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Domingo, 30 de abril de 2006 - 11:29 GMT
Un mal que dura mil años
Miguel
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Viuda de una de las víctimas de Chernobil frente a la bandera de Ucrania.
La explosión causó una nube radioactiva que cubrió medio mundo, de Japón al Reino Unido, y dañó a doscientas mil personas sólo en Ucrania
Las fotografías muestran los escombros del edificio de Pandora en Chernobil de donde se escaparon los demonios hace veinte años, cuando el reactor cuatro reaccionó con violencia durante una prueba del sistema de seguridad.

La explosión causó una nube radioactiva que cubrió medio mundo, de Japón al Reino Unido, y dañó a doscientas mil personas sólo en Ucrania.

Uno piensa en Hiroshima y en Nagasaki cuando piensa en bombas atómicas, y vuelve a ver el hongo que se alza hasta donde alcanza la vista, y sabe que muchas personas y muchas cosas se volvieron sombras en los muros o ceniza.

Años después, en cada agosto nos atormentan las imágenes de los sobrevivientes quemados más allá de la piel en medio de un desolado paisaje de ladrillos.

Es difícil imaginar los cánceres que florecieron, las mutaciones y los males que vinieron cuando la nube radiactiva volvió a ser polvo que se llevaba al viento, y sospecha que hay cosas que nadie dijo o no se atrevió a decir.

Pero lo increíble es que lo que pasó en Chernobil dejó una huella como la que habrían dejado cien bombas atómicas.

Los mapas y la imaginación

No sé cómo será en Argentina, cómo será en Brasil. Sé cómo ha sido en México porque seguí de cerca la construcción y la operación de la planta nucleoeléctrica de Laguna Verde.

Niñas de Ucrania que nacieron afectadas por la radiación nuclear.
Los efectos de la radiación se siguen sintiendo hoy, con nuevas generaciones que nacen afectadas.
Según el discurso oficial de veinte años de gobiernos, Laguna Verde produciría un volumen importante de la energía eléctrica del país.

Según otros, entre los que había ecologistas, activistas políticos y público preocupado en general, era una amenaza.

Las leyendas parecían confirmar los temores.

A principios de los ochenta era famosa la historia de que invitaron al presidente a bajar la palanca que haría descender la olla del reactor al pozo que la contendría.

Hay quienes aseguran que poco antes de que llegara el mandatario se dieron cuenta de que la vasija era más grande que el agujero, e hicieron un acto disimulado con discursos y otras pompas para que nadie notara nada.

Pero la planta inició operaciones experimentales pese a las protestas de quienes advertían que se trataba de un proyecto hecho a la carrera, sin mecanismos probados de seguridad y sin respeto por el medio ambiente de la zona.

La presión surtió algún efecto. Poco antes de iniciar operaciones comerciales, la Comisión Federal de Seguridad envió helicópteros para llevar a la prensa local y al gobernador de la capital del estado a la planta, donde el director de las instalaciones hablaría sobre las ventajas de la energía nuclear.

A mitad de la presentación, cuando el funcionario subrayaba que la planta era el lugar más seguro del mundo, a prueba de fallas, se fue la luz.

Luego nos enteramos de que no había un plan de emergencia y de que algunas de las rutas de evacuación en caso de desastre existían sólo en los mapas y en la imaginación de algunos burócratas.

Y después nos enteramos de que la nucleoeléctrica no produce ni siquiera tres por ciento de la energía del país.

Algunos números

Activistas de Greenpeace contra la energía nuclear en San Petersburgo, Rusia.
El reactor cuatro de Chernobil está encerrado en un sarcófago de casi un millón de toneladas de acero y medio millón de toneladas de concreto que al parecer ya comenzó a sufrir filtraciones
La vida media del plutonio es de casi veinticinco mil años y la de los isótopos del uranio varía entre setecientos millones de años y una eternidad.

Por eso el reactor cuatro de Chernobil está encerrado en un sarcófago de casi un millón de toneladas de acero y medio millón de toneladas de concreto que al parecer ya comenzó a sufrir filtraciones.

Y aunque hay planes para una nueva estructura, no se sabe de dónde van a salir más de mil millones de dólares que necesitan para construirla.

Ni se sabe, al parecer, qué hacer con más de doscientas toneladas de uranio y cien de otras sustancias radiactivas, entre ellas plutonio, que no han perdido su poder ni lo van a perder durante milenios.

Lo único que sabemos es que el año próximo vamos a recordar veintiún años del día en que Chernobil nos hizo darnos cuenta de la fuerza infinitamente grande que hay en lo infinitamente pequeño, y de que a fin de cuentas no hay para dónde correr.

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