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Jueves, 9 de septiembre de 2004 - 15:01 GMT
Su mundo no es el nuestro

Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Víctima en Beslán, rusia.
El dolor y el luto por las víctimas de Beslán.

Todos los días, o casi todos los días, George Bush o alguno de sus funcionarios y Tony Blair o alguno de sus funcionarios declaran que el mundo es más seguro desde que invadieron Irak. Pero la realidad los contradice.

Si uno visita el sitio que la secretaría de Seguridad Interior de Estados Unidos tiene en Internet, verá que el estado de alerta es elevado porque hay un riesgo significativo de que se produzca un atentado en cualquier parte del país o en cualquier país donde Washington tenga intereses.

Si uno abre el cajón de la mesa del comedor de la casa, se encuentra el folleto que el gobierno de su majestad la Reina envió a cada casa del Reino Unido para que no se nos olvide que en cualquier momento puede haber un atentado contra las instituciones, los habitantes o los intereses nacionales.

El precio de la libertad ya es la eterna vigilancia. Si uno mira lo que pasa en el mundo ve las bombas de Estambul, recuerda los aviones de Nueva York, de Washington, de Pennsylvania, o evoca los vagones destrozados de Madrid, el escombro en Bagdad, la discoteca en llamas de Bali, el autobús de Beersheva, la ruina en Gaza, y piensa en los trabajadores sociales que fueron a dar su vida a Afganistán.

Todos hemos repasado en silencio, en el autobús o en el tren o en el metro, o en el trayecto al trabajo o a la casa, las imágenes que el viernes le dieron la vuelta al mundo desde Beslan, y seguimos viendo a ese niño que mira sin entender lo que pasa durante las últimas horas de su vida. Y pensamos en Chechenia o en Rusia o en alguna otra parte recóndita que se acabe de sumar a la geografía de la desgracia.

Madrid también vivió el terror el 11 de marzo.

Sólo América Latina, que ya ha sufrido todas las clases de extremismo político y militar que se hayan inventado o se vayan a inventar, ha salido intacta de esta reciente ola de sangre. Pero ni siquiera nuestra América es inmune a la bomba o la bala, como bien sabemos por el ejemplo de la mutual judía de Buenos Aires aunque hayan pasado diez años.

Países como México, cuya fortuna y cuya desgracia es compartir tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos, siempre estarán expuestos a que la eterna vigilancia se aplique con mano mucho más firme en la franja desértica que los une y los separa.

Pero el resto del mundo no es más seguro. Después de todo, no sé qué elementos tienen Bush o Blair para decir que sí es con tanto aplomo, aunque sospecho que no son gente que sale a la calle y toma el tren o toma el autobús para ir a la oficina, y sale los fines de semana en busca de jardines para saciar la vista.

Ni el presidente ni el primer ministro van al supermercado a ver qué compran para la semana, ni van al cine aunque de vez en cuando vayan a un teatro fuertemente protegido, y cuando salen de vacaciones se quedan en casa o mansión o villa de un amigo rico donde ya de por sí no pasa ni el aire.

Pero ellos son quienes advierten a todos que ahí viene el atentado. Los dos nos pusieron donde estamos, y uno busca la reelección y el otro parece seguir sin saber muy bién qué busca.

Los demás los vemos y los escuchamos y sabemos que cuando hablan sobre el mundo más seguro no hablan del mundo en que vivimos nosotros porque su mundo no es el nuestro. Da risa o rabia o las dos cosas.


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