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Jueves, 30 de diciembre de 2004 - 19:25 GMT
Esto nos espera

Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Esta vez no fue la mano del hombre ni su ingenio oscuro para el mal, ni nada por el estilo sino la fuerza viva del planeta que tuvo un estremecimiento enorme e hizo que el mar se saliera de sus playas y arrasara con lo que fue encontrando a su paso en diez naciones.

Una mujer de Sri Lanka sostiene a un bebé en sus brazos.
Cientos de miles de personas necesitan con urgencia alimentos y agua potable.

Hay decenas de miles de muertos, sin duda más de cien mil, y quién sabe cuántos desaparecidos.

Sólo un dios que sepa de estas cosas sabe cuántos perdieron la vida, cuántos perdieron el rumbo, cuántos perdieron a los suyos, cuántos perdieron de una vez y para siempre lo que tenían.

Pero lo que pasa ha dejado de ser cosa de un dios, de cualquier dios, y todo está ahora en manos de los gobiernos, de los hombres que dan órdenes y mandan que se envíe ayuda porque no se puede hacer más.

Y como es cosa de los hombres hay que pensar que muchos más morirán esperando una ayuda que no llega.

Uno, que está lejos de la desgracia, puede decir que hay que imaginar lo que pasa desde el momento en que el que manda decide enviar ayuda.

Y piensa uno en Irán y en Bam y en los bameses que siguen viviendo entre ruinas un año después de que el mundo prometió ayudarlos

Se apresuran los ministros, dan las órdenes correspondientes, se abren las bodegas, las cajas de caudales, se examinan los números, se emiten nuevas órdenes, se cargan los camiones que van a los aeropuertos donde se cargan los aviones que horas después aterrizarán donde puedan.

Lo que uno no puede imaginar es lo que pasa mientras llevan el agua, la comida, la medicina y el cobijo, y cargan otros camiones, helicópteros, avionetas, mulas que tratarán de llegar a lugares que la furia de la ola aisló del resto del mundo, donde esperan los damnificados, hambrientos, sedientos, con frío, confundidos por la violencia, pensando por qué se tardan tanto en venir, incompetentes.

Y piensa uno en Irán y en Bam y en los bameses que siguen viviendo entre ruinas un año después de que el mundo prometió ayudarlos.

Lo interesante del futuro

Lo interesante del futuro es que nadie sabe qué va a pasar, cómo va a ser ni cuándo ni quién, y de esa incertidumbre viene el ansia de ya estar ahí, de vivir ese instante que es siempre y nunca porque siempre está a la vuelta y porque cuando llega se convierte en otra cosa, menos lo que uno esperaba.

Hombres en Silver Beach, Cuddalore, India.
Hombres en Silver Beach, Cuddalore, India.

Y el futuro se convirtió en lo que todos sabemos, en lo que ya no podremos olvidar porque marca nuestras vidas.

Qué dirán de nosotros en el futuro, si es que todavía hay un futuro. Qué nombre le pondrán a nuestro tiempo, que comienza un siglo con tantas muertes en Nueva York, en Afganistán, en Irak, en las costas que baña el Océano Indico.

Bien recuerda el periodista mexicano Froylán Flores Cancela que a Octavio Paz le preocupaba qué sería del presente que vivimos cuando fuera pasado, y lo cita diciendo que la época que comienza no tiene nombre todavía porque ninguna lo ha tenido antes de convertirse en pasado, y por supuesto el Cid no sabía que vivía en la Edad Media ni Cervantes en el Siglo de Oro.

Nuestra vida estaría marcada por el final de una guerra mundial, una guerra fría, revoluciones, masacres regionales mayores y menores y casi todas evitables, la obra de Fellini, la poesía de Neruda, los boleros de Manzanero y las historias de García Márquez, o sus equivalentes, aunque no los tengan. No fue así.

El terror y la destrucción del último medio siglo han sido pocos ante lo que ha pasado en lo que llevamos de éste, quizá con la excepción del asesinato impune de un millón de tutsis y hutus hace diez años en Ruanda, ante los ojos distraídos de lo que uno conoce como la comunidad internacional, que no hizo nada.

Nuestra vida está marcada ahora por esa ola que fue de lado a lado del Océano Indico destruyendo lo que tocaba a su paso.

Por lo pronto, somos del siglo de la guerra en Irak y el maremoto grande.

Lo que nos espera

A ver quién se atreve a dudar ahora de que vivimos en un planeta inestable, al que hacemos más inestable con lo que hacemos.

Por lo pronto, somos del siglo de la guerra en Irak y el maremoto grande

Los sismos, más de setenta y cinco desde el maremoto grande, alteraron el eje de rotación de la Tierra, que no es poca cosa.

Uno teme que vaya a haber efectos secundarios que, combinados con factores como el calentamiento global, tengan consecuencias serias.

Muchos, entre ellos el gobierno de Estados Unidos, aseguran que no hay problema, y muchos, como los países firmantes del protocolo de Kyoto, advierten que hay que hacer algo antes de que la naturaleza cambie de manera violenta.

Lo que no sabíamos era que la naturaleza puede ser tan violenta, y así llegamos a 2005. Esto nos espera.


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