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Viernes, 22 de abril de 2005 - 10:13 GMT
Las señoras ecuatorianas
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Manifestantes en las calles de Quito
La historia, ay, parece repetirse.

Dice Jorge Carrera Andrade que en Quito la tempestad venía, y al batir del tambor cargaban sus mojados regimientos; mas luego el sol con sus patrullas de oro restauraba la paz agraria y transparente. Pero eso no fue lo que pasó en las calles que tanto quiso el poeta ecuatoriano.

Lo que pasó fue que la tempestad arrasó con el gobierno, puso en fuga al presidente Lucio Gutiérrez y el país, que ya lleva nueve o diez mandatarios en la última década, tiene otra vez un gobierno interino. Y no se ve cómo ni por dónde va a comenzar a construir el doctor Alfredo Palacio la república de la esperanza que quiere.

Y las señoras ecuatorianas que trabajan en el Servicio Mundial de la BBC y vinieron esta mañana a verme en busca de noticias alzan los ojos al cielo y dicen, como el doctor Palacio, que el país ya no tiene remedio.

Del desencanto al cinismo a la ira

Hay quienes advierten que lo que pasa en Ecuador es parte de la misma cosa que pasa o pasó o puede pasar en otros países de América Latina, donde el populismo comienza alentando esperanzas y termina por desencadenar enconos como los que ya vemos.

Con todas las proporciones guardadas, Venezuela, Argentina, Perú, Bolivia, y hasta México, por ejemplo, han visto cómo las clases políticas y sus instituciones se deterioraban hasta el punto de no provocar respeto ni confianza. Del desencanto al cinismo hay un paso y de ahí a la ira hay unos cuantos más, pero no muchos, porque un sistema de equilibrio tan precario no logra sostenerse por sí mismo, como vimos en Ecuador aunque bien podríamos verlo o ya lo vimos en otras partes de la región.

Soldados ecuatorianos en Quito
Lo que pasó fue que la tempestad arrasó con el gobierno.

No hay gobierno que resista las presiones de la clase política que ve amenazado su poder, del capital privado que ve amenazados su influencia y su capital, y de organizaciones populares que se dan cuenta de que el sueño que les prometieron no se hará realidad.

Sólo queda el camino ortodoxo Hace tiempo, cuando una multitud, otra y la misma, salió a las calles de Quito para echar de la presidencia a Jamil Mahuad, la periodista ecuatoriana Saudia Leboyer me dijo que la renuncia no era tan necesaria como un acuerdo político que permitiera sacar al país de la crisis en que estaba.

Pero en el caso del presidente Gutiérrez no parece haber habido espacio para un acuerdo de ningún tipo. Hasta donde se puede ver, el ex mandatario rebasó los límites de la prudencia política con las maniobras políticas para rehabilitar al ex mandatario Abdalá Bucaram, quien fue cesado en 1997 por incapacidad mental para gobernar y era requerido por la justicia.

Sin embargo, esa no fue la única razón del descontento. Gutiérrez estaba acorralado ya por las presiones de grupos políticos y de grupos populares, y lo acosaban los fantasmas de las promesas que hizo como candidato.

Pese a todo, la historia, ay, parece repetirse. El doctor Palacio, que era vicepresidente de Gutiérrez, declaró que un mandatario tiene que hacer lo que el pueblo le demande, aunque advirtió que para salvar al país hay que recurrir a los métodos ortodoxos.

Ecuatorianos en las calles
La gente busca el país que le prometieron y le pertenece.

Y todavía no comenzaba a funcionar su gobierno cuando reconoció que la boyante macroeconomía ecuatoriana es una farsa, porque es muy fácil hablar de pagar la deuda social, pero a la hora de la verdad no hay con qué pagarla.

Así que los ecuatorianos tendrán que esperar más de lo mismo, pero ahora de un gobierno que reconoce las limitaciones que imponen la realpolitik y la vida real, y lo admite porque no le queda más remedio. Se trata de una verdad dura en una situación de apuro.

Y las señoras ecuatorianas que trabajan en el Servicio Mundial de la BBC volverán a visitarnos en la mañanita para pedirnos noticias del suelo que, soberbio, el Pichincha decora. Y uno tendrá que decirles que la gente está otra vez en la calle y busca el país que les prometieron y les pertenece.


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