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Miércoles, 14 de diciembre de 2005 - 16:37 GMT
Niños entre piedras y pólvora

Mariusa Reyes
BBC, Guatemala

"El mundo le da la espalda a cientos de millones de niños explotados", declaró este miércoles UNICEF al presentar el informe anual sobre el estado mundial de la infancia, en el que se enfoca en la situación de quienes describe como "excluidos e invisibles".

Juan Carlos, niño guatemalteco.
Con tan solo 10 años Juan Carlos trabaja en una torta de cohetes.
En Centroamérica se calcula que unos siete millones de niños trabajan en oficios no aptos para ellos.

Guatemala es uno de los países donde esta realidad se percibe con mayor crudeza. Casi un millón de niños trabajan, aun cuando hay una ley que prohíbe expresamente el desempeño laboral de menores de 14 años.

A muchos niños guatemaltecos se les puede ver manipulando pesticidas en los campos, picando piedras en las orillas de los ríos o fabricando fuegos artificiales para el negocio millonario de la pirotecnia.

En imágenes: niños explotados

El sonido seco y monótono de un martillo golpeando una piedra para hacerla trizas, no es precisamente el ambiente ideal de trabajo para nadie, mucho menos cuando la mano que mueve la pesada herramienta es la de un niño.

Franklin Morales tiene ocho años. Trabaja como pica piedras, o en el piedrín, como le llaman por aquí a este duro oficio, desde hace tres meses. Viene a este tramo de la carretera en el cruce entre Retalhuleu y Quetzaltenango, en el occidente del país, todos los días, con su familia.

Esta es una actividad que más parece un castigo o una labor de esclavos pero aquí en Guatemala la realizan cientos de familias pobres, entre ellas niños incluso menores que Franklin.

"Lo mas difícil de esto es partir la piedra, es muy dura. Hay que darle y darle hasta machacarla", dijo a BBC Mundo el pequeño Franklin, al tiempo que a una pregunta, me aseguraba que le gusta este trabajo, algo que yo en mi cabeza dudé.

Condiciones precarias

Las condiciones de trabajo son terribles. Desde que amanece se van a las riberas de los ríos, los niños se exponen a la humedad, a la picadura de alimañas y de reptiles. Es un trabajo que, por lo pesado que es, limita hasta su crecimiento físico
Nidia Aguilar del Cid, Defensora de la Niñez y la Juventud, de la Procuraduría de Derechos Humanos de Guatemala
El trabajo de picar piedras se realiza a la intemperie, bajo un sol agobiante y muy cerca de las riberas del río Samala. Implica un enorme riesgo para cualquiera que lo haga, pero en especial para los niños. Franklin tiene dos dedos de su mano izquierda, el pulgar y el índice, cubiertos con un forrito de hule para protegérselos de un martillazo.

"Me los pongo porque me puedo lastimar", comenta cuando le veo sus dedos, al tiempo que me dice que nunca le ha pasado nada, que no ha tenido ningún accidente.

Como Franklin, se calcula que muchos de los niños que trabajan en Guatemala lo hacen en oficios de alto riesgo como este. No están viviendo su infancia de manera plena.

Los niños guatemaltecos comienzan a trabajar, en muchos casos, desde que tienen cinco años, sobretodo en el campo y en las zonas marginales de las ciudades o pueblos grandes.

"Este problema tiene largos años en Guatemala", le comentó a la BBC Nidia Aguilar del Cid, Defensora de la Niñez y la Juventud, de la Procuraduría de Derechos Humanos de Guatemala.

"Creo que no se concentra una cantidad grande de niños en esta actividad del piedrín, pero las condiciones de trabajo son terribles. Desde que amanece se van a las riberas de los ríos y es un trabajo pesado, que los expone a la humedad, a la picadura de alimañas, de reptiles. Es un trabajo que, por lo pesado que es, limita hasta su crecimiento físico".

Las familias que se dedican a este oficio para subsistir, invierten muchas horas al día para poder obtener algo de dinero en lo que más bien es una industria marginal, sin una demanda ni un mercado significativo.

Un metro de piedrín se vende a 100 quetzales, unos US$13, y para producirlo se requiere de cinco días o hasta más.

Por un día de trabajo, la familia gana 20 quetzales, apenas dos dólares y medio. Eso para alimentar a un promedio de 12 miembros de una misma familia.

Lo dejan todo, hasta la escuela

Franklin, niño guatemalteco.
Franklin con el piedrín que acumula en pocas horas.
Más de la mitad de los niños de Guatemala no asisten a la escuela, o la dejan para dedicarse a estos oficios.

