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Lunes, 25 de septiembre de 2006 - 22:11 GMT
Cartagena para ricos y pobres
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Los viejos sacan sus sillas al caer la tarde y se sientan a ver la unánime explosión amarilla de las flores del guayacán, según la historia que cuenta Ethel Gilmour con trazos que podrían ser palabras.

Cartagena, Colombia
Cartagena, que es tan vieja como América...
Pero hay veces en que las flores del guayacán impiden pensar en las raíces del árbol, y más si uno está en Llanogrande, cerca y lejos de Medellín, y desde la ventana puede ver una enorme jaula blanca iluminada por luz verde enmedio del prado.

En la montaña pensamos menos porque vamos a una boda y bailamos y bebemos y comemos con amigos nuevos y viejos bajo un cielo que comienza con arcoiris y termina con estrellas.

Al otro día, otro árbol se planta. Es el guayabo, nombre que los colombianos le dan a la resaca. Y como no hay resaca que no haga humilde a quien la sufre uno comienza a ver otras cosas, o las mismas de diferente manera.

Entonces nos vamos a Cartagena.

Desplazados, paras, guerrilla

La historia en esta ciudad llena de historias es diferente. Aquí uno comprueba el dato brutal de que uno de cada dos colombianos es pobre.

Muchos de ellos están en Cartagena, que es tan vieja como América, y piden cien pesos al que pasa, nacional o extranjero, porque el país no les da para más y la vida ya no puede con menos.

Vaqueros colombianos
Un reportero... entre dos Colombias.
Una señora desplazada por la guerra enseña a escribir a su hija en plena calle mientras espera algún tipo de solidaridad. La prensa registra las angustias de los paramilitares que entregaron las armas y ahora se entregan a la desesperación de no tener qué hacer. La prensa también informa sobre el nuevo aumento de secuestros en zonas donde una vez hubo paramilitares y ahora sólo quedan las armas de la guerrilla. El cuento, ay, se repite.

La industria más importante del país, digan lo que digan, es la de seguridad. Hay guardias privados que custodian las entradas a todas partes y asumen la actitud universal de quien tiene uniforme y walkie talkie.

Pero si en Medellín uno vio la industria, en Cartagena, que una vez fue joya de los virreinatos, uno ve una ciudad decrépita, llena de basura, de cañerías desbordadas, lejos de la zona hotelera, donde el aire acondicionado no deja entrar hedores ni mendigos.

Cosas de turistas

Hay dos Cartagenas como hay dos Colombias. Uno va por los parques y ve a la gente sentada sin qué hacer, esperando a que pase el calor o alguna otra cosa, y sabe sin sombra de duda en qué Cartagena y en qué Colombia está.

Por azares del destino y carencias de la industria turística, huimos del hotel todo pagado que nos tocó, oloroso a pintura y a humores corporales, y nos quedamos en una casona de patio fresco y precio fuera del alcance de la mitad de los colombianos.

Hay piscina y whisky y los tucanes Lucas y Mateo se suben a la mesa y se roban el pan y la fruta, y uno piensa que la vida es bella y mira furtivamente el almendro de la casa de Gabriel García Márquez, al otro lado de la calle.

Cartagena, Colombia
Lejos de la zona turística, hay otra Cartagena.
Frente a nosotros se alza el muro que defendió a la ciudad de embates de conquistadores y sitios de piratas, y cuyas garitas sirven ahora para otros tipos de conquista y otra clase de piratería, y más allá hay un campo de futbol. Hacemos cosas de turistas. Sudamos bajo el sol inclemente del Caribe, bebemos cerveza y jugos, visitamos el edificio de la Inquisición, damos un paseo en carroza, comemos ajiacos y pescados fritos y arepas y hacemos la digestión lenta de quien no tiene otra cosa que hacer.

En las calles se filma El amor en los tiempos del cólera, y los productores van y vienen con aires de importancia mientras construyen un mercado de artificio para contar la historia del amor de Florentino Ariza por Fermina Daza.

Pasamos a saludar a don Juan Gossaín a RCN, y armados con tarjetas postales buscamos un buzón para enviarlas a quienes no tienen acceso a internet, y se viene encima la tarde y cae la noche y de pronto es jueves y hay que irse a Bogotá.

En la capital también buscamos un buzón que no aparece por ninguna parte, aunque hallamos los magníficos museos del Oro y de la Donación Botero, y caminamos del brazo en la Plaza Bolívar.

Esa noche, medio en serio, medio en broma, mientras la tormenta se anuncia y comemos mondongo, le digo a E-mary que tal vez por eso el coronel del cuento no tenía quién le escribiera.

Y en un avión que pasa por Panamá nos vamos a México.

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