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Viernes, 23 de junio de 2006 - 17:40 GMT
De lo perdido
Miguel
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Estación de metro de Londres.
Cada día, miles de personas olvidan algo en el servicio de transporte público de Londres.
Tan pronto como uno sale de la estación del metro en Baker Street se da uno cuenta de que el escaparate lleno de cosas imprevistas no es de una tienda sino de una de las oficinas más extrañas del mundo.

Ahí van a dar las cosas que todos pierden en el sistema de transporte colectivo de Londres, que en este caso se reduce al metro, los autobuses y los taxis donde alguien olvida algo cada dos minutos.

Pero olvidar es humano.

Los números de la desmemoria

Lo que más se pierde son guías de las calles de Londres.

Cada día se descubren sesenta y cinco valijas, bolsas o mochilas, cincuenta y siete libros y cincuenta y tres prendas de vestir para las que la modestia oficial no tiene descripción.

Maletín de cuero y paraguas.
La variedad de objetos es amplia. Puede ir desde simples paraguas hasta águilas disecadas.
Cada hora aparecen dos billeteras o bolsas de mano o monederos, y otros objetos no identificados, y dos teléfonos celulares y un juego de llaves de la casa, el carro, o la oficina de alguien que va a pasar un mal día.

Mi paraguas es uno de los siete mil que se quedaron debajo de un asiento del metro el año pasado. Otros perdieron en el mismo lapso poco más de seis mil pares de anteojos y casi el mismo número de joyas, una estadística que curiosamente incluye cámaras y computadoras.

Y los encargados de limpiar vagones, autobuses y taxis descubren un promedio diario de siete pares de guantes, razón por la que no se sorprendieron al encontrar cuatrocientos setenta y cuatro guantes solos de abril de 2003 a marzo de 2004.

Tampoco pasa un día sin que alguien deje en el asiento la comida que compró para la cena en su camino a la casa o al trabajo, y no falta quien se baje sin su osito, sin su pasaporte o sin su anillo de matrimonio.

Y otras cosas

La leyenda urbana recuerda de cuando en cuando que en los anaques de la Oficina de Objetos Perdidos también hay vestidos de novia, togas de abogados, aparatos para hacer ejercicios, un saco de uvas pasas, una lancha de cuatro metros y medio de eslora, una urna con cenizas de un difunto olvidado.

Osos de peluche.
A muchos parece no importarle lo que dejan detrás. Pero hay objetos con asociaciones afectivas muy sólidas con sus dueños.
Pero también hay una banca de parque, un portafolios con dieciocho mil dólares en efectivo, un águila disecada, varias dentaduras postizas, muchos ojos de vidrio, algunas piernas y brazos ortopédicos, una podadora de pasto, un ataúd vacío.

Y hay implantes para pechos, un sofá cama, esquís para agua, un frasco con esperma de toro, tres murciélagos en una caja de plástico, seis máscaras africanas y tres antigás de la Segunda Guerra, un arpón, una bolsa con dos cráneos, un lavadero de cocina.

La prensa registra que en mayo alguien dejó en un taxi una bolsa con diamantes valuados en setenta mil dólares y le dio siete mil de recompensa al taxista que devolvió el tesoro, pero el señor que dejó una televisión de plasma nunca volvió por ella.

Tampoco se cree que la persona que dejó una bolsa con relojes Rolex en el asiento de un autobús los reclame.

Ni nadie va a buscar que le devuelvan los balones de futbol ni las camisetas con el nombre de Beckham ni las banderas inglesas que alguien dejó olvidadas, quizá con cierto desencanto por lo que ha visto o lo que no ha visto en la Copa del Mundo.

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