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Martes, 20 de julio de 2004 - 22:56 GMT
Yo dije sol
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Yo pude haber estado en Estelí y después en Managua en 1979, cuando los sandinistas derrocaron a Anastasio Somoza el último (porque el primero tomó el poder para la familia en 1937), pero cuando Froylán Flores Cancela , el director de la revista Punto y Aparte, echó al aire la moneda en la Plaza de Armas de Veracruz para ver quién iba, yo dije sol y mi compadre Sergio González Levet dijo águila y cayó águila.

Plaza Central o de la Revolución tras 1979.
El triunfo sandinista fue la última revolución latinoamericana del siglo XX.

Tuve que conformarme con seguir la historia desde la prensa, como casi todos. Leía y comentaba los editoriales y las noticias en XEXB, una estación universitaria de público escaso pero fidelísimo, y nadie sabía si el sandinismo iba a ser algo bueno.

Después de todo era una prueba para la última revolución latinoamericana del siglo XX. Muchos se preguntaban qué había aprendido de los errores soviéticos, de las pugnas cubanas, de las múltiples intervenciones de un Norte cuyo nombre se decía en voz cada vez más alta. Y pasó lo que todos vimos.

Por ahí debo tener las copias

Por ahí debo tener todavía las copias fotostáticas que una tarde de principios de los noventa -cuando trabajaba para el diario angelino La Opinión- me entregaron manos anónimas del principal organismo antidrogas de Estados Unidos, la DEA, durante el juicio a cuatro de los acusados de haber secuestrado, torturado y asesinado al agente Enrique Camarena en 1985.

Muchos de esos documentos hablaban de cantidades industriales de cocaína y bosques de marihuana, y de reuniones en las que participaban funcionarios y delincuentes y policías pervertidos y dirigentes estudiantiles y cuando menos un agente de la CIA que el expediente conoce como George Harrison, y planeaban sus acciones como si estuvieran en el cine.

Contras
Se decía que el gobierno de EE.UU. protegía a la Contra nicaragüense.

Eran resúmenes de declaraciones de agentes de la DEA y de informantes cuyos nombres habían sido tachados con tinta negra. Varios de esos documentos estaban marcados como confidenciales o secretos, y uno podía darse cuenta de su dudoso origen nomás por la exageración o la inocencia que mostraban. Pero -como estableció el juez que presidió el proceso- tenían partes de verdad y partes de mentira.

Eventualmente, los acusados fueron declarados culpables y creo que todavía cumplen cadenas de prisión perpetua o se incorporaron al programa de informantes protegidos por las autoridades estadounidenses.

Pero todavía recuerdo lo que decían las partes que el juez no aceptó. Decían que agencias del gobierno de Estados Unidos toleraban y aun protegían las actividades de organizaciones de narcotráfico a cambio de apoyo financiero y de armas para la Contra nicaragüense. Poco a poco dejó de hablarse de eso hasta que el tema cayó en los archivos.

Todos vemos de manera diferente

Todos vemos de manera diferente. Fieles, tenaces, convencidos, fervientes, me visitaban los voceros de la Unión Nacional Opositora. Tengo la impresión de que pegaban con el dedo en el escritorio y decían que todo iba a cambiar ahora que llegara Violeta Chamorro a la Presidencia.

Pero moral y políticamente pegaban con el dedo en la mesa y advertían que entonces sí Nicaragua se iría para arriba porque Washington y los nicaragüenses así lo determinarían. Por desgracia no fue así.

Daniel Ortega, presidente de Nicaragua
Ls sandinistas se dedicaron a gobernar y cometieron errores nuevos y viejos.

Siete años después de la victoria de doña Violeta, el país había sufrido disensiones políticas y su economía seguía en condiciones sumamente precarias gracias al bloqueo estadounidense a los sandinistas, gracias a la guerra civil y gracias a los errores que cometieron los sandinistas. Así nadie iba a ninguna parte. Todos, incluida doña Violeta, se quedaron esperando algo que nunca se produjo...

La imagen que tengo

La imagen que yo tengo de los sandinistas -no del sandinismo- es que fue un grupo de personas que se echó a las armas para acabar con una dinastía que manejaba Nicaragua como si fuera una hacienda propia, y después de sacar del poder a quienes lo tuvieron se dedicaron a gobernar y cometieron errores nuevos y viejos.

Hicieron elecciones cuando era hora y entregaron el poder porque perdieron en las urnas lo que habían ganado con las balas. Nadie había hecho eso. Pero además se enfrentaron a una hostilidad inédita encabezada por Ronald Reagan y lograron que la Corte Internacional de Justicia determinara que Estados Unidos había minado las bahías nicaragüenses contra todo derecho. Y muchos se convirtieron en lo que habían combatido, y terminaron en la cárcel o en el desprestigio.

Han pasado los años. Ahora recuerdan, como nosotros.


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