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Miércoles, 12 de octubre de 2005 - 13:24 GMT
Batalla por resurgir en El Salvador
Carlemy Salinas
Carlemy Salinas, periodista de La Prensa Gráfica, especial para BBC Mundo
Comunidad de El Cañito, El Salvador

Sara Guardado ya casi no se acordaba de aquel invierno de mayo de 2001, cuando la tormenta desbordó un afluente y el agua irrumpió en su casa arrastrando todo lo que había en ella.

Sara y su hija observan lo que quedó de su vivienda. (Foto: Geovani Lemus)

La semana pasada, las lluvias de Stan despertaron y profundizaron esas imágenes. "Esta vez fue peor. El río se crecía, pero nunca había hecho algo así", lamenta. Bajo sus pies y su mirada yacen tres metros de lodo compacto, su casa entera y todas sus pertenencias.

Únicamente sobresale el techo de lámina que, al empujarlo, apenas asoma el marco de la ventana. "Mirá, mami, allí se ve mi muñeca Sofía", señala la pequeña Sara de cinco años al distinguir los brazos de plástico y el cabello tostado por el lodo.

La comunidad El Cañito, al sur del centro capitalino de El Salvador, ha sido el hogar de Sara, su esposo y dos hijos en los últimos diez años. Las aguas de la quebrada El Garrobo, afluente del río Acelhuate -que es el principal en el área metropolitana de San Salvador- los amenazan cada invierno y Stan la convirtió este año en una pesadilla difícil de superar.

La casa comunal de El Cañito quedó soterrada. (Foto: Geovani Lemus)

"No pude dormir toda la noche por estar vigilando el río. Pero como a eso de las 07:15 de la mañana que se fue mi esposo oí el gran ruido y después un gran temblor. Desde arriba mi suegra y mi cuñada me decían que me saliera de la casa". Sara no puede detener el relato que surge también como desahogo.

Despertó a su hijo David de nueve años y a Sara. Recuerda que los dos dejaron sus camas de un salto y corrieron para protegerse. En adelante todo fue confusión. Lodo, troncos gruesos de árboles y ripio sepultaban poco a poco su casa.

Abrazada a una bolsa de plástico donde solo pudo guardar siete camisas y dos pantalones cortos de sus hijos se sentó a esperar. "Estaba nerviosa. Cuando el lodo iba llegando a la puerta suspiré, pero cuando vi que llegó a la ventana y el agua tapó el techo no pude más y me senté a llorar", confiesa.

Aislados por el agua, el lodo y la tragedia

Francisco, habitante de El Cañito, finalmente logró entrar en su casa. (Foto: Geovani Lemus)

La junta directiva de El Cañito ha contabilizado que otras cuatro familias, de un total de 84, han visto enterradas sus pertenencias. El resto sufrieron inundaciones y destrucciones parciales. "Afortunadamente no hemos tenido que llorar la muerte de nadie", dice uno de los directivos mientras busca una manera de caminar sobre el lodo y las casas.

Fue necesario el transcurso de tres días para que David, el esposo de Sara, pudiera reunirse con ella y sus hijos pues la calle quedó bloqueada. Ahora solo es posible llegar a la comunidad atravesando inseguros caminos vecinales o invadiendo un cementerio privado.

Los habitantes de la comunidad Las Brisas tampoco escaparon a la destrucción que deslizó por las laderas de la montaña. "Sólo me acuerdo que el agua me empujó y me sacó de la casa", comenta Mauricio Rivera.

Jóvenes de Las Brisas trabajan en la remocion del lodo. (Foto: Geovani Lemus)

A sus nueve años es casi un milagro que haya sobrevivido a la fuerza del torrente que aún seis días después y con el nivel inferior a medio metro de altura es capaz de desequilibrar a quien intente cruzarlo.

Los víveres, la ropa y las consultas médicas han llegado hasta El Cañito y Las Brisas. Sin embargo, ni la familia de Sara ni la de Mauricio figuran en el listado de refugiados en el albergue de ambas comunidades porque buscaron protección con sus familiares.

Con los rayos del sol alumbrando sobre la tierra y la tregua que ha dado el río, Sara y su familia intentan volver a la normalidad. El primer encuentro será con la escuela. Se espera que las clases comiencen este miércoles, después de 9 días de interrupción. "Pero mis niños ni siquiera tienen zapatos ni uniforme para ir. Todo está debajo del lodo".

El increíble estoicismo de quienes están acechados constantemente por la naturaleza y vulnerables por la pobreza toma rostro con las palabras de Sara: "Aquí no nos queda más que volver a comenzar".

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