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Viernes, 4 de junio de 2004 - 00:20 GMT
La última edad
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Doña Ramona Trinidad Iglesias Jordán nació el sábado 31 de agosto o el domingo 1 de septiembre de 1889 en Utuado, que apenas tenía ciento cincuenta años de ser un pueblo de la Colonia entre el Grande de Arecibo y el lago Caonillas aunque los taínos llevaran ahí más de siete siglos, y murió antier.

Doña Ramona Trinidad Iglesias Jordán.
Uno de los secretos de doña Ramona: una cervecita con las comidas.

Nunca he estado ahí en Utuado. Nunca he estado en Puerto Rico, aunque sirenas de otro tiempo me ofrecieron una casa blanca de barandales anchos no muy lejos de Utuado, en Morovis, donde la historia me absorbería para siempre mientras miraba el monte.

Pero no. Vivo en Londres, donde la historia también me absorberá para siempre, y pienso en doña Ramona y en quienes son como fue doña Ramona, y llego a la conclusión de que envejecer es cada vez más fácil después de cierto tiempo, aunque no creo que haya vejeces como la que me esperaba porque la vida nunca es como uno espera que sea.

Tal vez sea como dicen, que uno termina por ser el que será hasta el día que se muera, y así se queda mientras el cuerpo se avejenta y se vuelve frágil y cede a la mitad de una idea, de una alegría, de un sueño, de un malhumor, de un dolor, de un instante.

Ya he recordado a don Pablito Lavalle, quien disfrutó más de cien años casi cada momento de su vida, y era un hombre que cantaba y cuando ya no pudo cantar silbaba y cuando ya no pudo silbar siguió sonriendo. Nunca lo ví enojado, y sé que su vida terminó un martes sin sobresaltos después de escuchar el Aleluya de Haendel.

Para otros no es tan fácil. Llega un momento en que todo es confusión que se vuelve temor que se vuelve tristeza que se vuelve otra vez confusión. Se pierden los sentidos, todo cambia, las cosas que uno tuvo lentamente lo van abandonando, como explicó Borges. Y nadie se da cuenta.

Lo sé porque viví un par de años en un apartamento con vista al mar lejano y al asilo de ancianos de Xalapa, en el estado mexicano de Veracruz. Por las noches me alucinaban las tormentas del Golfo de México, y durante el día miraba a los ancianos.

Campesino latinoamericano.
Cuando pienso en cómo me gustaría ser anciano me acuerdo del señor Flores.

Yo los veía desde el balcón en las mañanas. Salían a tomar el sol y se quedaban en el pasillo, ensimismados, más lejos que el mar, pensando en quién sabe qué, inmóviles aunque de vez en vez alzaban una mano para rascarse o movían una pierna, o conversaban sobre algo que a veces los hacía reír o hacía que se quedaran todavía más callados.

A otros no les va igual aunque sigan con su pareja. Don Luis siempre fue un hombre fuerte. Veterano de guerra y obrero de fundición, hombre de bolsa y pera en el jardín de la casa, pescador, cazador, fontanero experto y pintor diestro, y mecánico y quién sabe cuántas cosas más, hasta el día que le dio el infarto. Desde entonces es sombra de lo que fue, y anda siempre tristón.

Claro que hablo de oídas, porque no he vivido lo suficiente como para conocer eso, y además nadie sabe tanto como para explicar la última de las edades ni las profundidades de la naturaleza humana. Pero uno, sobre todo los columnistas, es lo que piensa. Cuando pienso en cómo me gustaría ser anciano me acuerdo del señor Flores.

El señor Flores era mexicano de Jalisco, que ya de por sí es tierra fantástica. Se reía siempre. Tenía ochenta y algo, casi noventa años, y con ellos iba y venía de Jalisco a Colorado como quien va a un parque que está a tres mil kilómetros. Estoy seguro de que cantaba en el camino.

Pero quién sabe. A lo mejor es como dice Kavafis y llega una edad en la que uno descubre que lo verdaderamente importante sucedió mientras llegaba a esa edad, aunque depende de qué sucedió. La poesía puede equivocarse pero nunca miente.

Aunque también, como les pasa a los columnistas, puede uno llegar a la misma conclusión que el abuelo de un amigo y el amigo del abuelo, que pasaban las tardes de los jueves sentados en una banca del parque mirando a los demás, largo rato sumidos en un silencio absorto, inmóviles como los ancianos de Xalapa, hasta que se miraban y uno de ellos resumía sus pensamientos y a los dos les daba risa.

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