Alberto González ha vivido en el departamento de Solalá, en el occidente de Guatemala, toda su vida. Camina con paso apresurado a través del lodo, las piedras y los árboles que los fuertes vientos que dejó Stan arrancaron de raíz. Tiene prisa porque va a Panajachel, a buscar a su familia, a la que no ve desde hace una semana.
En Guatemala hay cientos de desaparecidos.
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Es la primera vez desde que comenzó esta tragedia que Alberto puede transitar por estos caminos, que hasta hace apenas unas horas estaban completamente bloqueados. En la mochila que carga en la espalda lleva unas tortillas que su esposa cocinó para que sus familiares coman algo.
"Dicen que en Panajachel ya no hay nada, y si hay, todo está carísimo. Yo le voy a dejar estas tortillas a mis familiares, porque tienen varios días que no comen", me dijo Alberto sin bajar la marcha.
Como Alberto, cientos de personas, en diferentes comunidades, sobre todo las que están más aisladas y bloqueadas por los deslaves, enfrentan la misma escasez de alimentos, agua potable y medicina.
Y no es que no se haya recabado ayuda para los miles de damnificados que hay. Al contrario, a los centros de acopio en todo el país han llegado muchos donativos de suministros básicos. El problema está en cómo hacer llegar esa ayuda a la gente que está en los municipios más alejados de las zonas afectadas.
Las condiciones meteorológicas, a pesar de que han mejorado levemente, no permiten realizar un trabajo sistemático de rescate y envío de ayuda humanitaria.
Entre el lodo
Mientras sigo caminando entre el lodo para acercarme lo más posible a las orillas del Lago Atitlán, esa maravilla de la naturaleza de gran atractivo turístico, veo subir y bajar a numerosos pobladores que buscan a familiares o van buscando algo que comprar, de lo mucho que necesitan.
Las condiciones meteorológicas impiden el trabajo sistemático de rescate.
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Juliana Pérez y su esposo Víctor llevan días deambulando de pueblo en pueblo. Viven en San Jorge, pero cuando Stan golpeó esta zona estaban en otra localidad, en San Lucas, y ya no pudieron volver. Habían dejado al resto de su familia en su pueblo. Apenas ahora, después de cinco días, es que pueden regresar.
La incertidumbre de qué habrá pasado con sus familiares y con su vivienda es algo que llevan en la mente mientras caminan silenciosos. Juliana lleva unas cuantas pertenencias amarradas en un trapo. Quizá es lo único que le habrá quedado.
Al final de un largo día, cuando puedo descansar y reflexionar sobre lo que he visto en mi andar por Atitlán, lo que me queda en la mente es toda la gente con la que me tropecé en el camino. A pesar de la tragedia que viven, sonríen y saludan con cortesía.