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Jueves, 12 de enero de 2006 - 19:58 GMT
De muros y fronteras
ENM
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Muro en frontera entre EE.UU. y México
El Senado de EE.UU. debatirá la construcción de un muro en la frontera sur con México.
Gran parte de los tres mil y tantos kilómetros que en muchos sentidos separan a México de Estados Unidos es desierto, tierra baldía y cruel. El optimista va y camina entre matorrales y arena caliente o helada y piensa que las fronteras también son punto de encuentro; el pesimista piensa que no.

El pesimista sostiene que los indocumentados saturan el mercado de trabajo, y que su presencia es amenazante porque hablan un idioma que el pesimista no entiende. Otros, más pesimistas, reclaman que los indocumentados seducen a sus mujeres. El optimista piensa que no.

El optimista podría demostrar que un día sin indocumentados bastaría para mostrar no la fuerza sino la importancia de su trabajo, casi siempre arduo, mal pagado e incierto, pero que pese a todo les permite ahorrar algo para mandar a su familia. El optimista apunta que el amor no conoce fronteras. El pesimista piensa que no.

Tal vez sea pecado reducir a esto el debate sobre la migración indocumentada, pero creo que de eso se trata. Renato Leduc podría haberme dicho que el símil no es exacto pero da bien la idea.

Nada es nuevo

El caso es que en febrero, tan cerca y tan lejos, el Senado de Estados Unidos va a debatir una propuesta de ley que aprobó la Cámara Baja, y que entre otras cosas contempla la construcción de un muro que impida el paso de migrantes indocumentados por la frontera sur, y recomienda estudiar la posibilidad de poner barreras en la frontera norte.

El optimista está seguro de que las diferencias se resolverán cuando sean otros los presidentes en Washington y en la ciudad de México. El pesimista advierte que el precio de la seguridad es la eterna vigilancia
Según la nueva ley también será delito grave falsificar documentos y vivir en territorio estadunidense sin permiso, y se multará a quienes contraten trabajadores sin verificar sus documentos y a quienes den empleo a migrantes no autorizados.

Y sobre todo autoriza el uso de personal militar para misiones de patrulla fronteriza, pero no es nada sorprendente porque en 1991 ya pasaban esas cosas, que me tocó ver de cerca y con incredulidad desde el lado texano, sembrado de patrullas y de agentes.

A eso habría que agregar que la semana pasada nació la Fuerza Especial de Control Fronterizo y Seguridad, una criatura de la secretaría de Seguridad Interna en la que participan agencias de todas las siglas.

"Ya tenían trabajo"

Los caricaturistas son implacables. El Fisgón dibuja tres trabajadores. Uno de ellos dice "Sí teníamos trabajo en México...". Y otro agrega "Lo que no teníamos era salario". Y uno recuerda las declaraciones de Rubén Aguilar, vocero de la presidencia de México.

Muro en frontera entre EE.UU. y México
El Senado estadounidense estudia la posibilidad de poner barreras en la frontera norte.
Dijo el señor Aguilar que "hay muchísimos estudios que revelan que ha cambiado de manera radical el perfil del migrante mexicano", porque los que se van ahora "ya tenían un trabajo antes de partir". Pero sus palabras fueron descalificadas por cuatro partidos y desmentidas por el que está en el gobierno.

Según la comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados de México, durante el gobierno de Vicente Fox más de dos millones de personas han ido al norte en busca de una vida mejor, algo que reconoció Felipe Calderón, el candidato presidencial del partido en el poder.

Pero también recuerda uno la experiencia propia, de un lado y del otro. La sorpresa de ver pueblos casi fantasmas, donde sólo había niños, ancianos y mujeres en un horizonte de casas nuevas y trocas nuevas y discos de satélite, y la certeza de que alguien era latinoamericano si cocinaba, limpiaba, podaba, servía la mesa, repartía cosas, conducía autobuses, etcétera.

Lo que piensa el pesimista

El optimista está seguro de que las diferencias se resolverán cuando sean otros los presidentes en Washington y en la ciudad de México. El pesimista advierte que el precio de la seguridad es la eterna vigilancia.

El pesimista piensa que la globalización debe limitarse al libre tránsito de bienes. El optimista propone que la globalización debe contemplar el libre tránsito de la mano de obra, que no tiene por qué limitarse a la nacionalidad entre socios comerciales.

El optimista está seguro de que más tarde que temprano, pero por fin, se abrirán las fronteras de todos los países para que las cosas sean como deben ser según el capitalismo, un mercado libérrimo donde cada quien gane lo que merezca y merezca lo que gane.

No sé qué piensa el pesimista.

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