El gobierno cubano evalúa las pérdidas materiales en US$5.000 millones.
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Desde hace 15 días el gobierno de Raúl Castro está pasando su prueba de fuego: la mayor parte de los cubanos con los que he hablado aprueban su gestión de la crisis durante e inmediatamente después del paso de los huracanes por la isla.
La rápida evacuación de más de tres millones de personas en los dos ciclones permitió un número reducido de víctimas mortales, siete fallecidos, e incluso la salvaguarda en lugar seguro de muchas de las pertenencias de los evacuados.
Muy efectiva fue también la ayuda a los damnificados. Al día siguiente de que pasara Gustav por Pinar del Río estaban llegando los alimentos y las tejas para los techos, mientras que en la oriental Baracoa los camiones llegaron antes de que Ike abandonara Cuba.
La precisión lo marcó todo. Para evitar el robo de la ayuda, instauraron un sistema en el que, desde las gallinas que se vendieron hasta las tejas que se regalaron, iban directamente del camión que las trasportaba a las manos de los damnificados.
Sin embargo, ahora es que empieza lo peor para el gobierno: ahora tiene que afrontar la administración de una crisis de enormes dimensiones en las viviendas, la agricultura, la electricidad y las comunicaciones.
Las autoridades sitúan las pérdidas en US$5.000 millones de dólares.
Especulación y corrupción
La primera medida fue tomada mientras pasaba el ciclón por Cuba: aumentaron los precios de los combustibles en más de un 80%, una medida que, al hacer más caro el transporte, repercutirá sin lugar a dudas sobre otras áreas económicas.
En Camagüey vi vendiendo plátanos a cinco pesos, de tres a cinco veces más su valor, y en La Habana me dicen que también se han disparado los precios. Éste es el efecto de los huracanes sobre las cosechas, reforzado por el aumento de los precios de la gasolina y el diesel.
Pero también es el efecto de los especuladores que trataran de hacerse ricos gracias a la crisis alimentaria de sus conciudadanos y a funcionarios que roban tejas de los damnificados, como me consta que ocurrió en Pinar del Río.
Para poder administrar esta crisis, Raúl Castro tendrá que luchar contra el mal de la corrupción, un cáncer que acompaña a Cuba desde su fundación como nación, que ningún gobierno ha podido combatir con éxito y que crece en medio de las dificultades.
El desafío de la productividad
En medio del paso de los ciclones el gobierno decretó un aumento de los combustibles del 80%.
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Pero sobre todas las cosas deberá liberar las fuerzas productivas del país para que la economía pueda desarrollarse y restañar las heridas dejadas por los huracanes. Las reformas prometidas y las sospechadas parecen hoy más necesarias que nunca.
El reparto de las tierras ociosas entre los pequeños campesinos y las cooperativas se hace imprescindible para aumentar la productividad agrícola en un momento en el que se han perdido gran parte de las cosechas de tubérculos, vegetales y frutas.
Además Raúl Castro necesita buscar nuevos mecanismos en las empresas del Estado para aumentar su productividad y para terminar con un estilo que los cubanos definen diciendo que "el gobierno hace como que nos paga y nosotros hacemos como que trabajamos".
Gracias a la acción de defensa civil se salvaron vidas e incluso pertenencias de los damnificados.
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La aplicación de la ley que elimina los topes salariales (que impedían que los cubanos ganaran más si trabajaban más) fue aplazada hasta diciembre, un retraso incomprensible en un momento en el que se hace necesario lograr una mayor productividad.
La apertura del trabajo por cuenta propia con licencias para transporte de pasajeros fue decretada pero no aplicada.
Es como si las reformas impulsadas por Raúl Castro se diluyeran antes de llegar a la base de la pirámide social.
En Gibara vimos a una mujer tratando de recuperar los bloques de su casa destruida, le pedimos permiso para hacer fotos y nos respondió "hagan lo que les parezca, yo lo que quiero es morirme, si no me mato es sólo por mis hijas".
El gran reto del gobierno de Raúl Castro está en cambiar ese estado de ánimo, que incluso podría volverse en su contra. El reto es mostrarle a la población que existe una luz al final del túnel y que el pragmatismo del gobierno les permitirá llegar a ella.