Fuerte, valiente, intenso en sus relaciones y apasionado. El radical Federico Storani eligió con cuidado cada palabra para definir al ex presidente argentino Raúl Alfonsín, en el día de su muerte a causa de un cáncer de pulmón.
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Alfonsín, como él mismo decía, intentó "separar la paja del trigo": reconquistar a aquellos militares que era más "legalistas", y descartar a aquellos irremediablemente golpistas
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"Fue el hombre más importante de la democracia en América Latina", consideró el político, quien compartió la militancia con "Don Raúl" en las filas de la Unión Cívica Radical (UCR), el partido que llegó al poder en 1983 tras la caída del régimen militar.
Storani, un abogado cordobés que integró la avanzada joven de la UCR en los años 80, había sido miembro fundador del Movimiento de Renovación y Cambio encabezado por Alfonsín y, con el advenimiento de la democracia, ocupó una banca como diputado nacional.
En diálogo con BBC Mundo, Storani celebró el legado de quien fuera una suerte de padre y mentor en la arena política, y destacó lo que -para él- constituyen los principales logros del periodo alfonsinista: el juicio a las juntas militares propiciado por el ex mandatario, y la defensa a ultranza de los valores democráticos.
Desde adentro del gobierno, ¿cuáles fueron los desafíos en este proceso de recuperación de la institucionalidad democrática que debió liderar Alfonsín?
El gobierno de Alfonsín fue un gobierno de "transición de ruptura" - es decir, una transición que no fue pactada, como lo fue en España o en Chile. En teoría, la ventaja de eso era que se podría avanzar sin condicionamientos... pero fue como caminar en un campo minado.
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Fue un caso único caso en América Latina: Alfonsín, como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, ordenó él mismo el procesamiento de las juntas. En un contexto regional complicado, cuando todavía no había democracias en Paraguay, Uruguay, Chile o Brasil
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Se quiso avanzar en primer lugar en el tema de las violaciones a los derechos humanos, porque eso iba a aportar un soporte moral al gobierno, y por eso se creó por decreto la Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), cuyo trabajo sirvió de base para la acusación fiscal que condenó a las juntas militares.
Fue un caso único caso en América Latina: Alfonsín, como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, ordenó él mismo el procesamiento de las juntas. En un contexto regional complicado, cuando todavía no había democracias en Paraguay, Uruguay, Chile o Brasil, el único país que sentó a los militares en el banquillo de los acusados fue el gobierno de Alfonsín.
En este contexto de ruptura, el gobierno radical debió enfrentarse a las presiones militares, que se convirtieron en un factor desestabilizante. ¿Hasta qué punto pudo Alfonsín anticipar esto?
Lo previó, sí... Ellos (los militares) quisieron establecer un acta de condicionamientos que nosotros rechazamos, pero al rechazarla sabíamos que íbamos a tener planteos militares permanentemente. Teníamos la legitimidad de ser un gobierno surgido de la voluntad popular, pero no éramos un gobierno revolucionario que había derrotado por la fuerza a los militares, que seguían en el país y tenían su propio peso.
Alfonsín, como él mismo decía, intentó "separar la paja del trigo": reconquistar a aquellos militares que era más "legalistas", y descartar a aquellos irremediablemente golpistas o habían cometido violaciones atroces a los derechos humanos.
Sin embargo, también impulsó la Ley de Obediencia Debida (por la que se exoneraba a quienes habían ejercido cargos de menor rango), que parece una contradicción en este sentido.
Para Storani, la prioridad del gobierno de Alfonsín era preservar la democracia.
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Él también previó lo que se llama "grados de responsabilidad" porque, seamos sinceros, ni en Nuremberg, después de la Segunda Guerra Mundial, se juzgó a todo el mundo...
El proyecto de Obediencia Debida fue cuestionable, porque nosotros no aceptábamos la "doctrina de obediencia ciega", que establece que no hay culpabilidad cuando se actúa cumpliendo órdenes. Pero Alfonsín buscó separar a los que eran los responsables políticos (de las violaciones a los derechos humanos) de aquellos que cumplieron órdenes.
Por supuesto que hubo casos que se escaparon de estas previsiones legales, pero fíjese que cuando él deja el poder en 1989, todos los comandantes en jefe y comandantes de las zonas militares estaban presos. Por eso es una injusticia comparar estas leyes con los indultos de (el ex presidente Carlos) Menem.
¿Aún hoy cree que estas leyes de Obediencia Debida y Punto Final son justificables?
Las dificultades para avanzar eran extremas. Por lo tanto, había que responder al planteo moral de no consagrar la impunidad, pero a la vez tener un cuidado extremo en no "pisar una mina y explotar", como decíamos. El bien mayor a preservar era la estabilidad democrática.
Hoy es como cazar leones en el zoológico plantear el tema de la persecución de los militares, pero en ese momento no era tan fácil.
Pero sí, a mí la Ley de Obediencia Debida me causaba problemas serios, y así lo manifesté en ese momento aunque voté en el parlamento con disciplina partidaria.
Su gestión también marcó una reinserción de Argentina en el contexto internacional. ¿Qué legado cree que dejó en este ámbito?
La visión de Alfonsín fue desarmar las doctrinas militares, que nos habían enfrentado con los pueblos que están más cerca nuestro, como Chile o Brasil.
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Yo fui presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados, y la misión que yo recibí directamente de Alfonsín fue ayudar a la democracia en los territorios hermanos
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Yo fui presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados, y la misión que yo recibí directamente de Alfonsín fue ayudar a la democracia en los territorios hermanos.
Por ejemplo, le dimos un espacio a (Wilson) Ferreira Aldunate (militante opositor al régimen militar en Uruguay), para que hiciera un acto en territorio argentino cuando todavía no había democracia en su país; yo personalmente encabecé la delegación parlamentaria por el plebiscito en Chile, que ayudó al triunfo del "No", y fui en misiones "non sanctas" a Bolivia para evitar el triunfo de (el general Hugo) Banzer.
La visión de Alfonsín era, si se quiere, "intervencionista" pero pro-democrática.
Para alguien que busca la fortaleza de las instituciones, dejar el poder antes de tiempo debe haber sido un golpe duro. Usted que lo conoció, ¿cuáles cree que han sido las cuentas pendientes del ex presidente?
La paradoja es que, durante la década del 80, los procesos económicos socavaron las tradiciones democráticas. No hubo un gobierno en la región, incluido el de Alfonsín, que pudiera subsistir a condiciones tan desfavorables.
Pero la cuenta pendiente que él mencionaba siempre es la cuestión social. No puede ser que un sistema democrático haya niveles tan altos de pobreza, marginalidad y exclusión, y él hablaba de esta deuda social.