Al final del año, seis de cada diez de nosotros tendrá dificultad para ganarse la vida.
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El informe, como todos los informes que tienen que ver con la gente, es lacónico y preciso: en 2002 hubo 220 millones de pobres y 95 millones de indigentes en América Latina, pero habrá más en 2003 según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
Los pobres, como todos sabemos, apenas tienen lo mínimo necesario para cubrir sus necesidades básicas de comida, casa, vestido, escuela, salud, y un breve etcétera que no hace falta mencionar. 43 de cada 100 personas que viven en América Latina son pobres.
Los indigentes son 18 de cada 100 personas, más pobres que los pobres. Son los que no tienen nada, los que ocupan un lugar destacado en los discursos políticos porque es bueno para la imagen del candidato, y en los sermones que se pronuncian en las montañas porque ellos heredarán la tierra, pero cuando se trata de la economía son sólo cifras tristes.
El único consuelo es que en el año 2000 hubo cuatro millones de personas que dejaron de ser pobres, pero antes de que celebremos el fin de año habrá casi 44 pobres y casi 20 indigentes por cada 100 personas. Seis de cada diez de nosotros tendrá dificultades para ganarse la vida.
Según la CEPAL, Argentina y Uruguay son más pobres, y los pobres que viven en las ciudades de México y de Ecuador son menos pobres aunque sigan sin tener nada. Pero de nada sirve saberlo. Hay 55 millones de personas que pasan hambre porque no tienen para comprar comida.
En alguna de estas columnas, pasada, presente o futura, aparece una mención a la teoría del medio pollo. No sé si sea una teoría original mía, o si la leí en algún lugar que ya no recuerdo; quién sabe, pero eso es lo de menos. Lo que sé es que me explica con una claridad brutal al menos una de las realidades económicas de América Latina.
Algo no anda bien. Para comprobarlo, bastaría con pedir al Fondo Monetario Internacional que mostrara un ejemplo de los 169 países cuya economía dirige, cuyo nivel de vida haya mejorado por seguir los dictados de las instituciones que manejan las finanzas del mundo.
No hay; al menos no hay uno cuya economía esté planeada para que sirva a la gente del común, como dicen en Colombia, que tiene derecho a la felicidad, como dicen en Estados Unidos. Claro que hay que tomar en cuenta que el FMI comenzó hace cincuenta años a promover la cooperación monetaria y a facilitar la expansión y el crecimiento equilibrado del comercio internacional, porque para eso fue creado por las Naciones Unidas en 1944.
(Para quienes todavía no sabíamos de manera muy clara cómo funciona el FMI, aquí está la que considero mejor explicación de las funciones de una de las más famosas siglas del siglo:
Cada socio del FMI aporta una cuota variable -de US$20 mil el que más, a US$2 millones el que menos- y de ese fondo se toma la cantidad necesaria para prestarle divisas a los países con problemas financieros. El país que recibe el préstamo tiene que pagar lo que debe, con bajos intereses, en un plazo fijo.
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Algo no anda bien. Para comprobarlo, bastaría con pedir al Fondo Monetario Internacional que mostrara un ejemplo de los 169 países cuya economía dirige, cuyo nivel de vida haya mejorado por seguir los dictados de las instituciones que manejan las finanzas del mundo.
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La mayor parte de los intereses son para el país cuya moneda se prestó. En el caso de América Latina, los préstamos son en dólares. Desde hace unos veinte años, el FMI comenzó a recomendar programas de ajuste económico y a ofrecer generosísimos préstamos a los países con problemas de deuda externa.
En otras palabras: prestaban para pagar o pagarse a sí mismos, y cobraban intereses por el nuevo préstamo, además hacer programas de reajuste económico. Recomendaban a los gobiernos endeudados vender empresas paraestatales, privatizar empresas estatales, y reducir lo que cada país invertía en educación, salud, trabajo, vivienda, comunicaciones: lo que se ahorraba o se conseguía garantizaba el pago de la deuda...)
Precisamente aquí es donde puede enunciarse la teoría del medio pollo. Pongamos que usted y yo nos sentamos a la mesa. Yo pido un pollo. Traen el pollo. Me lo como. Usted me mira comer el pollo. Terminamos de comer. Aunque usted y yo sabemos bien que sólo yo comí pollo, según los indicadores que les sirven a los economistas nos tocó a medio pollo por cabeza.
Con los mismos criterios se mide ahora la prosperidad de los pueblos. Qué importa que haya personas vendiendo en la calle cosas, comida, ganando apenas para pasarla, o de plano pidiendo limosna en las calles, lavando ventanillas de autos, haciendo malabares con naranjas, escupiendo lumbre, vestida de payaso, si el producto interno bruto muestra que el país es más próspero, y tiene una economía informal igualmente próspera.
En Asia, "hay problemas de falta de pollo".
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Eso en América Latina, para no ir muy lejos a otras partes del mundo. En Estados Unidos y el resto de las naciones desarrolladas hay otras crisis, otros tipos de pollo. Europa, donde se debate la idea de integración al menos desde hace cincuenta años, tiene un problema de organización administrativa; no hay pobreza como la conocemos, y los problemas son de espacios -y despacio- o de infraestructura envejecida: su pollo es enorme y complicado, pero les toca un poco más a casi todos.
En Asia hay problemas de falta de pollo (India, partes del sureste), de cambio de pollo (destacadamente Rusia y el resto de lo que fue la Unión Soviética, pero también Europa Central), y de pollo ajeno (naciones-maquiladoras, tigres de megabites del sureste asiático: Tailandia, Taiwán, quién sabe si todavía Hong Kong, etcétera).
África simplemente no tiene pollo, y si tuviera ya se habría terminado. En el continente están concentrados los males más viejos, más terribles: el hambre y las enfermedades, la pobreza; encima de eso, parecería que cada día comienza una nueva guerra...
Y en América Latina el pollo no se deja agarrar.
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