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Miércoles, 2 de noviembre de 2005 - 15:34 GMT
Niños condenados con sus padres

Mery Vaca
BBC Mundo, Bolivia

Las cárceles de Bolivia están llenas y hacinadas no sólo de adultos, en ellas también viven aproximadamente 1.200 niños junto a sus padres. Es decir, hay un pequeño por cada seis presos.

Penal de Palmasola
Un grupo de reclusas junto al director nacional de cárceles, Tomás Molina, en el penal de Palmasola.
El director nacional de Régimen Penitenciario, Tomás Molina, cree que este es "un fenómeno único en esta parte del mundo".

La Ley de Ejecución de Penas permite la permanencia de niños en las cárceles hasta los seis años de edad, sin embargo, es normal la presencia de menores hasta de 12 años, puesto que los padres no tienen con quién dejarlos mientras están recluidos, se lamenta Molina.

Sólo en el penal masculino de San Pedro, el más numeroso de La Paz, viven unos 200 niños.

"Felizmente, no hemos tenido problemas con ellos porque existe una especie de pacto por el que, si un reo llegara a atentar contra un niño, tendría problemas en el penal", aseguró el director de San Pedro, coronel Ramiro Ulloa.

Condena compartida

El Centro de Orientación Femenino de Obrajes (COF), también en La Paz, luce como si fuera el estrecho patio de un colegio en un día de reunión de padres.

Niños y niñas revolotean de un sitio a otro en medio de las reclusas. Allá viven 262 internas que comparten el espacio con 70 niños y niñas, según la directora del penal, teniente Célida Vera.

Carlos Patricio junto a su mamá, detenida en el Centro de Orientación Femenino de Obrajes , Bolivia.
Carlos Patricio es uno de los pocos niños que sabe que vive en una prisión.

Muchas de las internas tienen más de un hijo viviendo con ellas en celdas de dos metros cuadrados que comparten con otras internas, constató BBC Mundo en tres visitas realizadas entre el 22 y 31 de octubre de este año.

Entre los pequeños destaca la vivacidad de Carlos Patricio, de nueve años, cuya madre, llamada Briseida, considera que los hijos de las reclusas "están viviendo nuestra prisión junto con nosotros, cumplimos nuestra condena junto con nuestros hijos".

Ella dice que le explicó a su hijo que está en ese lugar porque se portó mal. Carlos Patricio es una de las raras excepciones del penal, pues la mayoría de los niños no sabe que vive en una cárcel y, de hecho, muchos de ellos nacieron allá.

Vea testimonios de los niños

Un pueblo

En el penal de Palmasola, de la ciudad oriental de Santa Cruz, la situación es peor, pues no sólo viven niños, sino que los presos también llevaron a sus esposas con ellos. En ese penal masculino viven unas 400 mujeres.

"Es un verdadero pueblo", dice Molina. Palmasola es considerado uno de los penales más peligrosos de Bolivia.

Penal de Palmasola
Algunos centros penitenciarios son considerados "verdaderos pueblos".

En la región de Cochabamba, el cuadro de dramatismo no varía mucho del resto del país.

Alejandra Canelas está a punto de egresar de la carrera de Psicología, pero toda la gestión 2004 trabajó con los niños del penal de San Sebastián y este año comparte con los pequeños de una guardería especializada en hijos de ex reclusas.

Ella cuenta que los pequeños son testigos de actos violentos y hasta casos de prostitución en las celdas de las mujeres. Su preocupación es cómo serán ellos cuando sean adultos.

El gobernador de la cárcel de San Pedro, de La Paz, cuenta que los niños que viven ahí reciben alimentación y educación gratuita de un programa gubernamental, además del apoyo de organizaciones humanitarias.

Según estudios del gobierno boliviano, la presencia de niños en las cárceles se acentuó en la década de los ochenta luego del endurecimiento en la lucha contra el narcotráfico.

En los operativos antidrogas, de entonces, empezaron a ser apresadas familias enteras, incluidos los niños, que no tenían con quién quedarse en libertad.

Penal de Palmasola
Aproximadamente 1.200 niños viven con sus padres en las cárceles bolivianas.
La situación llegó a tal extremo, que en durante una detención en la ciudad de Cochabamba, una familia se llevó consigo a sus mascotas, un loro y un perro, que no tenía con quién dejar.

Tomás Molina, si bien reconoce que éste es un problema en el sistema penitenciario, cree que es "el mal menor", porque de otra forma, los niños estarían a expensas de los peligros de la calle.



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