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Sábado, 29 de julio de 2006 - 00:18 GMT
Los males de Líbano
Miguel Molina.
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Mujer atrapada en su casa en Tiro, Líbano.
Uno olvida, digamos, en defensa propia, y se complace en el recuerdo y sus lagunas y sus espejos y sus luces de feria
Tarde o temprano nos salva el olvido. Un día uno deja de pensar en dolores propios y ajenos y vuelve al afán de ser feliz.

La vida es egoísta porque su memoria elimina lo desagradable y lo doloroso y termina por hacer que las cosas no sean como fueron sino como uno hubiera querido que fueran.

Uno olvida, digamos, en defensa propia, y se complace en el recuerdo y sus lagunas y sus espejos y sus luces de feria, y su música si uno exprime un poco la metáfora.

Hasta que de pronto un duro golpe, como el del odio de dios que abría zanjas oscuras y sufría Vallejo, lo convence a uno de que todo es a la vez muy claro y extremadamente complicado.

La vida y la muerte dejan de ser extremos naturales de la existencia y se convierten en asunto de negociación, de daño colateral, de algo que parece evidente pero nadie puede explicar.

No conoce la paz

Digamos Líbano. El país que conocemos ahora no ha estado en paz desde que las tribus de Canán fundaron las ciudades fenicias que llegarían a dominar el comercio y el mar.

Libanés en área destruida del sur de Beirut.
Las cosas iban bien hasta el decimoprimer día de julio, cuando militantes de Hezbolá tomaron prisioneros a dos soldados israelíes
Alejandro El Grande las conquistó hace mil seiscientos setenta y tantos años, y los romanos las ocuparon en el siglo VII.

Hubo problemas religiosos entre drusos y maronitas, pasaron las cruzadas en el siglo XI, vinieron mamelucos, mongoles y otomanos, y hubo sangre y nacieron odios.

También nacieron dos estados. Francia separó a Líbano de Siria y molestó a los musulmanes que querían una nación árabe. Después de tensiones y discusiones, Líbano se hizo independiente el primer día de 1944.

Cuatro años después declaró la guerra a Israel, que acababa de nacer, y sufrió la primera crisis política y la primera intervención extranjera de su historia contemporánea antes de cumplir quince años.

Hubo golpes de Estado e intentos golpistas que las instituciones resistieron más o menos intactas, pero en la guerra del sesenta y siete se hizo evidente que grupos árabes extremistas atacaban a Israel en todos sentidos desde territorio libanés.

Pese a todo no pasó nada y nadie hizo mucho por controlar las organizaciones armadas que operaban en la frontera con Israel y más allá.

Tal vez por eso nadie logró impedir los enfrentamientos entre cristianos, musulmanes y palestinos que un día de principios de 1975 se convirtieron en una guerra civil que duró quince años.

Y antes de que acabara el siglo XX por fin hubo paz, un estado de ánimo que ofrecía la ilusión del futuro a un pueblo que trataba de olvidar su pasado y su presente.

Hace un año salieron de Líbano las fuerzas sirias, que habían entrado invitadas por las Naciones Unidas y salieron repudiadas por todos.

Las cosas iban bien hasta el decimoprimer día de julio, cuando militantes de Hezbolá tomaron prisioneros a dos soldados israelíes.

Que muera quien se ha de morir

Kofi Annan.
La comunidad internacional, cuyo nombre se invoca antes de cada guerra, de cada invasión, de cada medida desproporcionada, calló y cayó. El que se ha de morir mañana que se muera de una vez porque la vida no vale nada
Comenzaron a llover bombas hacia un lado y hacia el otro. Todos vimos las fotos, leímos los relatos, vimos las imágenes negras de humo, rojas de sangre, grises de polvo y escombros.

A todos se nos estremeció un corazón colectivo por los muertos y los heridos y los que perdieron lo que tenían porque se fueron a vivir justo donde el suicida haría detonar su bomba o el tanque escupiría metralla.

Lo que jode es que la gente olvida. Después de dos semanas y más de mil cohetes de Hezbolá y de quién sabe cuántos cohetes israelíes, los muertos se convierten en números y en todo caso son asuntos ajenos.

Así llega el momento en que un muerto no es noticia si no es muerto grande, con títulos de poder y prestigio de autoridad. Pero también llega un momento en que todo indica que hay que decir basta.

Uno mira la masacre y piensa. Cuando se planteó en Roma la esperanza de una tregua que diera paso a la diplomacia todos sabían que más vale un mal acuerdo que una buena negociación, y todos dijeron que había que detener la guerra.

Gran Bretaña y Estados Unidos opinaron que no. La ministra británica de Relaciones Exteriores declaró que aunque se consiguiera un cese el fuego la violencia volvería en poco tiempo a Líbano. La secretaria de Estado de Estados Unidos dijo que se necesitaba algo sostenible.

La comunidad internacional, cuyo nombre se invoca antes de cada guerra, de cada invasión, de cada medida desproporcionada, calló y cayó. El que se ha de morir mañana que se muera de una vez porque la vida no vale nada.

No hubo tregua. Líbano va a ser una mancha en muchas conciencias, aunque tarde o temprano nos salve el olvido y un día uno deje de pensar en dolores propios y ajenos y vuelva al afán de ser feliz.

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