A los cinco años comenzó a componer. A los seis ofrecía conciertos privados para los poderosos. A los siete se fue de gira y maravilló a las cortes de Europa. A los ocho creó su primera sinfonía. A los catorce ya había compuesto dos óperas y más de cuarenta piezas entre conciertos, sinfonías, minuetos, motetes y arias en todos los tonos mayores y menores.
A los 14 años Mozart había compuesto más de 40 piezas.
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A los doscientos cincuenta, la radio doméstica de la BBC decidió que no era buena idea tocar su obra completa, pese a que la misma estación tocó en diciembre sin objeciones la obra completa o casi de Johann Sebastian Bach. Allá éllos.
Mucho tiempo después, dentro de dos siglos y medio, cuando se hayan olvidado los nombres de todos los directores de todas las estaciones de radio, cuando tal vez ya no haya ni directores ni radio, el mundo seguirá oyendo la música de Mozart.
Más allá de las objeciones conocidas o por conocer sobre el carácter elitista de la música clásica propiamente dicha, el genio de Mozart haría a los menos escépticos creer en una intervención divina o intuirla, como dicen, con palabras y sin ellas, los personajes del Amadeus de Milos Forman.
Quien no haya visto la película de Forman se ha perdido de mucho, aunque la historia, breve por necesidad y por naturaleza, sirvió como pretexto para la música, o viceversa.
Basta con detenerse y escuchar. Uno entiende que el verdadero genio consiste en hacer que uno se detenga y escuche y sienta o piense o ambas cosas. Al menos eso me pasa, aunque no sólo con Mozart ni con cualquier obra de Mozart.
Otros, de memoria más larga, recordarán Elvira Madigan, que hizo Bo Widerberg casi dos décadas antes, en la que el Andante del Concierto 21 para piano es un personaje en la improbable historia de amor entre un soldado y una equilibrista.
Otros más no necesitaron ayuda del cine para descubrir las voces y otros sonidos que hay en la música del profesor Wolfgang .
Un cráneo de Mozart
Por eso, y por otras cosas, hay que arrancarle otro gajo a la historia del niño genio, del muchacho afectado quizá por el mal de Tourette, del hombre que murió víctima de un mal desconocido entonces como ahora poco después de los treinta y cinco.
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Basta con detenerse y escuchar. Uno entiende que el verdadero genio consiste en hacer que uno se detenga y escuche y sienta o piense o ambas cosas
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En la historia de Forman, Antonio Salieri es el único que acompaña a los sepultureros hasta la fosa común, donde arrojan el cadáver de Mozart porque nadie tuvo para pagar una tumba. No se sabe qué pasó en realidad.
Tal vez eso fue lo que decidió a un grupo de expertos de la Universidad de Innsbruck a revisar lo que tenían a la mano, que eran los difuntos de la familia de Mozart que consiguieron sepultura privada en Salzburgo.
Lo primero que hicieron fue analizar el ácido desoxirribonucleico de los restos para establecer si quienes compartían la tumba eran familiares entre sí, y comprobaron que ahí descansaban, entre otros, la abuela de Mozart y su nieta Jeannette, quien murió cuando tenía dieciséis años.
Salzburgo, la ciudad natal del músico, se prepara para la conmemoración entre chocolates y camisas.
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Y después aplicaron su ciencia, que es un arte, a un cráneo que tiene la Fundación Internacional Mozart desde 1901 con el deseo y la esperanza de que sea el del compositor. Pero no han dicho nada todavía, quizá en espera del aniversario.
Mientras tanto Salzburgo se prepara. Hay chocolates, mazapanes, yogures, chorizos y perfumes, tazas, camisas, libros y revistas, licores y vinos, galletitas, llaveros, servilletas, adornos varios y conexos y similares con el rostro de un Wolfgang que se parece más a la imagen que Forman nos legó de su padre.
Yo no sé si tendré tiempo para escuchar las seiscientas veintiséis obras que enumera el catálogo de Köchel, pero me gustaría volver a oír algunas y descubrir otras nuevas con el pretexto que dan los aniversarios y el estremecimiento que provoca la arquitectura musical de un personaje que para muchos sigue siendo de película en todos los sentidos.
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