La sociedad mexicana exigió cambios a las autoridades.
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Unos dicen que eran un cuarto de millón y otros dicen que eran medio millón.
Lo cierto es que eran muchos, como se pudo ver en las imágenes de la televisión y las fotografías que aparecieron en diarios y sitios de internet, y un domingo llenaron un largo tramo del Paseo de la Reforma en la ciudad de México, y más tarde el Zócalo frente al palacio presidencial sin decir mucho aunque su silencio lo dijera todo.
Eran mexicanos de todos los rumbos de la Nación, de todas las ocupaciones, que protestaban por la inseguridad, por la violencia, por los asaltos, los secuestros, las violaciones, los asesinatos y otros tantos infortunios que sufren casi a diario en la capital y en otras ciudades del país.
Dos
Pues ahí están, me dice W. señalando con un movimiento de cabeza las fotografías. Yo le digo que un cuarto de millón no representa mucho en una ciudad en la que viven más de diez millones de personas, y le recuerdo que en Colombia hubo una marcha en la que participaron millones contra lo mismo sin que cambiara nada.
La violencia no es cosa de mayorías ni se puede evitar con manifestaciones, le explico a mi amigo inglés, que sería mexicano si no hubiera nacido en Londres.
Al contrario, son unos cuantos quienes siembran el terror porque las instituciones que representan a la mayoría no pueden impedirlo. Sobre todo en México.
Todavía tengo por ahí las cartas airadas de los mexicanos que me escribieron para quejarse cuando hablé sobre lo que vi en 2003, un país lleno de hombres armados en constante vigilancia.
Ahora resulta claro que esa vigilancia y esos hombres armados no han sido suficientes para impedir que pasen las cosas por las que protestaban tantos hace tan poco. Me entristece haberme dado cuenta entonces.
Tres
Diversos sectores sociales participaron en la protesta.
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En lo que muchos comentaristas políticos mexicanos coinciden es en que no faltó quien quisiera usar la marcha con fines políticos, porque en la política, y sobre todo en la política, no hay casualidades.
Dicen que originalmente era un episodio más del enfrentamiento que hay entre el presidente y jefe del gobierno de la ciudad de México, quien quiere ser candidato presidencial de la izquierda en 2006.
También dicen que si así fue -como señala el clásico- le salió el tiro por la culata porque también es evidente que la violencia y la inseguridad no se limitan a la capital del país, sino que van más allá y llegan a todas partes.
Otros declaran que el jefe de gobierno de la ciudad de México dice que lo atacan para disfrazar su incompetencia. Pero así parece que el presidente y el jefe de gobierno sólo piensan en sí mismos.
Quién sabe si así sea.
Coincido con quienes advierten que en este caso no se trata de ellos ni de sus planes presentes, pasados o futuros, sino de los mexicanos en general.
Cuatro
Cómo está eso de las instituciones, me interroga W. en el breve trayecto de la oficina a la estación del tren. Es que la cosa está muy desorganizada en México, le explico. El gobierno se ha convertido en un ente de mil cabezas, y todas ellas declaran sobre asuntos serios, sobre cosas que no tienen repuesto.
Una veintena de marchas se realizaron también en otros estados del país.
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El presidente propone al Congreso eliminar el artículo veintidós de la Constitución, que establece penas de muerte para el traidor a la Patria en tiempo de guerra; al parricida y al salteador de caminos; al incendiario, al pirata, al homicida con alevosía, premeditación y ventaja, y al plagiario, le digo a W; pero el Procurador General de Justicia y el secretario de Seguridad Pública declaran que el tema debe discutirse.
Después viene el hecho de que en muchos casos se ha descubierto que los delincuentes son o fueron policías o soldados que decidieron convertirse en malhechores por la razón que sea, le recuerdo a W, que conoce México tal vez mejor que yo. La gente está convencida de que alguien con poder se ha corrompido y los protege o de plano los alienta.
El Congreso parece pensar en líneas de partido, donde no hay bien ni mal sino intereses, si entiendo a los analistas políticos mexicanos, reconoce W. Las ideologías son víctimas de este tipo de violencia.
Y si no hay una voz que guíe al país en momentos de una crisis como ésta, la cadena sigue pese a todo, o gracias a todo, concluye W. Nadie sabe qué pensar, le digo. Y parece que tampoco nadie sabe qué hacer, me responde. Parece que no, le digo.
Cinco
Lo triste, lo verdaderamente triste, es que los asaltos, los secuestros, los asesinatos, van a continuar. Lo trágico, lo verdaderamente trágico, es que la violencia termina por hacer deseables y necesarios el autoritarismo y la mano dura, y todos sabemos qué significa eso. Lo terrible, lo verdaderamente terrible, sería que el primer paso de un país que decidió cambiar de sistema político terminara en esto. No faltará quien piense que lo que digo es un análisis a favor o en contra de algo, pero es lo de menos.
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