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Viernes, 15 de septiembre de 2006 - 00:23 GMT
El guayacán de Colombia
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Colombia. Mi único recuerdo de este país era la mañana de hace casi 15 años en que el avión en que viajaba aterrizó en una pista de El Dorado flanqueada por soldados, y las dos horas vacías que pasamos esperando reanudar el vuelo.

Museo de Antioquia, con estatuas de Fernando Botero. Foto cortesia del Museo: www.museodeantioquia.org.
Museo de Antioquia, en Medellín, donde "dan ganas de aplaudir" al artista Fernando Botero.
Pero Colombia es un país entrañable por razones que van más allá de la memoria, por los colombianos que he leído, conocido y admirado, aunque no necesariamente en ese orden.

Colombianos son Luis Carlos López, el diplomático poeta tuerto cuyos versos marcaron mi infancia, y Gabriel García Márquez, cuya obra cambió nuestras vidas.

Colombianos son Alvaro Mutis, quien voló con nosotros sin saberlo de París a Bogotá, y don Juan Gosaín, quien durante años y porque era lunes o martes o miércoles me dejó contar historias en RCN.

Colombiana era Aribel Guerrero Agudelo, quien estudiaba psicología en Xalapa cuando todos éramos jóvenes y, ay, conductistas, y colombianos son muchos de mis colegas en la BBC.

Así que un día, después de mucho pensarlo, tomé un avión y vine a Colombia, aunque tan pronto como aterrizamos en Bogotá tomamos el primer vuelo a Medellín, donde comienza esta historia de viaje.

Gente que va y viene

Lo primero que vimos fueron las montañas. Media hora más tarde bajamos por una de ellas, entre pinos y alcanfores, entre camiones y maquinaria pesada y polvo, entre la gente que esperaba un autobús para volver por donde había venido.

Llegamos a las alturas de un sexto piso. Más allá, abajo, alrededor, la ciudad seguía incrédula ante la muerte de Hernando Cataño, un señor de sesenta y tantos años que corrió la media maratón de Medellín con otros dieciocho mil atletas y murió pocos minutos después de llegar a la meta.

Y uno, que había leído como muchos las historias de horror que cuentan sobre este país mágico, entra al centro de la ciudad con cierta sensación de inseguridad que no tarda en disiparse.

Aquí la situación ya está en calma, nos dicen. Ya no es como antes, nos aseguran. Y uno ve la vida en las calles caóticas del centro, llenas de gente que va y viene, y no piensa en los días malos de otro tiempo.

Feo en México, donde el otro día unos criminales entraron a un centro nocturno y arrojaron las cabezas de cinco personas a la pista de baile, nos cuentan, Aquí nunca hicieron eso ni cuando la cosa se puso mal.

Pero Colombia es más que un conflicto armado que el mundo ha conocido a pedazos gracias o a pesar de los medios, y los colombianos parecen ocupados debatiendo el presente y pensando en el futuro propio y ajeno.

Dos noticias

Ciudad de Medellín
Medellín, donde comienza la crónica del viaje de Miguel Molina.
De cuando en cuando, la realidad se encarga de recordar a todos el pasado. Por ejemplo que en Colombia las minas antipersonales mataron a mil cien personas el año pasado, más que en Afganistán, en Camboya o en Irak, donde también se usan esas armas.

En Antioquia, donde estamos, hubo casi ciento cincuenta muertos. Las ilegales Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) siguen siendo el grupo armado que usa más minas antipersonales que nadie en el mundo.

Hay otras noticias. Que al parecer un militar profanó la tumba de Josué Ceballos, El Mocho César a quien las FARC le rindieron homenaje fúnebre hace tres años, y sacó de ahí el medio millón de dólares que llevaba en una valija cuando lo detuvieron.

El tercer piso

Y además está el tercer piso del Museo de Antioquia, donde la algarabía de los grupos de niños se mezcla con el regocijo del genio de Botero, que da ganas de aplaudir, y la obra de otros colombianos de antes y de ahora.

Uno ve lo que hizo Posada Zuloaga, lo que creó Lorenzo Jaramillo, el talento narrativo de David Manzur y sus moscas en homenaje a una pared blanca y los niños dios en la bandeja paisa de Juan Camilo Uribe.

Uno ve las caricaturas de Ricardo Rendón, las acuarelas de Horacio Longas, y lee el bodegón de Bernardo Salcedo, imágenes hechas de palabras en las que hay una mesa con una piña y dos cebollas y se ven dos vasijas, o un repollo y no hay más, o dos naranjas solas.

Uno se vuelve parte del pueblo y del guayacán de Ethel Gilmore, a quien el destino hizo nacer en Estados Unidos y el buen sentido la hizo venirse a vivir a Colombia hace treinta y tantos años, aunque sólo fuera para darle oportunidad de contar su historia.

El guayacán es un árbol increíble que da flores amarillas, y los viejos del pueblo se sientan a mirarlo cada tarde. En eso estamos ahora.

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