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La ciencia, que es lo único que tenemos para responder a medias algunas de nuestras preguntas, dice que no, que no sueña ni le dan ganas de nada, ni tiene antojos ni sabe lo que pasa ni recuerda. La ciencia dice que la señora cuyos ojos nos miran sin ver ya no sabe que vive.
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Nadie sabe, por suerte o por desgracia o porque además no importa, quién fue el primero que pensó en la vida y en la muerte. Debe haber sido hace mucho tiempo, cuando ni los meses ni los días tenían nombres y todo estaba por ocurrir.
Uno imagina el momento en que el primer ser humano se dio cuenta de que todo comienza y de que todo termina, y no puede evitar un estremecimiento al comprender que quizá esa noción de principio y fin es una clara señal de la propia pequeñez de nuestra especie.
Uno nace, uno vive, uno muere. En el trayecto uno pregunta aunque no siempre encuentre las respuestas que busca.
Ya no sabe que vive
Me pregunto cómo será la vida de Terri Schiavo. Me pregunto si sueña, si le dan ganas de hacer cosas, si se le antoja comer o beber algo. Me pregunto también si sabe lo que pasa, si recuerda otros tiempos, si espera que llegue un jueves o un domingo. Me pregunto qué diría si pudiera.
La ciencia, que es lo único que tenemos para responder a medias algunas de nuestras preguntas, dice que no, que no sueña ni le dan ganas de nada, ni tiene antojos ni sabe lo que pasa ni recuerda. La ciencia dice que la señora cuyos ojos nos miran sin ver ya no sabe que vive.
Otros, entre ellos sus padres, dicen que no, que Terri Schiavo responde a estímulos, que ríe y que llora, que obedece órdenes simples, que trata de hablar, y sobre todo que puede llegar a recuperar las facultades que perdió el 25 de febrero de 1990, cuando tenía veintiséis años.
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Otros, entre ellos sus padres, dicen que no, que Terri Schiavo responde a estímulos, que ríe y que llora, que obedece órdenes simples, que trata de hablar, y sobre todo que puede llegar a recuperar las facultades que perdió el 25 de febrero de 1990, cuando tenía veintiséis años.
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Desde entonces, Terri Schiavo está en estado vegetativo persistente, una condición que se define por la pérdida de las funciones neurológicas cognoscitivas y de la conciencia del ambiente, aunque el paciente conserve otras funciones y su organismo mantenga el ciclo vigilia-sueño.
Según la literatura médica disponible, las personas en este estado pueden experimentar movimientos espontáneos, y sus ojos se pueden abrir a consecuencia de estímulos externos, y pueden reír, hacer gestos o llorar, pero no son normales, y la esperanza de recuperación es mínima o inexistente.
Hasta donde se sabe, esa fue la razón por la que el juez George Greer aceptó que Michael Schiavo, el esposo de Terri Schiavo, sólo quería que ella tuviera un final digno, y ordenó que dejaran de alimentarla para que la muerte le trajera el descanso.
Y el viernes 18 de marzo, al cuarto para las dos de la tarde, las enfermeras del hospicio Suncoast de Florida retiraron el tubo por donde alimentaban a la paciente.
Política en la vida privada
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Muchos temen que esos actos marquen el principio de una intervención directa del gobierno y de los políticos en lo que de otro modo sería un drama personal o familiar, y advierten que el caso es, fue y será explotado por la derecha religiosa.
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Lo que hace diferente a Terri Schiavo de las decenas de miles de personas en estado vegetativo que hay en Estados Unidos es el inusitado hecho de que el Congreso sesionó en un fin de semana y después de debatir su caso emitió una ley especial, y que el presidente la firmó a la una de la madrugada.
Muchos temen que esos actos marquen el principio de una intervención directa del gobierno y de los políticos en lo que de otro modo sería un drama personal o familiar, y advierten que el caso es, fue y será explotado por la derecha religiosa.
Pero además de despertar el miedo al fundamentalismo de las organizaciones religiosas estadounidenses, el caso también enfrentó a los tres poderes estadounidenses en una batalla que terminaron ganando los tribunales locales, estatales y federales.
Porque todos los tribunales locales, estatales y federales rechazaron la noción de que al permitir que Terri Schiavo muriera en paz la estaban condenando a sufrimientos terribles en el purgatorio, como sostienen los abogados que contrató la familia para oponerse a los deseos del esposo.
La Suprema Corte rechazó por segunda vez esos y otros argumentos y ni siquiera aceptó escuchar el caso. La Casa Blanca terminó por admitir que el presidente ya no puede hacer nada más. El Congreso no ha dicho nada más. Terri Schiavo va a morir. Uno nace, uno vive, uno muere.
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