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Miércoles, 3 de diciembre de 2003 - 18:48 GMT
Maleantes mexicanos
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Como queríamos ir a la Zona Rosa, nos subimos al metro, que ese mediodía estaba atestado de pasajeros. El señor que iba frente a mí perdió el equilibrio y tuve que detenerlo para que no se cayera, y en ese momento su compañero metió la mano en mi bolsa y me sacó el dinero.

Mexicano y bandera mexicana
Ciudad de México como toda gran ciudad sufre de asaltos y crímen.

Pero eso fue años antes de que Rudolph Giuliani se convirtiera en asesor de la policía de la Ciudad de México. Uno veía asaltos en que el ladrón sacaba una navaja, hablaba con la víctima, y la víctima prefería entregar sin resistencia el dinero, las joyas, lo que fuera.

Le contaban a uno historias terribles. Uno mismo veía historias terribles en la prensa. Algún amigo o algún amigo de un amigo habían sido presa de atraco, rehén de secuestradores, estadística. Cada minuto se cometían dos o tres delitos. Daba miedo.

Entonces trajeron a Giuliani, que para entonces era famoso porque había sido alcalde de Nueva York, había inventado la tolerancia cero, había abatido los índices de delincuencia y había tenido una aventura extramarital.

La prensa mexicana reveló que le iban a pagar US$4.000.000 por resolver el problema de la Ciudad de México. A muchos les dio risa.

Giuliani se desplazó por la ciudad más grande del mundo en dieciséis vehículos blindados, escoltado por cuatrocientos agentes, provocando embotellamientos de tránsito dignos de mejor causa a una hora en que la gente tiene prisa en un lugar donde la gente siempre tiene prisa.

A otros no les dio tanta risa. Un policía de la capital mexicana gana entre US$350 y US$400 al mes, y con eso tiene que vivir, sostener una familia, comprar sus uniformes, reparar la patrulla que usan, tal vez comprar sus propias armas y municiones, y ahorrar para que los hijos tengan una vida mejor.

Uno, que vive fuera del país y lejos, tuvo que conformarse con imaginar a los asesores estadounidenses conviviendo con los agentes mexicanos de la ley, comiendo tacos con ellos al pie de sus patrullas, tratando de inspirar miedo porque no inspiran respeto. Era una imagen imposible.

En agosto, con varios meses de retraso, las autoridades mexicanas dieron a conocer un programa con ciento cuarentaiséis recomendaciones de Giuliani, que no volvió a aparecer en el país. El documento advertía que hay que modernizar a la policía, combatir la corrupción, identificar las zonas más peligrosas de la ciudad, dar más atribuciones legales a los agentes.

A nadie se le había ocurrido hacerlo. Cuatro millones de dólares después, la policía recibió órdenes terminantes de no recibir mordidas ni coimas ni sobornos, que son nombres de lo mismo, y hay mayor supervisión, como nos enteramos por un documental de Daniela Volker que exhibió uno los canales domésticos de la BBC.

Pero parece que mientras la policía se vigila a sí misma y se prepara para ser mejor, los maleantes siguen haciendo de las suyas. La prensa lleva tiempo informando que hay partes de la ciudad controladas por organizaciones vastas, brutales, bien relacionadas. Lo que nadie ha dicho es que se trata de algo que no tiene remedio.

Siempre ha habido delincuentes, siempre habrá. La naturaleza humana, que nos ofreció tantas cosas, nos dotó de la capacidad de hacer mal, como todos sabemos. A lo más que se puede aspirar es que haya menos mal, que es consuelo de muchos...

Lo que no se hace, porque no se puede, porque no se quiere, o porque no se le ocurre a alguien, es combatir las causas del mal. La raíz del árbol del problema generalmente crece en proporción directa de lo que no se tiene, de lo que se espera, de lo que no podrá ser pronto. Cuando mucho se organizan campañas que son como combatir un catarro con pañuelos, pero nada pasa cuando todo ha pasado.

En Los Ángeles trataron de hacer a principios de los noventa algo similar a lo que hizo Giuliani en Nueva York a finales de la década. Había demasiados pordioseros, demasiados desequilibrados, demasiadas señas de que el sistema abandona a quienes no le sirven, y las autoridades decidieron hacer una campaña para limpiar el centro.

La campaña consistía en echar fuera del centro de la ciudad a quienes no tienen a dónde ir, a quienes no tienen para ir a ningún lado, a quienes no han vuelto, para que la gente, otra gente, no los viera. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Después, inventaron una ley que manda a la cárcel para siempre a quienes cometen tres delitos, mayores o menores.

Aunque en el caso de la Ciudad de México no se trata de pordioseros, el principio es más o menos el mismo que el de la campaña de Los Angeles porque a fin de cuentas se trata de remediar una situación que es consecuencia de una realidad económica inevitable.

Se equivoca quien diga que ahora tengo que decir qué tiene que hacer la policía para reducir la violencia en la Ciudad de México. Ese es trabajo de otros. Yo sólo soy una estadística de hace tres años, antes de que le pagaran a Giuliani cuatro millones de dólares por decir lo que todos sabemos.


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