Para llegar de Londres a Paraty hay que volar a Sao Paulo, cruzar la sierra y pasar un par de días en Guarujá, al pie del mar, viajar a Sao Sebastiao, caminar bajo la lluvia en Ilha Bela, y tomar un autobús que bordee el litoral y entre olas y maleza lo deposite a uno en su destino.
Los títeres esperan al viajero en Paraty.
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Como ya había pobladores en la zona desde el siglo XVI, doña María Jácome de Mello donó en 1646 un terreno para una capilla en honor de Nuestra Señora de Los Remedios, y la capilla se convirtió en iglesia, y la iglesia se convirtió en el centro de lo que mis ojos asombrados conocieron como Paraty en abril.
Es una ciudad vieja que creció con aguardiente de caña y oro y piedras preciosas e historias de piratas, cayó en el olvido a finales del siglo XIX a tal punto que de los dieciséis mil habitantes que había en 1851, a causa de la abolición de la esclavitud treinta y siete años después sólo quedaban seiscientos habitantes entre viejos, mujeres y niños.
Quien camina por las calles empedradas de la ciudad y mira el monte y mira el mar y siente las olas de calor y el paso de las brisas vespertinas, quien se pierde de día o de noche distraído por los edificios y las casas de otro tiempo, entiende por qué alguien, en nombre de la humanidad, hizo de Paraty un patrimonio de todos en el siglo XX.
Bultos bellos
En la Rua Dona Geralda está el Espacio Teatral de Paraty.
Es un edificio sin pretensiones que dormita bajo el sol de los mediodías y revive cuando cae la noche.
Uno entra a la sala refrigerada y en la penumbra asiste a los ritos de quienes preparan la magia en silencio.
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En Paraty la vida no tiene prisa
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Se apaga la luz. Un viejo toca el cello. Un hombre se suicida. Una india reflexiona. Dos ancianos encuentran el deseo en la brisa. Una muchacha y un muchacho descubren sus cuerpos. Alguien rejuvenece y renace. Una mujer toca su centro y pare.
Las marionetas no parecen moverse como quieren las manos enguantadas en negro que las mueven. Cobran vida propia. Los títeres se vuelven personas, personitas, y nos dicen sin palabras cosas que a veces sólo nos atrevemos a pensar.
Las titiriteras Rachel Ribas e Inez Petri cuentan esas historias desde abril de 1994 con mínimos movimientos de muñecas, flexiones milimétricas de dedos que tocan el corazón, sin prisa como la vida misma, a punta de suspiros, y uno las ve sin verlas porque son esas sombras de negro en la oscuridad del escenario.
El sueño, autor de representaciones, en su teatro, sobre el viento armado, sombras suele vestir de bulto bello, y uno lo sabe porque Góngora lo dijo, pero nada nos preparó para esta noche en que sombras y bultos son la misma cosa.
Uno ve las historias y se vuelve parte de ellas. Y al final sale a la noche de Paraty como han hecho los sesenta mil que han visto el espectáculo y siente que encontró algo y que algo hace falta. Y camina por las calles empedradas y mira el monte y mira el mar y siente las olas de calor y el paso de las brisas.
Tres razones
No faltará quien diga que para qué hablar de marionetas cuando el mundo sufre guerras y hambre. No faltará quien señale que se trata de ficciones que distraen, y que uno sólo fue a hacer turismo sin pensar en cosas más urgentes y serias. Tienen razón.
Pero las historias que cuentan los títeres a través de sus titiriteros hacen que uno se dé cuenta de que la vida es algo más que guerras y hambre, que el arte, como dijo el clásico, vive más que la vida, y que en Paraty la vida no tiene prisa porque para eso cruzó uno medio mundo.
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