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Jueves, 20 de julio de 2006 - 23:25 GMT
Tres ancianos mueren cada hora
Miguel Molina.
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Mujer con su hija en una fuente de agua en Londres.
En un verano inusualmente caluroso refrescarse es vital.
El miércoles fue el día más caliente de julio de los últimos noventa y tantos años, y esa tarde nos sentamos largo rato a la sombra en el patio hasta que llegó la hora de ver las noticias.

Mostraron imágenes de calles y parques llenos de hombres sin camisa y de mujeres con poco más que eso, y niños en el agua y más allá cientos, sin duda miles, que se habían dejado caer en el pasto y trataban de broncearse.

Y después vimos imágenes de hombres y mujeres hacinados en autobuses cerrados y trenes sin ventanas y, ay, sin aire acondicionado.

Sudaban y maldecían. Uno veía las camisas ajadas, las blusas mojadas, los ceños empapados, y sabía que maldecían porque uno había hecho lo mismo hacía poco.

Pero no aprenden. Quienes diseñaron los autobuses londinenses no los usaban, y lo mismo puede decirse de los trenes de superficie y del metro, cajones en los que entra la gente para ir de un lugar a otro.

Y quienes regresaban a sus casas el miércoles saben qué se siente cuando la temperatura en un vagón del metro pasa de los cincuenta grados, y no les hace mucha gracia nada.

Entonces el presentador del noticiero dijo que el calor matará a unos siete mil ancianos en Gran Bretaña este verano, pero sobre todo en las próximas semanas.

Anciana siendo atendida en un hospital de París.
En 2003, el verano golpeó a miles de ancianos en Francia; muchos no lo sobrevivieron.
Lo que el de la televisión no aclaró es que eso significa uno cada veinte minutos.

El calor grande

Los franceses no han podido olvidar el verano de hace tres años, cuando en dos semanas de canícula murieron de calor entre once mil y quince mil personas de edad avanzada.

La cifra les pareció exagerada a algunos lectores, conmovió a otros e indignó a muchos.

En Francia se desató un debate nacional y hubo escándalo cuando el gobierno pidió a los franceses sacrificar un día de sus vacaciones para pagar los servicios de atención médica y social de sus padres y sus abuelos.

Le Figaro decía ese septiembre que al Estado no le corresponde cuidar a los ancianos. Eso nos toca a nosotros. Le Parisien era más directo y admitía que todos éramos culpables de lo que pasó en esas dos semanas.

Y uno olvidó porque el olvido nos protege.

Los fríos

Ese año, cuando el invierno llegó a Gran Bretaña trajo un frío que en una semana mató a dos mil quinientos ancianos.

El ejemplo más claro y más triste de esa ola de frío y de indiferencia es el de George y Gertrude Bates.

La casa de George y Gertrude Bates
La casa donde encontraron sin vida a los ancianos George y Gertrude Bates.
George tenía 89 años y llevaba 63 de ellos viviendo en su casa de Tooting, en el sur de Londres, cuando la policía lo encontró muerto de frío, sentado en su sillón favorito.

Junto a él, en el suelo, donde cayó cuando le vino el ataque cardíaco que la mató, estaba su esposa Gertrude, de 86 años.

Les habían desconectado el gas unas semanas antes por falta de pago, aunque la pareja tenía dinero suficiente para saldar sus deudas. Los Bates eran dos ancianos confundidos por la edad, nada más.

Y otros males

Pero el anuncio del miércoles nos hizo descubrir que este verano hay algo más implacable que el clima, por ejemplo las intituciones.

Water UK, la organización que agrupa a las empresas de agua potable del país, reveló en un estudio reciente que a los ancianos que viven en asilos o en comunidades sólo les dan entre dos y cuatro vasos de agua al día, mucho menos de lo que uno necesita en estos calorones.

La falta de agua a su vez provoca otros problemas, y eso explica que más de cuarenta por ciento de los casos que reciben los sanatorios geriátricos sean de ancianos estreñidos que podrían terminar con cáncer intestinal.

Vaso siendo llenado con agua.
Los ancianos que viven en asilos reciben sólo dos a cuatro vasos de agua al día.
Y la deshidratación hace más probable que a uno le dé un infarto o una embolia.

Para pensar

Póngase a pensar.

Usted trabaja toda su vida productiva en una nación y para una sociedad que al final del camino, cuando usted necesita más apoyo, cuando usted es más frágil y más vulnerable, cuando usted ya no se puede mover ni pensar con agilidad, lo abandonan a su suerte.

Pese a todo, le recomiendan que tome muchos líquidos, que no salga de su casa, que no se exponga al sol, que use ropa fresca, que se bañe, que esté pendiente del radio y la televisión. Y ya.

La idea estremece. A esto hemos llegado, con calor y con frío.

Visite el nuevo blog de Miguel Molina

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