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Viernes, 5 de diciembre de 2008 - 14:10 GMT
"Nuestra misión: golpear y retirarnos"
Max Seitz
Max Seitz
BBC Mundo, Buenos Aires

Marcelo Jorge Karlen.
Foto de Jorge Karlen en la época del conflicto.
Marcelo Jorge Karlen, hoy con 49 años, fue uno de los soldados argentinos movilizados en diciembre de 1978, cuando su país estuvo al borde de la guerra con Chile por la soberanía de una zona del Canal de Beagle.

Karlen, quien en aquel momento era un paracaidista comando del ejército, cuenta a BBC Mundo cómo vivió aquel momento "traumático" que, según afirma, aún le da pesadillas.


Yo era un soldado de la clase '58 y en ese momento tenía apenas 19 años. Como comando paracaidista pertenecía a las fuerzas especiales del ejército argentino, al Regimiento de Infantería Aerotransportado 14, con sede en Córdoba (centro del país). Saltábamos con paracaídas israelíes y yo era francotirador.

El regimiento estaba bajo la órbita del general Luciano Benjamín Menéndez, quien estaba decidido a invadir Chile.

En abril de 1978 me habían dado de baja provisoriamente tras 15 meses de servicio militar, pero mantuve el grado de dragoneante, que es el primer grado de reserva.

Entonces los oficiales nos dijeron que, pasado el Mundial de Fútbol de julio de 1978 en Argentina, muchos de nosotros íbamos a estar de regreso en el ejército. En su momento no lo creíamos ni lo entendíamos.

Pero así fue. En octubre recibí un telegrama, como muchos otros, que hacía referencia a la ley general de movilización de las reservas. Se me daba 48 horas, bajo ley marcial, para presentarme en la unidad de destino militar anterior.

Marcelo Jorge Karlen

Evidentemente era por el conflicto con Chile. Nos dimos cuenta de que en realidad habíamos sido preparados específicamente para esa guerra, para participar en el llamado "Operativo Soberanía". La junta militar buscaba una proyección hacia el continente antártico y controlar el paso bioceánico, para lo cual había que neutralizar a Chile.

Una vez reincorporado fui preparado durante casi tres meses para una guerra inminente.

El 22 de diciembre, a las seis de la tarde, el teniente coronel nos dijo: "Señores, acaba de llegar esto". Era un radiograma que decía textualmente: "A partir de las 2200 horas, Argentina se encuentra en estado de guerra con la República de Chile. Comenzar Operativo Soberanía". Firmaba el teniente general Roberto Viola, jefe del ejército durante la presidencia de Jorge Rafael Videla.

Ese día no me lo olvido más. Yo cumplía 19 años y en una misa con un capellán nos dieron la extremaunción y nos repartieron las chapas de identificación para nuestros futuros cadáveres, con grupo sanguíneo, y a la vez firmamos un testamento para nuestras familias.

Yo cumplía 19 años y en una misa con un capellán nos dieron la extremaunción y nos repartieron las chapas de identificación para nuestros futuros cadáveres, con grupo sanguíneo, y a la vez firmamos un testamento para nuestras familias.

Yo pensaba en el gran dilema de tener que matar o morir. Y me figuraba que del otro lado de la frontera había otro joven como yo con el mismo pensamiento.

Esta experiencia fue absolutamente traumática no sólo para mí. Yo estaba a cargo de una sección de 30 bisoños soldados de 18 años y hacía una semana que dormíamos con el equipo de combate para entrar en acción en cualquier momento. Ellos estaban aterrorizados y yo tenía que contenerlos.

En tres horas tuvimos que prepararnos para embarcar en Córdoba en aviones Hércules y Fokker , para ser trasladados a Comodoro Rivadavia (a unos 1.800 kilómetros al sur de Buenos Aires).

Desde allí querían llevarnos cerca de la frontera con Chile. La idea era que un grupo de 1.500 paracaidistas saltaran sobre la ciudad chilena de Punta Arenas y otros 1.500 sobre tres islas en disputa en la zona del Canal de Beagle: Picton, Lennox y Nueva.

Nuestra misión era golpear y retirarse. Hablo de penetración, sabotajes, toma de datos y repliegue. Se esperaba que Chile se rindiera enseguida.

En aquel momento se vio la mayor concentración de tropas de la historia argentina. Fuimos unos 250.000 efectivos argentinos listos para atacar.

Terminamos el día llorando, dando gracias a Dios y al papa Juan Pablo II por evitar la guerra. (...) Festejamos la vida en lugar de la muerte.

Pero a las 21:00 de ese mismo 22 de diciembre, una hora antes de comenzar la guerra, recibimos otro radiograma. Decía: "Suspender acciones Operativo Soberanía. Se acepta mediación papal momentáneamente". Firmado: teniente general Viola.

Terminamos el día llorando, dando gracias a Dios y al papa Juan Pablo II por evitar la guerra. Por orden del jefe del regimiento, tomamos sidra a discreción. Nos bebimos toda la que estaba reservada para Navidad. Festejamos la vida en lugar de la muerte.

Y al día siguiente, el 23 de diciembre, nos dieron de baja provisoria con la consigna de estar alertas porque podíamos ser movilizados en cualquier momento, ya que el tema no estaba concluido.

Recuerdo que la tirantez con Chile se mantuvo en los años siguientes. Y nosotros seguimos sufriendo la tensión psicológica y emocional, hasta que en 1984 se firmó el Tratado de Paz y Amistad con el gobierno chileno.

Durante el conflicto, los jefes militares consideraban a Chile como nuestro enemigo natural e histórico. Pero yo no odiaba a los soldados chilenos. Tanto ellos como nosotros éramos víctimas de generalotes que estaban enloquecidos por hacer la guerra.

Yo no odiaba a los soldados chilenos. Tanto ellos como nosotros éramos víctimas de generalotes que estaban enloquecidos por hacer la guerra

A todos nos quedaron secuelas imborrables. Yo he tenido pesadillas de que estaba volando en un Hércules y saltaba hacia la muerte.

Hay cosas que no puedo olvidar. Hubo muchos accidentes (durante el entrenamiento) por falta de experiencia. A mí, por ejemplo, me tocó armar el cadáver de un compañero que tenía la cabeza y el cuerpo partidos en dos por manejar artillería con impericia. Y tuve un colega que murió porque una granada se le descolgó de donde la llevaba.

Tampoco se me borra de la mente el maltrato del que fuimos víctimas por parte de los jefes militares.

Yo tengo actualmente contacto con veteranos chilenos y nuestros reclamos coinciden: pedimos a los gobiernos que no nos sigan discriminando, porque nunca se nos dio reconocimiento moral e histórico como veteranos, ni contención afectiva. Pareciera que nuestra memoria fue sepultada.

Muchos compañeros argentinos de aquella época, hoy son 180.000 vivos, están desocupados o no tienen un trabajo digno. Por eso exigimos también una pensión similar a la que se otorga a los veteranos de la guerra de Malvinas.



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