolivianos, los venezolanos, todos, votaron por el cambio, que puede ser cosa de la democracia.

Uno sabe que Felipe Calderón y Hugo Chávez no representan ningún cambio inmediato.

Calderón se dispone a continuar la política económica que heredó de gobiernos a los que combatía desde la oposición, y no hay señales de que Chávez vaya a cambiar su discurso.

Pero si hemos de creer los resultados oficiales de las elecciones recientes, México es un país seriamente dividido, y en Venezuela la mayoría está de acuerdo en el gobierno que quiere.

Eso está claro. Los mexicanos que no votaron por Calderón fueron muchos más que los que votaron por él, y los venezolanos que eligieron otra vez a Chávez son muchos más que quienes quieren deshacerse del teniente coronel a toda costa.

En Bolivia, Evo Morales representa sin duda el resultado de los errores políticos de quienes gobernaron al país sin pensar mucho en la mayoría indígena empobrecida durante siglos.

En Nicaragua, los ciudadanos que le dieron el poder a Daniel Ortega parecen haberse cansado de sucesivos gobiernos que ofrecieron lo que no podían o no estaba dispuestos a hacer.

En Perú, Alan García dejó atrás los años del exilio, y las acusaciones de corrupción, para ganar de nuevo la presidencia con ayuda del voto de los jóvenes que no habían nacido cuando gobernó por primera vez o no recordaban cómo fue la vida cuando era presidente.

Y en Ecuador, que ha visto ocho presidentes en diez años, Rafael Correa ganó unas elecciones difíciles que lo llevaron al poder pero no le dieron representación en el Congreso.

La gente elige la esperanza

Lo que hemos visto en América Latina no es un viraje ideológico sino ajustes de cuentas políticas contra partidos, o la expresión de esperanzas de mejoría social, cultural, o económica.

Votante en Ecuador
Los resultados de las elecciones muestran que, en su mayor parte, el continente mira a la izquierda.

Muchas naciones de nuestra América están marcadas por la violencia, presionadas por el narcotráfico y otras formas de la delincuencia, en deuda con los derechos humanos, agobiadas por la desigualdad, sofocadas por la corrupción.

La izquierda ofrece cambios, no porque sea izquierda sino porque ninguna oposición gana el poder ofreciendo más de lo mismo que ofreció la derecha y no logró o no quiso cumplir.

Muchos millones votaron también pero no por la sombra de Fidel, la causa de Chávez, la resurrección de Ortega o el fantasma de López Obrador que se dispone a recorrer México, sino contra los deseos de Washington, reales o imaginarios.

Pero además quienes eligieron a candidatos de izquierda representan el daño colateral del libre mercado, de las privatizaciones, de los ajustes al gasto social, de las reformas estructurales que en general promovieron el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Si fuera cosa de números, uno diría que basta con saber que en nuestra América quedan quinientos cincuenta millones de personas.

Doscientos veinte millones de ellas siguen siendo pobres y hay unos cien millones que viven en condiciones de miseria y se consideran afortunadas si ganan un dólar al día.

Por eso la gente elige la esperanza. Lo triste es que a veces llega el día en que la esperanza termina por convertirse en más de lo mismo.

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