Las ceremonias para otorgar la ciudadanía británica comenzaron en enero de 2004.
|
Uno se baja del taxi y camina por la calle caliente. Como es temprano uno va a El Ganso, un pub donde un par de docenas de parroquianos despide la mañana, y espera a que sea hora.
Cuando es hora uno vuelve a cruzar la calle, se ajusta la corbata, aligera el paso, sume la panza, se arregla el saco, se mira en los reflejos. En el Centro Cívico le dan a uno un gafete rojo con su nombre.
En la sala del primer piso hay sillas azules y mesas con platos de galletitas, y café, agua caliente para té, jugos, agua con gas y agua simple, y música de Vaughan Williams. En poco tiempo se juntan 52 personas.
Unos llevan gafetes rojos y otros llevan gafetes azules. Otros tienen gafetes blancos, que indican su condición de invitados. Todos entran al recinto por colores. Una señora explica qué va a pasar.
La señora indica que hay que ponerse de pie. Uno dice su nombre y los demás también, y todos se vuelven a sentar en los sillones anaranjados de la sala grande del Centro Cívico, donde una niña comienza a jugar con los micrófonos de los concejales.
Un fotógrafo se apresura con su cámara, y a lo lejos alguien filma, y de pronto entra la última alcaldesa.
Gafete azul o rojo
En la sala están también una familia con gafetes azules, en las filas del frente, y un señor muy serio, de cabeza brillante, que va con su hijo y lleva un gafete rojo en la solapa, como un clavel cuadrado.
Los aspirantes a la ciudadanía deben pasar un examen.
|
Está la señora cuyo cabello parece hecho de finísimas plumas negras y está el hombre silencioso que llegó solo, se sentó solo y se fue como había venido. Y todos los demás, uno entre ellos.
Uno imagina sus historias, los cambios que sufrirán sus vidas, las razones que los hacen dar este paso, prenderse el gafete azul o el rojo y esperar a que comience la ceremonia.
Uno piensa que, bien visto, se trata de personas que asumen derechos y obligaciones ante una colectividad, sobre todo en estos tiempos en que el Estado deja de ser nación y la globalización que se cierne sobre todos amenaza con volver a todos ciudadanos del mundo.
Uno piensa que, después de todo, uno nace donde nace y no donde hubiera querido nacer, y que ese argumento justifica que uno sea uno pero pueda ser otro.
51 veces una foto
En la Sala Grande del Centro Cívico uno entiende que el destino y la voluntad de cambiar el destino a veces son la misma cosa, aunque uno tenga gafete rojo.
Para hacerse ciudadano, es necesario prometer fidelidad a la reina y a sus herederos.
|
Y se pregunta cuántos de los 100 costarricenses, de los 7.000 ecuatorianos, de los 150 paraguayos, de los 4.000 argentinos, de los 5.000 mexicanos o de los 60.000 brasileños que censó el tabloide Evening Standard en Londres están ahí.
No se sabe, ni se sabrá, porque la ceremonia ha comenzado. Uno espera que la ex alcaldesa hable sobre el imperio pero habla sobre los jardines de las casas del distrito y sobre las clases nocturnas para adultos, y recuerda cuando Isabel II le dio una medalla.
Al escuchar su nombre, uno camina sin saber cómo, oye a lo lejos una suite de la Música del Agua, cruza la sala, le da la mano a la ex alcaldesa y posa para la foto con el certificado. Uno espera a que la ceremonia se repita 51 veces.
Y al fin todos se ponen de pie y cantan God save the Queen, que puede traducirse pero no suena igual en otro idioma, y los de gafete azul juran por dios y los de gafete rojo juran por ellos que serán fieles a la reina y sus descendientes.
Alguno siente un nudo en la garganta y todos sonríen y pasan a otra sala donde hay sándwiches, pies, quiches, ensaladas, frutas, quesos, galletitas, cosas de ésas, jugos y aguas minerales, té y café.
Uno come aturdido, quizá esperando sentir algún cambio, pero no pasa nada. Todo es como era antes, aunque nada vuelva a ser como era antes.
Uno sale al sol, cruza la calle, espera el autobús, se suma a otros 70, suda, espera, se baja en la parada del supermercado a comprar atún y champaña, va a la casa, pone la parrilla, asa el pescado y bebe el vino.
Uno ya es británico. Uno la pasa bien.
Visite el nuevo blog de Miguel Molina