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Jueves, 4 de marzo de 2004 - 17:43 GMT
Un elogio de los oficios
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

El doctor Karl Gensberg trabaja para la Universidad de Birmingham hasta que termine abril, que es cuando piensa comenzar una nueva vida como plomero, aunque en realidad quisiera estudiar los efectos de la electricidad en el organismo humano.

Grifo, pila, canilla...
Doble grifo. El plomero gana el doble.

El martes en que se descompuso el calentador de agua de su casa (tuvo que ser un martes porque los calentadores se descomponen los martes o nunca), el plomero que arreglaba el aparato tuvo a bien revelarle que en Inglaterra un doctor en lo que sea gana la mitad de lo que gana el plomero que sea, dato que hizo que la vida del doctor Gensberg cambiara para siempre.

La universidad quiere que el doctor Gensberg, que ganaba menos de veinticinco mil libras anualmente, vuelva a trabajar con mejor salario pero ahora para mantener en buen estado el imposible laberinto de tubos y tanques de tiempos victorianos.

Ese cambio en la vida del doctor no es un hecho aislado. Muchos comenzaron a transformar sus existencias desde los noventa, aunque lo hicieron porque pudieron permitirse el gusto de hacerlo, y otros tuvimos que vivir la vida que nos iba tocando y conformarnos con verlos o con leer sobre ellos en los diarios. Daba envidia, pero solamente hasta cierto punto.

Debo decir que antes de que el doctor Gensberg se me cruzara en el discurso ya pensaba en lo que ha pasado con los oficios, el ocaso de los ropavejeros, el silencio de los afiladores, la escasez de los limpiabotas, la ausencia de carnaval de los barilleros...

Limpiabotas
"El silencio de los afiladores, la escasez de los limpiabotas.."

No he encontrado libros -aunque debe haber- que hablen sobre la forma en que fueron desapareciendo quienes prolongaban la vida de las cosas antes de que todo fuera desechable. Interrogar al ancho mundo de internet me ofrece trescientas cuarenta y cuatro mil respuestas a una pregunta que ya no me atrevo a formular, y no importa.

Por supuesto, hay que entender que el plomero cuida de una parte importante de la naturaleza humana: el suministro de agua a la temperatura que uno requiera, un lujo relativamente reciente y refinado que le ha conservado literalmente la vida.

Pero hay cosas que antes eran imposibles, y se hacen para que uno las consuma, las tire a la basura, las reponga. Nadie repara nada ya. Uno imagina cementerios de tostadores y de planchas a los que solamente les falta un fusible o una resistencia, televisores y radios ciegos y mudos por falta de limpieza, lavadoras y neveras expuestas a los cuatro vientos, monitores que ya no dicen nada a quien los mira, dinosaurios del siglo veintiuno que sin embargo estorban.

Como los plomeros, hay otros que por lo pronto tienen garantizada la existencia mientras haya alguien que necesite a otro que corte y cosa y confeccione, y cocine o lave carros a mano, como ya pasa otra vez, o venda frutas o flores, o toque la guitarra en una plaza.

Herramienta
Oficio con beneficio. Todo pasa. Todo vuelve.

En Argentina, cuando la crisis grande de hace poco, la gente iba sobreviviendo gracias a su experiencia manual, a su destreza culinaria y a las ideas que iban naciendo de la necesidad. Lejos estaba uno de pensar que el sufrimiento de miles de argentinos y la forma en que ellos enfrentaban esa congoja presagiaba el renacimiento que ya se adivina en los oficios.

Hay colegios y escuelas -cuyas diferencias no vamos a explicar ahora porque no viene al caso- donde hay largas listas de espera para cursos en los que uno aprende actividades que antes eran consideradas arte menor y sucia, sin porvenir, sin abolengo.

Lo que sucede con los oficios sirve para comprobar que todo cambia, todo pasa, todo vuelve, pero ahora de otro otro modo porque la historia siempre es de otro modo cuando se repite. En este caso, las cosas cambiaron ese martes en que el doctor Karl Gensberg supo que la vida ya no iba a ser como antes.


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