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Sábado, 27 de mayo de 2006 - 16:18 GMT
El mal de la hora sexta
Miguel
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Un día de enero de otro tiempo, burla burlando, escribí unas líneas de reconsideración de la lujuria.

Hombre durmiendo en un parque de Londres
Viéndolo bien, la pereza que conocemos es la tendencia ancestral a no hacer nada, al disfrute del ocio que con razón se llama en italiano dolce far niente.
No sé si en serio, un amigo y editor potencial me pidió hace poco que escribiera sobre los pecados capitales, pero me dio pereza y además Fernando Savater ya publicó el año pasado un libro sobre esas cosas.

Hoy, reanimado por un día de trabajo, dos viajes en trenes atestados y un gin tonic, me puse a pensar en lo que la teología considera la falta culpable de esfuerzo fisico o espiritual, también conocida como acedia u ociosidad.

Viéndolo bien, la pereza era otra cosa. Si hemos de creer a la Real Academia, se trata del estado que los romanos conocían como acidia y los griegos llamaban akedia, que es lo mismo, y también significa negligencia, flojedad, aunque tiene que ver con la tristeza y con la angustia.

Como todos sabemos, la acidia molesta sobre todo al monje hacia la hora sexta, que es la del mediodía, como una fiebre que causa en el enfermo ardentísimos dolores de alma, más fuertes a ciertas y acostumbradas horas, aunque es un padecimiento que no se limita al hábito ni a la sotana.

Como todos sabemos, la acidia molesta sobre todo al monje hacia la hora sexta, que es la del mediodía, como una fiebre que causa en el enfermo ardentísimos dolores de alma
Pero no es pecado porque procede de buena raíz, dicen los incrédulos. Es pecado, advierten los teólogos mayores que sin embargo prefieren concentrarse en la concupiscencia, es decir en el deseo de bienes terrenales y en el apetito desordenado de placeres deshonestos. La pereza es otra cosa.

La acidia es cierta tristeza que apesadumbra, es decir, una tristeza que deprime mucho el ánimo y torna desagradable lo que uno hace y explica el hastío para obrar.

Historia breve de las flaquezas

Pese a todo, la pereza no ha sido siempre un pecado. Al parecer los monjes del siglo IV, que tenían mucho tiempo libre, descubrieron que había faltas mayores que a su vez provocaban otras por una desmedida concentración en uno mismo.

No obstante, en el siglo XIV la pereza había dejado de ser una falta mayor, como indica el hecho que en el Infierno de Dante no haya castigos severísimos para los perezosos.
Evagrio de Ponto las estudió y dijo que eran ocho. La gula, la lujuria, la avaricia, la tristeza, la ira, la vanidad, el orgullo y la pereza. Había que proteger a la gente de las flaquezas de la natura humana.

Doscientos años más tarde, el papa Gregorio El Grande fundió la vanidad con el orgullo y la tristeza con la pereza y agregó la envidia, y en los siguientes diez siglos muchas conciencias se consolaron con discusiones teológicas sobre el pecado y sobre la divinidad, quizá en ese orden.

No obstante, en el siglo XIV la pereza había dejado de ser una falta mayor, como indica el hecho que en el Infierno de Dante no haya castigos severísimos para los perezosos.

Por lo general, la pereza se asocia al demonio Belfegor, que mueve a las personas a descubrir cosas.

El banquero y el hombre

Viéndolo bien, la pereza que conocemos es la tendencia ancestral a no hacer nada, al disfrute del ocio que con razón se llama en italiano dolce far niente.

Pescadores
Es la historia del banquero que disfrutaba su retiro en un lago y encontró a un hombre joven pescando. El banquero le preguntó en qué trabajaba y el hombre le dijo que en nada...
Hay quien la considera un pecado en términos económicos, porque la falta de acción equivale a falta de producción, que a su vez provoca falta de ingreso y por tanto reducción en el gasto y en la recaudación fiscal, y significa un obstáculo a la dinámica del capital. Más o menos.

Pero allá cada quien. Es la historia del banquero que disfrutaba su retiro en un lago y encontró a un hombre joven pescando. El banquero le preguntó en qué trabajaba y el hombre le dijo que en nada.

El banquero expresó preocupación. El hombre no tenía ahorros, no tenía plan de retiro, no tenía propiedades. El hombre respondió que no necesitaba nada de eso.

El banquero le dijo al hombre que había trabajado toda su vida de nueve a nueve, y había ahorrado y tenía una pensión magnífica. El hombre le preguntó al banquero para qué le servía todo eso.

El banquero respondió que para poder venir al lago cuando quisiera sin preocuparse por nada. El hombre siguió pescando.

Otros pecados capitales

Las encuestas, que todo lo muestran, señalan que quienes están interesados en los pecados capitales compraron El Código da Vinci, El libro de los Abrazos, Veinte Grandes Conspiraciones de la Historia, El Arte de Amar y La Sombra del Viento.

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