Landis Yanet López, prima de Franklin, tiene 13 años. Desde los seis años trabaja picando piedra. Dejo la escuela hace un año y, por lo que pude indagar, no tiene planes de regresar.

"Ya no quise ir más a la escuela. Es que tenía que repetir un curso y no quería, así que dejé de ir. A saber si volveré algún día", dijo Landis en tono resignado.

La necesidad económica de estas familias hace que muchas vean como algo muy natural que sus hijos menores de edad trabajen en oficios duros y peligrosos.

"Así es como aprenden a trabajar, aunque es un poco peligroso", me dijo Elizabeth, la madre de Franklin.

"Para que ellos puedan ir a la escuela, tienen que ayudarnos a trabajar aquí", comentó convencida Elsa, la madre de Landis Yanet. "Yo tengo seis niños en la escuela y para ver que esos seis van a sus clases, tengo que ponerlos a que nos ayuden un poquito aquí".

El peligro de la pirotecnia

Miriam de Celada, coordinadora de proyectos del Programa Mundial para la Erradicación del Trabajo.
El año pasado en Guatemala se quemaron unos 20 millones de quetzales, unos US$8 millones. Es un negocio muy rentable concentrado en 11 familias que tienen el control y el manejo de esta industria y que utilizan un modelo de producción también rentable, la maquila domiciliar
Miriam de Celada, coordinadora del Programa Mundial de Erradicación del Trabajo Infantil de la OIT
El piedrín no es la única actividad de alto riesgo a la que se dedican muchos niños guatemaltecos. Otra actividad que es aun más peligrosa es la pirotecnia, la fabricación de fuegos artificiales en talleres domésticos clandestinos.

"Solamente el año pasado en Guatemala se quemaron unos 20 millones de quetzales, unos US$8 millones. Este es un negocio muy rentable que esta concentrado en unas pocas familias, unas 11, que tienen el control y el manejo de esta industria y que han utilizado un modelo de producción también muy rentable, que es la maquila domiciliar", explicó a BBC Mundo Miriam de Celada, coordinadora de proyectos del Programa Mundial de Erradicación del Trabajo Infantil, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Estas grandes empresas son las que obtienen las licencias para importar los productos o la materia prima que se utiliza en la industria de la pirotecnia. Este material es distribuido a un grupo de intermediarios que, a su vez, lo reparten entre familias pobres de las áreas rurales de Guatemala, para que sean ellos los que fabriquen fuegos artificiales de todo tipo.

"Es como si llevara a su casa la pólvora y los insumos para hacer los cohetillos. Yo se los dejo el día lunes, y el sábado regreso por mis cohetillos, y se los pago a lo que yo quiera, yo decido cuanto le pago por su trabajo", comenta Miriam de Celada para explicar como funciona la relación entre intermediario y fabricante.

Las familias que elaboran estos juegos pirotécnicos reciben cerca de un dólar por cada docena de ametralladoras, una larga cinta con 144 cohetes.

Talleres clandestinos

Afiche de la OIT.
La OIT tiene una campaña para combatir el trabajo infantil en la industria de la pirotecnia.
Visitar estos talleres domésticos clandestinos no fue fácil.

La gente de las comunidades de San Juan Sacatepequez, donde una de las principales actividades económicas es la fabricación de juegos pirotécnicos, esta siempre advertida de la presencia de extraños a la comunidad, sobretodo si se trata de la prensa.

En uno de los talleres que visité, el jefe de familia negó que empleara niños menores de 14 años para elaborar cohetes, pero luego supe que cuando se percatan de la visita de un forastero en el pueblo, esconden a los niños para así dar la impresión de que sólo son adultos los que trabajan en dichos talleres.

Pero en una de las varias comunidades que visité, si logré hablar con un niño trabajador de esta industria pirotécnica. A Juan Carlos, de apenas 10 años, lo conseguí llenando con mechas de pólvora lo que llaman una "torta" de cohetes.

Cuando le pregunté si le gustaba el trabajo me dijo que sí, a pesar de que esta consciente de que es un oficio peligroso. Me dijo que lo hacía por ayudar a su familia y que era lo mismo que hacían sus amigos.

Pero lo que mas me impresionó fue su contundente respuesta cuando le pregunté si le gustaría hacer otra cosa en la vida. "No", me dijo tajante.

Después de eso, no pude menos que pensar que el destino de Juan Carlos, como el de Franklin y Landis Yanet, ya está decidido.

Eso a menos que alguien intervenga a tiempo para rescatarlos a ellos, y a miles de otros niños guatemaltecos y sus familias de oficios tan duros y peligrosos como estos de la pirotecnia y el piedrín para brindarles una opción de vida mejor.



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