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Domingo, 19 de febrero de 2006 - 13:26 GMT
Historias
M
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Después de cenar, uno se recostaba en las piernas de la abuela y escuchaba sus conversaciones con la tía Chacha, llenas de familiares desconocidos que iban y venían por las palabras en la penumbra de la cocina hasta que uno se quedaba dormido.

Don Quijote, según Gustav Doré.
Uno veía historias en los libros...
Uno despertaba en su cama con la memoria purificada por el recuerdo de esas noches y la anticipación de otras.

Y a veces doña Chana se quedaba viendo la lumbre en el fogón y evocaba su infancia, o un día que fue a cortar café o el año del ciclón fuerte. Y uno callaba y oía.

Uno veía historias en los libros. El Cid se volvía a ver entre lágrimas lo que dejaba atrás en su camino a un destierro todavía inexplicado, y uno quería saber por qué se iba y qué iba a pasar después, o Alonso Quijano se convertía en Quijote ante nuestros ojos.

Y las voces del radio poblaban otras noches con aventuras y romances que nos llevaban de unos brazos a otros. Uno sabía que la cuna del hombre la mecen con cuentos, como explicó el poeta.

Una saga en dos horas

Por eso espera uno a que sea viernes y cruza el aire frío que azota pozos de escaleras y pasillos y terrazas del Centro Barbican y se sienta a esperar a que salgan a escena Ben Haggarty y Manya Maratou.

El rey Gilgamés mata un león.
La epopeya del Gilgamés, rey de Uruk, fue escrita en Mesopotamia hace casi 5.000 años.
Y Ben Haggarty cuenta la leyenda de Gilgamés. Uno no sabe cómo la haya contado en los veinticinco años que lleva contando historias, pero se queda quieto y escucha.

Dicen los que saben que Haggarty es uno de los responsables de mantener viva la narrativa oral británica, y que su repertorio le permitiría contar una historia diaria durante un año sin repetirse, entre cuentos de dos minutos hasta sagas como la de Gilgamés, que dura dos horas.

Los que saben también señalan que se nutre de leyendas de la Edad de Bronce o de la Edad de Hierro, aunque en 2002 contó la historia de Frankenstein comisionado por el Festival de Literatura de Hay.

Pero Haggarty no es alguien que viene y se sienta y comienza a contar el argumento de Gilgamés, ni a repetir la leyenda como la leyó ni como se la contaron.

Uno lo escucha y lo ve y sin darse cuenta termina viajando por la historia, entre las sombras que se vuelven bultos bellos en la narración del artista punteada por las percusiones de Manya Maratou.

Dos horas parecen poco para ir a tiempos remotos, navegar las aguas del diluvio, sentir la ira y el amor y el temor y la risa, revivir el deseo original de la vida eterna, y aprender los secretos de los dioses sumerios.

Uno sale al invierno de la calle y camina sin prisa.

Cuenteros en todas partes

Uno piensa que por suerte la bendita manía de contar ya era antigua hace cinco mil años, cuando Gilgamés inventó la escritura, porque eso muestra que no desaparecerá antes que nosotros.

Al otro día, uno descubre sin sorpresa que hay grupos importantes de cuenteros en todas partes, pero más en España, Francia, Alemania, Bélgica, Dinamarca, Noruega, Austria, Holanda, Israel, Grecia, Suecia, Estados Unidos, Canadá.

Uno se entera también que los cuenteros de nuestra América se encuentran en el Festival Abra Palabra de Bucaramanga, Colombia, se reúnen en el Festival de Narración Oral Escénica de Monterrey, México, y se congregan en la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires, Argentina.

Y uno sabe que es bueno, porque ya no hay abuela ni doña Chana, y porque después de cenar uno se recuesta en el sofá y se queda dormido viendo la televisión.

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