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Sábado, 24 de enero de 2004 - 00:30 GMT
Reconsideración de la lujuria
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

El diccionario nos advierte que la lujuria es un vicio que desde el siglo VI consiste en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales porque eso le pareció al papa Gregorio El Grande en esos tiempos, y eso le pareció también a los doscientos y un papas que lo sucedieron.

La lujuria no es lo mismo para los latinos que para los anglosajones.

Y allí se quedó todos esos siglos la lujuria con sus primos la ira, el orgullo, la avaricia, la envidia, la pereza y la gula hasta que comenzó el año de gracia en que vivimos, que fue cuando el profesor Simon Blackburn se dio cuenta del error y trató de enmendarlo.

Tal vez se deba al peso de las palabras, los nombres arbitrarios que uno le pone a las cosas, a los actos y a las ideas, pero el vicio ilícito y desordenado de san Gregorio no suena igual cuando se dice en inglés. La lujuria es excesiva en latín y el lust de los sajones es un placer depravado y vigoroso. La diferencia está en que una cosa es ilusión desagradable y enferma y la otra es actividad entusiasta, aunque sean lo mismo.

La verdad es que no importa, porque, como el profesor Blackburn, creo que hay que rescatar la lujuria de las acusaciones de los ermitaños, liberarla del confesor pálido y envidioso y de los cepos de los puritanos, y verla más como virtud que como pecado capital.

Apetito desordenado

En todo caso, ese deseo de placer es natural para quien lo experimenta. Si nadie resulta dañado en la práctica de esa necesidad, si nadie resulta ofendido por ella o presionado para compartirla, se trata únicamente de un apetito desordenado, si bien hay que tener en cuenta que la noción de desorden es relativa.

La lujuria es un estado del alma. Hay quienes piensan que toda actividad sexual es un mal necesario porque tiene que ver con la reproducción, y que el apetito carnal desmesurado, como también se le dice a las ganas, distorsiona la verdadera esencia del placer. Allá ellos

Aunque para algunos constituya una transgresión de principios religiosos, la lujuria es un mecanismo que nos hace ser diferentes de los animales, que generalmente limitan su deseo sexual a períodos favorables para la procreación. Lo que pasa es que la gente tiene miedo de hablar de cosas sensuales, que no necesariamente tienen que ver con el sexo.

La lujuria es un estado del alma. Hay quienes piensan que toda actividad sexual es un mal necesario porque tiene que ver con la reproducción, y que el apetito carnal desmesurado, como también se le dice a las ganas, distorsiona la verdadera esencia del placer. Allá ellos.

Otros piensan que si se siente bonito hay que aflojar el cuerpo y dejarse llevar, como sostiene un panfleto que llegó a mis manos, con el anuncio de seminarios sobre sensualidad que pueden satisfacer casi cualquier deseo.

Aprender

Los talleres, que sin duda son prácticos, enseñan cómo hacer del dormitorio un templo de seducción, y cómo hablar y cómo quitarse la ropa para darle más vida o nueva vida a una relación con otra persona o con uno mismo, como puede ser el caso. Pero también ofrece lecciones de sexo tántrico, que mezcla nociones orientales y occidentales sobre las relaciones de pareja, y el sadomasoquismo ligero, todo un arte que uno puede aprender por cerca de dos mil dólares por pareja o la mitad si uno va solo.

El hecho mismo de que el deseo sexual lleve tanto tiempo de ser visto con malos ojos hace que uno se detenga a pensar por qué.

Alguien dirá que no importa. La lujuria, tanto si es condenada por la religión como si es alentada por la sociedad, o precisamente por eso, tiene una manifestación visible en los mercados y un efecto notable en la vida del ser humano.

En lo personal, me parece que el hecho mismo de que el deseo sexual lleve tanto tiempo de ser visto con malos ojos hace que uno se detenga a pensar por qué, sobre todo tratándose del único pecado que produce placer, pese a los reparos del papa Gregorio, que fue el primer monje que ocupó la silla de san Pedro aunque no fuera un hombre culto ni un filósofo ni un teólogo, como oportunamente admite la Enciclopedia Católica.

Y uno recuerda a Wallace Stevens, que no fue uno de los cuatro mil setecientos y tantos santos que quedan, y con él se pregunta qué seríamos sin el mito del sexo. Y sonríe.


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