Actualmente reina la paz en el norte de El Salvador, antiguo escenario de cruentas batallas.
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Durante los años 90 trabajaba como periodista para la BBC en El Salvador.
Días atrás regresé a este pequeño país centroamericano, y descubrí que 15 años después del fin de la guerra civil, los salvadoreños viven de nuevo un clima de zozobra e inseguridad, esta vez no por la lucha guerrillera, sino por la criminalidad desenfrenada.
Según Naciones Unidas, la tasa de homicidios en El Salvador ha llegado a los 55 por 100.000 habitantes, sólo comparable en América Latina con Colombia, que está sumergido en su propia guerra civil.
Robos a plena luz de día, asaltos a mano armada, extorsiones....todo ello está a la orden del día en un país que aún se recupera de 12 años de conflicto interno.
Al llegar recientemente a la capital, San Salvador, cinco años después de haber dejado el país, me impacta ver nuevamente a los guardias de seguridad en cada esquina de la ciudad.
Están armados hasta los dientes, custodiando a los centros comerciales y muchas tiendas comunes, y apostados hasta en las afueras de algunos centros escolares.
El barrio donde vivía, un sector de clase media-baja, se ha amurallado con barreras metálicas de seguridad, con vigilantes vestidos de civil, armados con mejores equipos que los de la policía nacional civil.
Cada vecino paga una cuota para que vigilen quién entra y quién sale a toda hora del día y de la noche.
Logro político
Muchos agricultores del norte salvadoreño fueron antiguos guerrilleros durante la guerra civil.
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En el ámbito político, eso sí, las disputas hoy se resuelven por medio de las palabras y los debates: la guerrilla izquierdista ya es partido político legal, tiene una buena representación legislativa, y además controla muchas municipalidades, entre ellas, la capital.
Ya no se habla de la persecución por razones políticas, un logro importante en un país donde miles fueron desaparecidos por hablar en contra del gobierno de turno.
Me encuentro con algunos viejos amigos, entre ellos un jefe de policía, un ingeniero civil, una periodista.
Todos concuerdan en lo mismo, que la paz produjo un cambio político, dramático y perceptible, pero que esto no es suficiente.
La paz social todavía está lejos. Todos dicen que, si pudiesen, saldrían a vivir fuera del país por el bien de sus hijos. Las perspectivas de un futuro mejor no son alentadoras, me comentan.
Los peores combates ocurrieron al norte y este de El Salvador.
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Me desplazo hacia las zonas rurales, a una de las regiones donde la guerra fue más fuerte.
Allí encuentro un ambiente diferente a lo que se vivía en los primeros años después de terminar el conflicto.
En ese entonces los pobladores, muchos de los cuales habían regresado del exilio en los campamentos de refugiados en el país vecino de Honduras, se expresaban con optimismo sobre las perspectivas de la paz.
En el acuerdo de paz que fue negociado entre la guerrilla y el gobierno en 1992, bajo los auspicios de Naciones Unidas, muchos de estos campesinos recibieron títulos de propiedad de tierras para poder cultivar.
Fue, según muchos, otro gran logro en un país donde por décadas la tenencia de la tierra estaba concentrada en pocas manos.
Contraste
Hoy en día los pueblos de las antiguas zonas conflictivas gozan de calles pavimentadas en vez de calles polvorientas, de casas de cementos en vez de barro, y de escuelas y servicios básicos que nunca tuvieron en los años más crueles de la guerra.
Todavía son demasiado pocos los jóvenes en zonas rurales que consiguen graduarse.
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Asisto a la graduación de una veintena de jóvenes en la escuela de uno de los poblados.
Es una ceremonia sencilla, donde el maestro habla de lo logrado por los jóvenes y de los desafíos que vienen por delante.
No es un logro cualquiera: la mayoría de las familias son campesinos pobres, muchos padres son analfabetos y vivieron lo peor de la guerra en carne propia. Con razón se sienten orgullosos de sus hijos e hijas.
Sin embargo, de ese grupo de jóvenes que hoy se gradúan, sólo unos pocos podrán ir a la universidad; la mayoría se quedará para trabajar en el campo o buscará nuevos horizontes en tierras lejanas.
La tentación de emigrar a Estados Unidos es grande y cada vez son más los jóvenes que salen de las zonas campesinas hacia el norte, donde ya viven mas de 2,5 millones de salvadoreños.
Es hora de poner fin a mi viaje y me despido nuevamente de El Salvador, ese pequeño país conocido popularmente como "el valle de las hamacas" por sus frecuentes temblores y terremotos.
A 15 años del fin de la guerra, me pregunto, ¿qué tanto tienen los salvadoreños para celebrar?