Los armenios, como estos en Francia, sostienen que Turquía cometió un genocidio contra ellos.
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Los libros de historia llamaban Asia Menor a la península donde se asentó el imperio otomano y ahora se llama Turquía.
Bizancio, que después fue Constantinopla y después se convirtió en Estambul, era centro de una red de poder militar, político, económico y religioso que en realidad era dueño de medio mundo.
Todos sabemos que el imperio latino terminó cuando Miguel VIII Paleólogo logró recuperar Bizancio y se proclamó co-emperador con su hijo en 1261.
Todos sabemos que al anochecer del veintiocho de mayo de 1453, antes de la batalla en que perdió Constantinopla, el emperador Constantino XI fue a misa, comulgó y se perdió en el fragor de la batalla que ganaron sin mucho esfuerzo las tropas de Mehmet II El Conquistador.
Todos sabemos que el imperio otomano duró seis siglos y medio como otros habían durado más o menos entre invasiones territoriales, pugnas religiosas, ambiciones políticas e intereses económicos, y que terminó el último lunes de octubre de 1923.
Se había firmado la paz después de la tormenta de la Primera Guerra Mundial, y los británicos, los franceses, los griegos y los italianos se habían repartido en el papel el territorio otomano, cuyo error había sido aliarse con los perdedores.
La idea era que Armenia se convirtiera en una nación independiente y los restos del imperio se distribuyeran según las capacidades negociadores de cada país. Entonces vino el soldado Mustafá Kemal y cambió el orden de las cosas.
Matanzas en Armenia
Pero muchos turcos niegan que haya ocurrido un genocidio en 1915.
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Kemal, a quien la historia conoce como Kemal Ataturk, padre de la patria turca, cerró las escuelas religiosas, adoptó leyes europeas, prohibió el uso del fez y del velo musulmán, les dio el voto y acceso al Parlamento a las mujeres, incorporó el alfabeto latino a la lengua y la depuró.
Pero también fue parte de la guerra que describe el diario británico The Guardian en su edición del 25 de abril de 1915.
El anónimo corresponsal del diario británico reporta que Toda Armenia oriental está afectada por el infortunio y hay devastación, masacres, matanzas, epidemias, dolor, desdicha, sordidez. Las ciudades son cementerios y hospitales.
Uno se entera por el redactor de The Guardian que Trebisonda, la dulce y voluptuosa Trebisonda, que vio la gloria de Alejo Comeno y se degeneró bajo la corrupción del imperio en las oscuras playas del Mar Negro, está ahora medio destruida y sus habitantes huyen.
Tres años después, el 21 de mayo de 1918, otro corresponsal de The Guardian o el mismo reportan matanzas en Van, donde hay gatos que tienen un ojo verde y otro azul, no muy lejos de la frontera con Irán.
Muertos más o menos
Pero nadie se pone de acuerdo.
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Lo que les falta a los turcos, preocupados por la perspectiva de un rechazo de la Unión Europea, es detenerse a pensar si tienen razón las voces que ahora condenan y aceptar que pueden estar equivocados.
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Unos dicen que en la guerra que se convirtió en lucha por independencia murió un millón y medio de armenios, y que los turcos cometieron genocidio.
Otros dicen que menos, o que hubo bajas de ambos lados, y que quien sostenga lo contrario es traidor a la patria, como si la muerte fuera cosa de números en la que un muerto vale menos que mil.
Sin embargo, la Asamblea Nacional de Francia determinó que es delito decir que no hubo genocidio en Armenia, y estableció multas y penas de prisión a quienes sostengan lo contrario.
Turquía, que espera ingresar a la Unión Europea, reaccionó vigorosamente ante la posición francesa pero no aportó datos que refuten las versiones del genocidio.
En todo caso, se trataría de una masacre más del siglo que nos vio crecer, como la del millón y medio de tutsi que mataron los hutu en Ruanda, porque alguien mató a los armenios aunque no se puedan conseguir los certificados de defunción que lo prueben.
Y no sería muy diferente de la masacre que la comunidad internacional, presta a intervenir donde no hay armas de destrucción masiva y a juzgar a un dictador por el asesinato de varios miles de personas, permite en Darfur, donde han muerto cientos de miles.
Ni perdón ni olvido
Pero nadie se pone de acuerdo.
El escritor turco Orhan Pamuk fue acusado de insultar la identidad nacional por sus comentarios sobre lo ocurrido en 1915.
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No pasaría nada si los turcos admitieran que quienes fundaron su patria cometieron excesos contra los armenios que esperaban una nación y encontraron la muerte, como ha señalado el premio Nobel de Literatura Orhan Pamuk.
La memoria y el olvido son primos hermanos, y la historia la escriben todavía los vencedores, como saben los latinoamericanos que vivieron tiempos de miedo y de pistolas.
Lo que les falta a los turcos, preocupados por la perspectiva de un rechazo de la Unión Europea, es detenerse a pensar si tienen razón las voces que ahora condenan y aceptar que pueden estar equivocados.
Hay tiempo para hacer leyes de perdón y de olvido, como hicieron algunas naciones de nuestra América, y habrá tiempo de pedir cuentas a quienes tienen que darlas.
Pero hay cosas que no tienen perdón ni tienen olvido, como las muertes que hubo en Trebisonda aunque hayan pasado más de noventa años.
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