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Viernes, 19 de diciembre de 2003 - 19:21 GMT
Lugares para pensar en diciembre
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Visitamos Kew Gardens. Mucha gente va en primavera o verano y ve las flores y se deslumbra, y escucha los ruidos del bosque, que son cosa viva, y camina buscando refresco entre aromas vegetales, y regresa a su casa presa de gustos nuevos, lleno de luz y de aires olvidados o desconocidos hasta entonces.

Kew Gardens
132 hectáreas de espacios verdes, en pleno Londres.

Pero cuando fuimos no era primavera ni verano, aunque de todos modos uno puede perderse en el silencio que permite el paso constante de los aviones o divagar en una banca ante un estanque viendo patos. No van muchos visitantes, y quienes van lo hacen en una actitud casi de recogimiento, como quien peregrina. Uno termina taciturno.

Cuando el tren se encarrera por el ramal que termina en Richmond, en el oeste de Londres, uno comienza a deducir que los vecinos de asiento, y la pareja de azul y el cuarteto jovial y el grupo de estudiantes van al mismo lugar aunque tal vez no en busca de lo mismo, y ellos piensan igual que uno, y se establece una complicidad imposible en cualquier otra parte de Londres.

Pero ellos se van y uno se pierde en los jardines, que son un bosque. Si cuando uno viaja experimenta un modo casi perfecto de la libertad, cuando recorre un bosque vuelve a ser todos los que recorrieron un bosque desde que hubo el primer bosque y quien lo recorriera, y solamente entonces se entiende el sentido de la palabra "maravilla". Como el mar y el desierto, el bosque nos hace a todos iguales.

Vimos rojos empecinados y amarillos cegadores y oros que tiemblan en la brisa colgados de las ramas. Nos asaltaron olores de madera y de resinas y de musgos secretos y de hongos insospechados. Nos aturdieron los insectos y los silencios que quedan musitando

Vimos una avenida de robles y pinos y cedros venerables, rincones en los que uno puede esconderse de la lluvia o de cualquier otra cosa, la presencia de una pagoda que corta el cielo con diez pisos de capricho imperial, un estanque en cuyas aguas oscuras de tan profundas flotan aves y flores, el resplandor novembrino, el airecito.

Vimos rojos empecinados y amarillos cegadores y oros que tiemblan en la brisa colgados de las ramas. Nos asaltaron olores de madera y de resinas y de musgos secretos y de hongos insospechados. Nos aturdieron los insectos y los silencios que quedan musitando.

No era la primera vez que visitaba los jardines. Vine a Kew Gardens una tarde de hace tiempo, a ver una flor de nombre imposible que comenzaba a mostrar al mundo una maravilla que brota cada decenio, llena de belleza y de fetidez.

Recuerdo de ese martes una vaharada pestilente a carne muerta que en la memoria anula otras cosas que la flor puede ser, pero mi recuerdo no es justo con los jardines. Una imagen, como una flor, crece en uno, ofrece su milagro y se vuelve mustia y se marchita.

Yo creo que la pobreza de mis impresiones, pese a la inusitada circunstancia olfativa de mi experiencia, se debe a que vine solo y no precisamente con humor contemplativo. Uno debe ir a los bosques, las playas, o a jardines como los de Kew, a cualquier espacio abierto, dispuesto a dejarse perder en la vastedad y las reflexiones que el paseo despierta.

Cuando era joven caminaba en las sierras de Naolinco, de Chiconquiaco, de Misantla, por senderos propicios llenos de ecos de aves nerviosas y quebranto de ramas, y llegaba a escribir versos de once y de catorce porque es lo que uno hace a esa edad.

Kew Gardens
El "Palm House" es uno de los atractivos principales.

He tenido suerte con los bosques. He cruzado los Alpes en tardes sin nubes, he subido entre pinos nevados hasta los lagos inciertos que deja el invierno en las Tatra, y un mezzogiorno que se me hizo tarde pude encontrar los sonidos de un soneto entre dos luces en el parque de Verona. Tengo suerte con las extensiones. He visto el mar del Minotauro desde los riscos de Creta y he sentido la lluvia en las calles de Londres, una ciudad que puede ser vasta como los campos ingleses, y he visto pasar ante mis ojos las tierras altas de Escocia y los espejos del amor, que son formas de lo infinito.

Pero ya no soy joven y casi no escribo versos. Y como ahora se acerca el invierno y las brisas heladas entumen hasta los pensamientos, las tardes se han vuelto taciturnas, como hemos visto, y prefiero quedarme en casa oyendo canciones que Schubert hizo para cantar en el agua, repasar unas fotos al calor del vino y recordar el jueves que fuimos a Kew Gardens a recordar a los nuestros, porque el tiempo no nos deja hacer otra cosa y porque la temporada es propicia para la nostalgia.


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