Cerca de 12 millones de personas viven en Buenos Aires.
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La economía argentina parece estar floreciendo. El desempleo cae, las exportaciones suben y la economía crece mes tras mes. Pero estas estadísticas, ¿nos cuentan la historia completa?
No hay nada como el centro de Buenos Aires a la hora del almuerzo, cuando miles de trabajadores hambrientos salen a la calle para llenar los excelentes restaurantes y cafés.
Bien vestidos, confiados -algunos incluso podrían decir presuntuosos- es difícil de creer que hace apenas pocos años Argentina se hallaba de rodillas.
En diciembre de 2001, el presidente Fernando de la Rúa huyó del palacio presidencial en helicóptero, los ricos trasladaron su dinero al extranjero, los bancos pusieron límites estrictos a lo que los clientes podían retirar de sus propias cuentas y el país se declaró en moratoria del pago de su deuda externa, el "default" más grande de la historia.
Hubo manifestaciones violentas, saqueos y algunas muertes.
Muchos perdieron todo, mientras miles, sin esperanzas para el futuro, dejaron el país.
Nadie está diciendo que Argentina se ha recuperado por completo -no todavía, en cualquier caso- pero casi todos los días, los titulares de la prensa proclaman un desempleo cada vez más bajo, exportaciones más altas, crecimiento económico mes tras mes y una caída en los niveles de pobreza.
La ministra de Economía, Felisa Miceli, llega a su trabajo con una sonrisa casi permanente en su rostro.
Mendigos y vendedores
Pero mientras leo estas historias en el subte -el metro de Buenos Aires-, de camino a las oficinas de la BBC en el centro de la ciudad, soy interrumpido por un desfile de personas que no está disfrutando los beneficios de esta prosperidad.
Hombres vendiendo lapiceras, destornilladores, abrochadoras (engrapadoras), robots danzantes y cintas métricas.
Ciegos tocando la armónica, pensionados del campo rasgando guitarras maltratadas y niños descalzos que llevan a sus abuelos lisiados vagón por vagón, con una mano o un sombrero extendido pidiendo limosna.
Niños de no más de cinco o seis años dejan notas en el regazo de los pasajeros, implorándoles que les den algunas monedas para comer.
Un hombre joven con voz fuerte y confiada anuncia sin vergüenza que tiene SIDA y que no puede pagar el tratamiento.
La mayoría de los días veo a un hombre viejo con un inmenso tumor en su cuello que trata de pronunciar algunas palabras para intentar vender cajas de vendajes para heridas.
Aunque no las necesito, compro una por lástima.
Pero quizás lo más sorprendente es la mujer que lleva a su hijo lisiado quien a su vez muestra sus extremidades torcidas a todos los transeúntes, mientras ella agita una taza de metal.
Algunos dan dinero, otros casi no bajan la mirada o deciden espantar con la mano a los mendigos y a los vendedores.
El otro lado
Cerca de 500 personas arribaron a la apertura de comedores comunitarios en Buenos Aires.
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Justo antes de la medianoche, los camiones de basura se dirigen a las calles de los vecindarios de la clase media, que tienen rejas, dispositivos de seguridad y vigilantes.
Pero antes de que recojan la basura, observo a un grupo de gente que se escurre entre los desperdicios y las sombras, tratando de encontrar entre las bolsas plásticas vidrio, papel, cartón, y en general cualquier cosa que pueda ser reciclada.
La recuperación de Argentina es más obvia en Buenos Aires, donde hay un incremento en las obras de construcción y los bajos precios atraen a gran cantidad de turistas.
La pobreza es más visible en el interior de Argentina y la atracción de las ciudades -donde comunidades pueden vivir de lo que la gente pudiente ya no necesita- es obvia.
Sería fácil ignorarlos -esa gente que vive de lo que otros dejan en la basura- y muchos lo hacen, en medio de carros nuevos, ropa de moda y restaurantes.
Comedores comunitarios
Quizás el símbolo más profundo de la recuperación de Argentina está en Puerto Madero, ciudad donde alguna vez los puertos fueron abandonados y dejados a merced de las ratas.
Pero en los últimos años, esas áreas fueron compradas por inversionistas inmobiliarios y reconstruidas.
Ahora existen costosos hoteles, restaurantes de lujo y algunos de los más caros apartamentos en Buenos Aires.
Pero incluso aquí, especialmente aquí, está el más crudo recuerdo de que Argentina todavía tiene un problema, con la apertura -justo en el medio de esta pujante zona- de un comedor comunitario que atenderá sólo a niños pobres y pensionados.
Será administrado por uno de los más famosos manifestantes radicales, Raúl Castells, en un terreno donado por un acaudalado empresario.
Un gran cartel, a la vista de los clientes del hotel Hilton dice: "Estamos luchando por una Argentina donde los perros de los ricos no estén mejor alimentados que los niños de los pobres".
Señales de recuperación
La pobreza no es nada nuevo en Latinoamérica y lo que se sufre en las favelas de Río de Janeiro o los poblados paupérrimos de Lima es probablemente mayor y más drástico que lo que se puede ver en Argentina.
Y siempre ha habido gente pobre en Argentina, víctimas de una serie de políticos corruptos y equivocadas políticas económicas.
Las cifras oficiales muestran que el año pasado el número de niños argentinos clasificados como pobres cayó de 62% a 58%.
Pocos se están muriendo de hambre, pero en un país que se jacta de tener la mejor carne del mundo y millones de hectáreas productivas, muchos no comen lo suficiente y decenas de miles de niños tienen una dieta escuálida.
La reducción de la pobreza y las señales de recuperación deberían ser, sin duda, bienvenidas, pero es difícil aplaudir muy fuerte cuando niños descalzos que deberían estar en el colegio intentan venderme otro juego de lápices que no necesito ni quiero.