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Jueves, 15 de mayo de 2008 - 17:33 GMT
Día 8: adiós, "pulmón del planeta"
Valeria Perasso
Valeria Perasso
Enviada especial al Amazonas

La travesía por el Amazonas llegó a su fin. Es hora de despedidas en la tierra de los mil verdes.

Bote en el que viajaban por el Amazonas los periodistas de la BBC
Valeria Perasso viajó por el Amazonas a bordo del "Dom Nestor". Vista del río al atardecer

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Fueron ocho días. Muy pocos para conocer de cerca todas las realidades que este rincón del planeta encierra. Suficientes, sin embargo, para confirmar que la "paradoja amazónica" es de resolución tan compleja como urgente.

La tensión constante entre desarrollo económico y protección del medio ambiente nos salió al paso en cada parada a la vera del río, en las ciudades amazónicas, y en cada oficina de gobierno que visitamos antes de iniciar el recorrido.

Poco queda de nuestra primera impresión, aquella del manto homogéneo que se veía desde el aire a nuestro arribo a la zona. La tierra de los mil verdes es también la tierra de las mil caras.

Río arriba.

¿Cómo salvar este rincón de belleza desmedida, que ocupa casi la mitad de nuestro continente suramericano y es un ecosistema vital para la supervivencia del ser humano?

Según un estudio de científicos británicos y brasileños, publicado en la revista Science, de mantenerse la tasa de deforestación y el daño irreversible de la biodiversidad, la selva podría quedar reducida a la mitad de su extensión original en sólo 40 años más.

Es cierto que las voluntades políticas, las decisiones de gobiernos e instituciones, y las pulseadas entre intereses económicos diversos tienen importancia central en revertir esta condena de muerte que pesa sobre el Amazonas.

Paulo Adario, representante de Greenpeace en Brasil, dijo a BBC Mundo que a este país "le hace falta tiempo" para desarrollar un modelo efectivo que permita, a la vez, explotar y preservar.

En tanto, la comunidad internacional también contempla políticas de rescate para este "pulmón del planeta". La "Hoja de Ruta de Bali", delineada por la ONU en diciembre pasado, es uno de los instrumentos que compromete a otros países a reconocer, y remunerar, los servicios que la selva presta a la salud del planeta.

De madrugada en el Amazonas.

Sin embargo, muchos de aquellos que encontramos en el camino expresaron una verdad que es, también, un pedido de auxilio: todos nosotros, los "no-amazónicos", también tenemos un papel fundamental que cumplir, desde nuestro rol de consumidores.

Es ejercitar el derecho al consumo responsable.

Después de todo, como me dijo alguien durante el viaje, la selva no desaparece. No. Se trasforma. Se convierte en la silla en la que quizás usted esté sentado ahora, en el pescado del almuerzo, o en el alimento del ganado que luego llega a las góndolas de su supermercado.

Dilema abierto

Me voy de aquí con más preguntas que certezas.

¿Que si es posible conciliar desarrollo y sustentabilidad, como se pregunta Beatriz, una lectora de BBC Mundo desde Noruega? Muchos de los ejemplos que nos salieron al paso -silenciosos algunos, fruto de programas institucionalizados otros- me hacen creer que sí.

¿Cómo suena la selva?

Luego, claro, queda el desafío de convertir pequeños éxitos en programas de amplio alcance que perduren en el tiempo.

Me quedo, también, con una sensación de enorme privilegio por haber estado aquí. Con el recuerdo de la primera zambullida en las aguas cálidas del río, con las nubes negras de las tormentas de todas las tardes, la oscuridad impenetrable de la noche en cubierta, los olores de los puertos de las ciudades del trópico, y el desfile de barcos y botes que no dejan de saludar nuestro paso.

Quiero agradecerles su compañía: fue una emoción enorme leer sus mensajes cada noche, gracias a un teléfono satelital a bordo (y a la colaboración de mis colegas en Londres y de los técnicos del barco para sortear las dificultades tecnológicas).

Gracias, de corazón. Espero haberles transmitido parte de la magia y la tragedia de este rincón del planeta.


RESPUESTAS A LOS LECTORES

Antes de despedirme, quiero responder algunas de las preguntas que ustedes fueron enviando a la casilla de correo de BBC Mundo.

Jorge J. Santiago, desde Filadelfia, y Alex, de Panamá, hablan del impacto de la minería y los biocombustibles en el deterioro del ecosistema amazónico.

Ciertamente, son muchos los modos de explotación que no hemos mencionado. La construcción de represas hidroeléctricas y el trazado de rutas por el corazón del bosque, así como el ecoturismo, son algunos de ellos.

