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Jueves, 7 de septiembre de 2006 - 22:25 GMT
Sobre cárceles clandestinas
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Avión de la Fuerza Aérea estadounidense en Rumania.
En diciembre se informó que prisioneros secretos habían sido torturados en Polonia y Rumania.
A principios de noviembre de 2005, la organización no gubernamental Human Rights Watch y el diario Washington Post informaron que Estados Unidos tenía prisiones secretas en Europa y en África.

En diciembre, la cadena de televisión ABC informó que varios prisioneros secretos habían sido torturados en Polonia y en Rumania antes de que la CIA los reubicara a sus cárceles en Egipto y otras naciones del Norte de África.

Comenzaba este año cuando Varsovia y Bucarest negaron todo. Las voces conservadoras y neoconservadoras se apresuraron a denunciar que la información era parte de una campaña internacional contra Estados Unidos, en una guerra en la que no se aplican las leyes de la guerra.

Pero Washington aceptó que se habían producido transferencias extraordinarias de prisioneros a países donde serían interrogados aunque no torturados por las autoridades locales, y evitó mencionar las cárceles secretas de las que medio mundo había oído hablar.

Sorpresa de septiembre

Llegó junio y con el mes vino el informe que el Consejo de Europa encargó sobre las cárceles clandestinas de Estados Unidos.

En septiembre el presidente George Bush admitió que los centros clandestinos de detención de EE.UU. existen o existieron.
El Consejo, fundado en 1949, representa a cuarenta y tantos países y se encarga de la defensa de los derechos humanos y la democracia parlamentaria en el continente, y estaba preocupado por las versiones que corrían e implicaban a vecinos y amigos.

El documento que compiló el parlamentario suizo Dick Marty confirmó que la preocupación era fundada, y señala que más de media docena de países europeos colaboró en las transferencias extraordinarias, ilegales ante la Convención Europea de Derechos Humanos.

Los nombres de los responsables: el Reino Unido, Suecia, Italia, España, Macedonia, Bosnia, Turquía, Alemania y Grecia, la República Checa pero también Portugal e Irlanda y Chipre tanto como Polonia y Rumania.

No pasó nada, y el asunto cayó en el olvido, o casi. Las voces conservadoras siguieron negando que hubiera prisiones secretas, y si las había por algo habrá sido.

Y siguieron hablando de la conjura internacional, siguieron invocando los intereses de la seguridad nacional, siguieron marcando las diferencias entre esta guerra y otras, siguieron convencidos de los derechos humanos son cosa de comunistas.

Hasta que septiembre los sorprendió con el presidente George Bush y su inesperada admisión de que, después de todo, los centros clandestinos de detención de Estados Unidos existen o existieron.

La esencia de una sociedad libre

Según el presidente Bush, las cárceles secretas son herramientas necesarias y muy útiles para obtener información de sospechosos, y esa información, obtenida en interrogatorios intensos pero legales, ha servido para impedir atentados.

George W. Bush
Según el presidente Bush, las cárceles secretas son herramientas necesarias y muy útiles para obtener información de sospechosos, y esa información, obtenida en interrogatorios intensos pero legales, ha servido para impedir atentados
Otros consideran el asunto de las prisiones clandestinas y las transferencias extraordinarias como una muestra de lo que no se debe hacer, y lo comparan con las extravagancias de la guerra contra el terror.

Quizá quien mejor explica lo que pasa, o lo que puede pasar, es la Corte Suprema de Estados Unidos en un dictamen que emitió hace más de dos años.

Lo que está en juego en este caso es nada menos que la esencia de una sociedad libre, advirtió la magistrada Sandra Day O'Connor en el caso de José Padilla, (...) porque si esta nación va a seguir siendo fiel a los ideales simbolizados en su bandera no debe usar las herramientas de los tiranos ni siquiera para resistir un asalto de las fuerzas de la tiranía.

Y dice más Dick Marty en su documento. Las críticas que han recibido algunas decisiones del gobierno de Estados Unidos reflejan una preocupación por un país que incuestionablemente sirve como ejemplo al resto del mundo.

Según el legislador suizo, Washington estaba cometiendo errores que no sólo violan principios fundamentales sino que además constituyen una estrategia contraproducente ante el terrorismo.

Una raya más al tigre

Los optimistas dicen que la Casa Blanca entendió los mensajes. Los escépticos dicen que las declaraciones presidenciales son parte de una estrategia política doméstica con vista a las elecciones de noviembre.

El hecho es que el Pentágono publicó enmiendas a su manual de operaciones, prohibiendo técnicas de interrogatorio en las que se usen perros para asustar al prisionero, en las que se desnude al detenido y se le humille sexualmente, en las que se usen capuchas o cinta adhesiva, o en las que se sumerja al sujeto en agua hasta que esté a punto de ahogarse.

En todo caso, las cárceles clandestinas han dejado de ser un problema en la vida real porque perdieron el secreto y porque van a transferir a los detenidos más importantes a la base naval de Estados Unidos en Guantánamo, donde serán juzgados por tribunales militares.

El Congreso no podrá oponerse, pese a que la Corte Suprema había advertido ya que la Presidencia abusó de su poder porque no consultó al Legislativo cuando instauró las cortes marciales.

Pero es, como dicen los viejos, una raya más al tigre. Lo que empezó como una respuesta ante actos extremos corre el riesgo de terminar como una reacción extrema, sin límites ni principios, condenada al fracaso.

Después de todo lo único que nos queda son los límites y los principios. Y el tigre.

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