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Martes, 18 de abril de 2006 - 23:00 GMT
Un Alcatraz muy diferente
Greg Morsbach
BBC

Las paredes grises de la cárcel de alta seguridad El Tocorón, ubicada en el estado de Aragua, Venezuela, están llenas de cientos de orificios de bala. Son testimonio de la historia de violencia y motines de la prisión.

Ex pandilleros cultivan y tuestan café orgánico
Ex pandilleros cultivan y tuestan café orgánico.
En muchos aspectos, El Tocorón no es diferente de otras cárceles en Venezuela y América Latina.

"El último gran motín ocurrió aquí en la Semana Santa de 2003", dice Gabriel García, un preso condenado por homicidio involuntario. "Mucha gente murió. Fue un baño de sangre".

Bandas armadas controlan grandes secciones de la prisión, dicen algunos de los presos. Cada semana hablan de asesinatos y amenazas de muerte.

Un alto funcionario del recinto, Aquilio Arellana, señala que la cárcel no es, de ninguna manera, la peor en Venezuela, pero admite que hay margen para mejorar.

"Incluso el sacerdote que atiende a los internos recibe amenazas de muerte de las bandas que controlan partes de El Tocorón", afirma.

Sin embargo, a sólo una hora de camino de las paredes de la prisión se encuentra un lugar con un método del todo distinto para rehabilitar delincuentes, muchos de los cuales han cometido delitos serios.

Justo atrás de la villa de El Consejo, al final de un largo camino, alineado por palmas a derecha e izquierda, está la granja y destilería de ron Santa Teresa.

Santa Teresa, enclavada en un frondoso y verde valle rodeado de miles de hectáreas de campos de caña de azúcar, alberga al llamado Proyecto Alcatraz.

Alrededor de 300 jóvenes, que pertenecían a pandillas callejeras violentas en los pueblos marginales vecinos, son ahora parte del proyecto.

Segunda oportunidad

Jason López, de 19 años, casi no ha tenido infancia o adolescencia.

Entrenamiento de rugby para ex pandilleros.
Los internos juegan rugby "para liberar cualquier agresión".
Sus ojos se llenan de lágrimas cuando recuerda el pasado: "Maté a siete personas y he herido a muchos otros. Estaba en una pandilla. Todo lo que hice fue malo".

Pero Jason -quien ha estado en el programa en los últimos tres años- afirma que ahora es una persona completamente diferente.

"El Proyecto Alcatraz ha cambiado mi manera de pensar. Quiero reparar el daño que he hecho y quiero contribuir a la sociedad".

A Jason, igual que a otros ex pandilleros, se le dio la opción al ser detenido por la policía: o ir al tribunal y ser condenado y encarcelado por un juez o unirse al proyecto Alcatraz.

Si escogen la última opción, a los jóvenes se les enseña el valor del trabajo duro y de ser productivo.

Muchos de ellos cultivan y tuestan café orgánico, el cual es vendido en las tiendas por la empresa de ron a US$16 por medio kilo. Hay planes para exportar el café a Estados Unidos y el Reino Unido el próximo año.

Trabajo de equipo

A primera vista, los jóvenes no parecen ser diferentes de cualquier otro adolescente del campo venezolano.

Sin embargo, sus historias personales van desde asesinato, robo armado, drogadicción y violencia pandillera.

Muchos en la sociedad venezolana, incluyendo sus propias familias y la policía, piensan que ya no tienen remedio.

Alberto Vollmer
En los últimos tres años los delitos graves han caído 76% en la comunidad local
Alberto Vollmer
Proyecto Alcatraz
Pero el Proyecto Alcatraz, con su duro programa de reeducación, les ha dado una segunda oportunidad en la vida.

Algunos reclusos abandonaron el centro durante los primeros tres meses del proyecto, donde la pasaron en lo alto de las colinas cultivando café.

Quienes se quedaron en la segunda fase, reciben tratamiento psicológico y rugby.

"El rugby les enseña a los muchachos a trabajar juntos en equipo y les ayuda a liberar cualquier agresión que puedan tener", afirma Alberto Vollmer, fundador del proyecto y propietario de la empresa de ron.

Vollmer admite que la comunidad local y la policía tenían al principio poca confianza en sus planes para el novedoso proyecto.

"Había gente que al principio no estaba contenta con tener una concentración alta de jóvenes delincuentes tan cerca del pueblo", dijo el empresario, cuya destilería ha pertenecido a su familia por más de 200 años.

"Pero las estadísticas oficiales de delincuencia muestran que los últimos tres años los delitos graves han caído 76% en la comunidad local. Hemos acabado con cuatro pandillas peligrosas", explica Vollmer.

"En algunas calles que solían ser áreas prohibidas incluso para la policía hay ahora paz".

Para aquellos que llegan a la tercera parte del Proyecto Alcatraz existe la posibilidad de obtener un trabajo de tiempo completo en la granja Santa Teresa.

"Digámoslo claro. No me va a hacer rico", dice Tomás, ex adicto a la cocaína, quien ahora es jefe de cocina.

"Pero me siento orgulloso de lo que he logrado y cuán lejos he llegado desde que toqué fondo".



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