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Sábado, 3 de junio de 2006 - 12:16 GMT
Sin dejar huella
Miguel
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

O Henry escribió la historia de un hombre que un día sale de su casa y no vuelve en varios años, pero en vez de irse lejos y desaparecer en el otro lado del mundo vive todo ese tiempo en un apartamento a unas cuadras de su familia.

Hombre caminando
En el Reino Unido cada año desaparece casi un cuarto de millón de personas, aunque la mayor parte vuelve a sus casas en dos o tres días
No recuerdo en qué termina la historia ni sé cómo se llama. Recuerdo que pasé un largo rato en el lugar de Austin donde vivió en 1882 el escritor, que en realidad se llamaba William Sydney Potter. En vez de casa había una estación de autobuses.

Tal vez era un acto de justicia poética, porque el acto de viajar en un autobús nos hace anónimos, y porque uno sólo es libre cuando viaja.

Quién se habría enterado si yo hubiera detenido el carro en que viajaba entre Rocha y Chui, lejos de todo, donde el camino tiene una recta tan larga que la usan como pista de aterrizaje, y me hubiera internado en el monte.

Primero causaría extrañeza en el trabajo, quizá entre los vecinos que cantaban canciones de Jorge Negrete en las noches montevideanas, y un día la familia se daría cuenta de que hacía tiempo que no llamaba ni tenían noticias mías.

Tarde o temprano alguien denunciaría formalmente mi desaparición. No sé si lograrían encontrarme o cuánto tiempo les habría tomado. Pero sobre todo no sé qué pasaría si nadie me hallara.

Simm, Cardwell, Holy

Lo mío, como lo de O Henry, es un ejercicio más o menos intelectual. Pero la vida no es un ejercicio, y las desapariciones causan daño y dolor a familias y amigos.

Está el caso de Karl Hackett, quien tenía treinta y tantos años el día de octubre de 1999 que se descarriló un tren que había salido de la terminal de Paddington.

Escultura
Pero no todos planean su desaparición. La mayoría decide irse de repente sin dejar rastro, sin más ropa que la que llevan puesta y sin más dinero que el que tienen en la billetera
En medio de la confusión que siguió a la tragedia en que hubo decenas de muertos, la policía recibió una llamada de Lee Simm, el jefe de Hackett, preocupado porque su empleado no aparecía.

La segunda llamada fue del hermano de Hackett, preocupado porque Karl no aparecía. Y la policía, que recibió cuatro mil llamadas de familiares y amigos de dos mil quinientas personas, se puso a investigar.

Lo que descubrió fue que Lee Simm era Hackett, y que Hackett trataba de que lo declararan muerto en el accidente para asumir una nueva identidad.

Después se supo que Hackett llevaba unos diez años viviendo una doble vida como Lee Simm.

El mismo año, la esposa y el resto de la familia de Graham Cardwell se sacudieron con el descubrimiento de que no había muerto, y se escandalizaron con la noticia de que llevaba ocho meses viviendo una vida de soltero a unos trescientos kilómetros de su casa.

Y, en fin, está el caso de Andrew Holy, un comerciante de Essex, de quien lo único que quedó fue un bulto de ropa ensangrentada y un carro. Desde 1998, la policía sospecha que Holy montó la escena para que lo dieran por muerto y para empezar de nuevo.

Tres desaparecidos por minuto

En el Reino Unido cada año desaparece casi un cuarto de millón de personas, aunque la mayor parte vuelve a sus casas en dos o tres días, según la organización Missing Persons.

Londres, capital del Reino Unido
Durante el verano, que en este país es cada vez más breve, se espera y se teme que tres personas se pierdan cada minuto
Durante el verano, que en este país es cada vez más breve, se espera y se teme que tres personas se pierdan cada minuto. Haga usted las cuentas.

Sobre todo desaparecen hombres entre treinta y cincuenta años que no logran superar su frustración, sus carencias o sus decepciones, y no pueden controlar las presiones económicas o familiares.

Pero no todos planean su desaparición. La mayoría decide irse de repente sin dejar rastro, sin más ropa que la que llevan puesta y sin más dinero que el que tienen en la billetera.

Los niños son una parte impresionante de este recuento. Casi ochenta mil menores de dieciséis años se escapan anualmente de sus casas, y uno de cada cuatro de ellos tiene menos de once, aunque hay hasta de ocho años que tratan de huir de lo que sea.

En todo caso, el de la desaparición voluntaria es un tema que no se puede ni se debe agotar en un comentario como éste. Mis apuntes, como siempre, buscan que el lector piense y se haga las preguntas que tal vez no se había hecho.

Y entonces, sólo entonces, el cronista puede desaparecer sin dejar huella.

Tiene razón don Francisco Guerrero, que leyó en Atlanta esta desprolija reflexión. No es O Henry el autor del cuento que se menciona aquí sino Nathaniel Hawthorne, que llamó "Wakefield" a su historia. Y como debe ser se menciona la corrección y se agradece.

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