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Viernes, 9 de julio de 2004 - 23:09 GMT
El George que nos llevó a la guerra
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Creo que yo conocí a un agente de la CIA, aunque no estoy seguro. Como el personaje del cuento de Jorge Ibargüengoitia, mi personaje era deliberadamente ambiguo, y respondía con una sonrisa a algunas de mis preguntas o miraba hacia otro lado para no responderme.

El republicano Pat Roberts, presidente del comité del Senado, y el demócrata Jay Rockefeller,  vicepresidente
El comité de Inteligencia del Senado de EE.UU. criticó duramente a la CIA por la evidencia utilizada para justificar la guerra en Irak.

En Los Ángeles vi una vez a Phillip Agee, que había sido agente de la CIA y publicó en 1975 "Inside Diary", un libro sobre la agencia que hasta no hace mucho hacía un trabajo sigiloso y no tanto al amparo de su propia leyenda. Agee dejó la CIA y se convirtió a su vez en personaje de leyenda, aunque la suya fue más bien efímera.

Leí "Harlot's Ghost" en un desierto. Norman Mailer considera que esta novela -una crónica de la CIA escrita en mil trescientas páginas durante la primera guerra del Golfo Pérsico y publicada en 1992- es su obra maestra. También representa un atisbo único a los modos, los mitos y los manes de quienes manejan, o manejaron, el arte de saber qué está pasando.

Y la semana terminó con la imagen de los senadores republicano Pat Roberts y demócrata Jay Rockefeller admitiendo que la CIA se equivocó feamente en el caso de Irak, diciendo sin decir que el George que llevó a Estados Unidos y otras partes del mundo a una guerra sin fundamentos fue George Tenet y no George Bush, como todos pensaban. El daño ha sido terrible.

El espía de Ibargüengoitia, gracias a la destreza del escritor, será siempre una imagen simpática, inocente, tonta, de alguien que finge perfectamente ser simpático, inocente y tonto para saber qué piensan los intelectuales. Pero no causa más daño que el de la ilusión producto de la amenidad.

Los agentes invencibles, los anónimos, los ubicuos, decidieron que era hora de hacer la guerra e informaron a la Casa Blanca que Saddam Hussein tenía las armas que deseaba y no las que en verdad tenía.

La mirada de Agee, en cambio, es desde dentro. Muestra de qué esta hecha la agencia, dónde están los resortes que la mueven, para qué sirve. Ahí suena la primera alarma, porque entonces queda claro que la CIA es un animal hecho para vivir durante el siglo soviético pero no mucho más.

Ya desde entonces -como señala Agee en su diario- la Compañía era un instrumento del Presidente de Estados Unidos y no tomaba decisiones políticas ni actuaba de manera independiente. O tal vez sí, pero nadie se había dado cuenta, y lo que dijo el comité del Senado lo comprueba.

La vigorosa prosa de Mailer retrata a quienes forman esa comunidad. Son personas sujetas a los caprichos de su ambición, de su destino, de su naturaleza, del sistema para el que trabajan. Quien clandestino vive clandestino muere, víctima de no hacer nada.

Tal vez eso fue lo que vimos en la televisión una tarde de sol y nubes londinenses. La CIA ya no será como era antes, porque nada vuelve a ser como era antes, y porque las conclusiones del comité de inteligencia del Senado de Estados Unidos son irrevocables en estos tiempos.

Todos conocemos ahora el tamaño de la exageración y la seriedad de la mentira. Los agentes invencibles, los anónimos, los ubicuos, decidieron que era hora de hacer la guerra e informaron a la Casa Blanca que Saddam Hussein tenía las armas que deseaba y no las que en verdad tenía.

La Casa Blanca les creyó. El departamento de Estado les creyó. Medio mundo les creyó, y medio mundo se fue a la guerra con los resultados que todos conocemos. Ahora nadie confiará en ellos, y si nadie cree en lo que dicen los espías los espías no sirven para nada.

Eso nos pasa por confiar en gente deliberadamente ambigua, que responde con una sonrisa a las preguntas o mira hacia otro lado para no responderlas. Y en el George que llevó al mundo a una guerra.

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