La minería, tanto a manos de grandes empresas como con los garimpeiros que extraen oro del lecho del río, eleva el grado de toxicidad de las aguas y erradica poblaciones enteras de peces, además de generar migraciones de las comunidades tradicionales.

El caso de los biocombustibles es aún más complejo. En teoría, el impacto no es directo, porque esta región no es apta para los cultivos que luego se usan para fabricar etanol y biodisel.

Así lo afirma, por ejemplo, el gobierno de Brasil. Sin embargo, muchos expertos alertan que la necesidad de dedicar terreno a estas plantaciones en otras áreas del país obliga al desplazamiento del ganado hacia el Amazonas, aumentando lo que se llama "arco de deforestación" por explotación ganadera.

Desde Venezuela, Carlos Ramírez se pregunta si es posible combatir el calentamiento global.

En realidad, una de las razones por las que el cuidado del Amazonas es de vital importancia es, precisamente, porque ayuda a reducir el efecto invernadero. Juega un papel central en el ciclo del carbono: de los 200 mil millones de toneladas de este gas, dañino para la atmósfera, que son "procesados" por los árboles del planeta, 70 mil millones se concentran en el Amazonas solamente.

En este momento, se estima que esta selva absorbe el 10 por ciento del total de emisiones. Por eso, en la lógica ambientalista, la tala de selva equivale a emitir más carbono, porque cada árbol que desaparece limita la capacidad de eliminación de este gas en la tierra.

A José Guzmán, de República Dominicana, y a muchos otros que escribieron a BBC Mundo le interesa conocer cómo es la vida de las comunidades tradicionales y de los indígenas.

Lo cierto es que las realidades de los habitantes del Amazonas brasileño son variadas: es una región extensa, que cruza varios estados (y por tanto, está sometida a las decisiones de distintas autoridades), con zonas de reserva bajo protección especial y otras zonas sin asistencia alguna, con áreas modificadas por la llegada de alguna forma de explotación económica a gran escala y otras dedicadas a la economía de subsistencia...

Los indígenas, en tanto, lograron organizarse en la Coiab, que coordina a instituciones aborígenes del Amazonas brasileño. Sus tierras representan el 22 por ciento de la cuenca amazónica, y su trabajo coordinado les ha permitido reclamar sus derechos ante el gobierno federal.

Hay muchos proyectos en marcha en este marco: desde la creación de redes de comunidades, hasta un plan de "mapeo etnográfico", para desarrollar modelos de explotación adecuados a cada reserva indígena. Uno de sus principales problemas, por cierto, es que muchos de ellos carecen de documentos, lo que en ocasiones les impide acceder a beneficios o planes del estado.

En respuesta al mensaje de Rocío de la Rosa, de Panamá: estos grupos, junto con las comunidades tradicionales, viven en un modelo de economía de subsistencia, que es el que los ambientalistas quieren preservar y fortalecer, en busca de garantizar la conservación del bosque.

El Amazonas es tierra de aguas. David, de Campo Novo do Parecis, e Iván Boada, de Venezuela, me preguntan sobre este aspecto.

La "autopista" del río más caudaloso del mundo recibe el aporte de unos mil tributarios. Tiene unos 6.800 kilómetros de largo, según un estudio reciente de científicos brasileños, que lo confirma como el más largo y deja al Nilo en segundo lugar. Es la cuenca más grande del planeta, y durante el año puede triplicar su extensión: de 110 mil kilómetros cuadrados, a 350 mil en épocas de lluvias.

Hay porciones del río con tráfico rápido y buques comerciales, y otros brazos del río, en cuyas márgenes se instalan los pobladores amazónicas, con corrientes más suaves y sólo accesibles por botes pequeños. En nuestra navegación, nos guiaba un capitán con 25 años de experiencia (y aun así nos quedamos varados una noche, en una zona baja con troncos y vegetación flotante).

Fueron muchos los lectores curiosos por conocer detalles de la fauna. Entre ellos, Juan Carlos Astocaza, desde Lima; Gastón Gabriel, de Argentina; y Marco Tulio, de México.

A ellos, temo decepcionarlos: pese a la alta concentración de especies en esta región, la fauna que divisamos fue escasa. Nuestro capitán nos dice que los animales "se esconden de nosotros", y que es necesario alejarse del río para ver ejemplares exóticos.

Sí divisamos tapires, un herbívoro de esta zona (con una nariz puntiaguda, como la de un elefante en miniatura), botos o delfines amazónicos, y muchas clases de aves e insectos. Entre los peces más comunes, se cuenta el pirarucú (fundamental en la dieta base de la región), tambaquí (un pez que se alimenta sólo de plantas), y las temidas pirañas. Estas aguas encierran, según las estadísticas, un número mayor de especies que todo el océano Atlántico.



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