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Viernes, 27 de enero de 2006 - 00:12 GMT
Cada ballena es un mundo
Miguel
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Una impresión del nuevo planeta
Es gélido, pequeño, distinto y distante al planeta Tierra.

Quién me escucharía en los órdenes angélicos si yo gritara, se preguntaba no sin angustia Rilke cuando todavía se podían hacer preguntas así. Pero todo jueves es terrible, y como no soy Rilke me pregunto otras cosas.

Qué vería, por ejemplo, si pudiera viajar a la velocidad de la luz durante miles de millones de millones de millones de años. Vería sin duda casi todas las galaxias, las estrellas, los planetas, los satélites y los asteroides del universo, y tal vez otras cosas que todavía no tienen nombre.

Por ejemplo el nuevo mundo. Lo conocemos con la cifra OGLE-2005-BLG-390Lb, y sabemos que tiene superficies de hielo y temperaturas inclementes, más allá del frío, porque su sol es pequeño y le queda lejos.

Nos han dicho que OGLE-2005-BLG-390Lb es cinco veces más grande que la Tierra y que está en el centro de la Vía Láctea, a unos veintitantos mil millones de años luz, pero es lo más parecido que han visto a nuestro planeta aunque sea tan distinto y esté tan distante.

(...) la curiosidad es irrefrenable, y uno no puede dejar de hacerse preguntas sobre el nuevo mundo aunque no pueda repetir su nombre

OGLE-2005-BLG-390Lb es tan árido que sólo podrían sobrevivir en el aire finísimo de su tenue atmósfera criaturas extremas, aún desconocidas hasta para la ciencia ficción o para quienes están convencidos de que hay vida en otros mundos.

Yo creo que no, o al menos que no tal y como la conocemos. Pero la curiosidad es irrefrenable, y uno no puede dejar de hacerse preguntas sobre el nuevo mundo aunque no pueda repetir su nombre.

Nuestra ballena

La ballena se equivocó. Era dentada, de la familia de los zifios o ballenas picudas, que viven en las aguas frías del Mar del Norte y del norte del Atlántico, pero antes que nada era una ballena que la gente veía sorprendida en las aguas tupidas del río Támesis y le tomaba fotos.

La ballena del Támesis
Era ballena, hembra y tenía 11 años.

Su agonía duró horas, y el mundo pudo verla en vivo segundo a segundo, con la tranquilidad de conciencia que da ver las cosas en la televisión, el espectáculo de la tragedia, la epopeya fallida del rescate, las multitudes, la prensa para la que sólo importa el tamaño de su público.

Y todo pasó porque la zifia, si se vale, cruzó sin darse cuenta del norte del Atlántico al Mar del Norte o bajó del Ártico y se quedó sin comida, y en busca de algo bajó por la costa equivocada hasta el estuario del Támesis y nadó río arriba hasta que se murió de hambre, deshidratada en el agua. No faltó quien hablara de la ballena del pueblo.

Al otro día apareció en el periódico la foto de la ballena de Londres, que todos buscan bautizar sin éxito, y junto a ella la foto de otras ballenas, más grandes pero cetáceos como ella, colgados de las garfias de un ballenero japonés.

Una ballena muere en Londres y es noticia. Las flotas japonesas cazan cientos de ballenas y nadie dice nada, nadie sabe nada, dice el anuncio de una organización de defensa de los derechos animales.

Un tabloide llama Willy a nuestra ballena. Las demás podrían llamarse OGLE-2005-BLG-390Lb. Cada ballena es un mundo.

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